STAR TREK Y GALÁCTICA: RENOVANDO LOS MITOS

Dicen que en Hollywood hay crisis de ideas. Desde hace unos años la fiebre del remake ha invadido los despachos de las grandes productoras, las cuales, antes que gastarse los dineros del reino apostando por nuevas historias, prefieren invertir en la puesta a punto y revisión de grandes éxitos del pasado. En la ITV y el relanzamiento de clásicos con chapa nueva. Al fin y al cabo, de esta manera se aseguran un mínimo de público que hinche las taquillas, más que sea a golpe de nostalgia.

Hubo una época, yo la recuerdo bien, en que decir remake equivalía a echarse a temblar. Porque claro, ¿cómo se puede mejorar una obra que ya causó sensación en su momento? ¿Cómo adaptarla a los gustos de hoy en día y respetar a la vez su inocencia, su espíritu transgresor o artístico, todo aquello que la hizo grande cuando se estrenó? Es difícil apostar y ganar en este doble juego, y como resultado, casi siempre los remakes eran bodrios infumables que ni se acercaban a la grandiosidad o el impacto del original. En este sentido, me estoy acordando ahora mismo de la nueva versión del “Planeta de los Simios”, pergeñada por un Tim Burton demasiado necesitado de dinero, o de la de “Rollerball”, al frente de la cual estaba un John McTiernan que más bien parecía un ultracuerpo clonado del genio que reventó taquillas con dos de las películas más recordadas de finales de los 80, Depredador y La Caza del Octubre Rojo. A la primera, la de los simios, le sobraban estereotipos y a la segunda, la de los otros simios (perdón, quise decir jugadores de rollerball) le faltaban agallas para ser adulta.

Pero luego vino otra gente y nos dio una sorpresa. Cuando el calificativo de remake ya conseguía hacer que nuestras piernas temblaran y se nos alterara la sangre pensando en qué horrible engendro nos iban a colar a continuación, surgieron una serie de personas que no pretendían reversionar el material original en el que se apoyaban, sino partir de sus mismas premisas para contar historias inteligentes y más barrocas que en las que en su día se inspiraran, para hacernos llegar nuevas historias (y mejores) sobre personajes ya conocidos.

Estoy hablando de Galactica, por supuesto. La estrella de combate más famosa de la tele. Al saber que se iba a realizar un remake de esta mítica serie, cuyo original visto hoy en día tal vez arranque alguna risilla de vergüenza de la platea (como cuando el efebo Apolo grita en uno de los capítulos que su padre está loco porque quiere poner mujeres a pilotar cazas espaciales, “¡padre, si sólo son mujeres!”), confieso que me sonó a producto apestosillo y cutre, a intentar sacar unos pavos metiéndole FX modernos a una serie que, por otro lado, contó con los mejores que había en su tiempo.

Gracias a los dioses de Kobold, me equivoqué. Galactica es la mejor serie de CF que he visto nunca, y aunque con altibajos, la media de calidad de sus episodios es muchísimo más alta que cualquier otra cosa que se haya visto antes en televisión… y me arriesgaría a decir que en el cine, también.

Ahora nos anuncian otro remake con ganas de ser mejor que el original, pero al mismo tiempo respetuoso con él: el de Star Trek, una serie que se había encorsetado tanto en unos patrones de cómo—hacer—una—serie—trek que ya no daba más de sí. Ni en televisión ni en cine, aunque siempre defenderé ante los escépticos que a mí “Némesis” me gustó, y la considero una de las mejores películas de la Nueva Generación junto con “Primer Contacto”. Pero llegó un punto en que tanto el estilo visual como el de los guiones de las películas trek eran tan indiferenciados de los de las series (no en vano, sus responsables eran los mismos) que las películas no parecían tales, sino episodios de hora y media de duración. Hacía falta insuflar nueva sangre y nuevas perspectivas, darle al botón de reset de la franquicia y empezar de nuevo. Y eso, al menos por lo que se ve en el trailer, es lo que nos promete J. J. Abrams, el creador de otro fenómeno televisivo actual, “Perdidos”.

A mí, la película que Abrams añadió a la saga de “Misión Imposible” no me gustó demasiado, por un sencillo motivo: lo que yo llamo la cámara Parkinson. Esa manía que tienen los directores de hoy en día de mover tanto la cámara en las secuencias de acción que ni te enteras de lo que está pasando. Hay veces en que llego al extremo del mareo, en según qué películas. En MI3 me mareé, y por eso las secuencias de acción no me funcionaron, ya que tanto temblor de cámara, en lugar de ayudar a que la cosa sea más frenética, en mi opinión estorba y enturbia el dinamismo de la acción. También en “Transformers”, la nefasta película de Michael Bay, hubo un momento en que no sabía quién demonios le estaba pegando a quién, si el robot bueno al robot malo, o viceversa, o los malos entre sí, o los buenos contra otros buenos porque ellos tampoco entendían nada.

Yo, en ese sentido, soy deudor de un cine que no intenta ocultar o disimular la falta de medios o la originalidad del contenido con el temblor de la cámara. Me encantan las pelis de James Cameron porque el tío concibe la acción en prodigiosos planos generales, igual que Lucas o Spielberg. A Lucas se le podrán criticar muchas cosas como guionista, pero desde luego como director ni una: adoro su forma de escenificar las peleas en plano general, dónde sí que sabes bien en todo momento lo que está pasando (aprendan, Abrams y Bay) y quién hace qué cosa para ganar.

En fin, toda esta reflexión sobre la manera de enfocar el cine de acción de la actualidad viene a cuento porque Abrams abusó de esta técnica en MI3, y sólo espero que no la use de nuevo en la nueva Star Trek, o juro que acabaré vomitándole las palomitas al pobre que tenga sentado delante. A menos que las teleporte primero, claro.

Nueva novela en Minotauro

¡Cariño, papá tiene un nuevo libro en minotauro! Esa fue la frase con la que desperté esta mañana a mi hija. A ella el tema le importó más bien poco, ya que sólo tiene cinco meses y a) Le importan un rábano las novelas y la profesión de su padre, y b) A menos que minotauro sea una marca de leche para bebés, ahí termina su relación y/o entusiasmo sobre el tema. Pero yo estaba emocionado. Desde que el editor de Minotauro, José Jara, me confirmó en el transcurso de una agradable cena que mi nueva novela iba a salir el próximo mes de Abril, el gusanillo ese que tenemos todos los escritores y que sólo resucita y se marca una mini fiesta-más-dance en tu estómago cuando te dan noticias así, comenzó a bailar.

Sé que esta entrada se salta un poco la norma que tengo de escribir una adenda del blog por mes, pero es que estaba tan contento que me senté al ordenador y venga, a darle más combustible al blog. La novela en cuestión es mi proyecto más ambicioso hasta la fecha. Hablé un poquito sobre ella en la pasada Semana Negra de Gijón, mientras presentaba El Teatro Secreto, y creo recordar que dije que o bien yo acababa con ella, o ella acabaría conmigo. Y por fortuna ha sido lo primero. Con esto no quiero que nadie piense que ha sido una tortura escribirla, todo lo contrario (hacía años que no me divertía tanto y no volcaba tanto de mi alma , esa que los ateos no creemos que existe, en un libro). Pero también ha sido agotador. Cuatro años, cuatro, me ha llevado redactar este poema épico. Para una persona acostumbrada a sacar a la calle un libro al año, eso es mucho tiempo. Fíjense que desde que comencé a escribir esta novela, la más larga y compleja de cuantas he concluido hasta la fecha, me ha dado tiempo a escribir otras dos (el Dragón Estelar y una inédita que se llama Gemagrís), tener un hijo y remodelar casi por completo El Teatro Secreto para su publicación en Vórtice.

La novela en cuestión es una epopeya de ambientación medieval, situada en un mundo de fantasía pero carente de criaturas mágicas. Tanto en el estilo como en las intenciones se encuentra mucho más cercana a la Ilíada que al Señor de los Anillos. De hecho, mientras la escribía el bueno de Homero fue para mí una fuente de inspiración constante. Cada noche me acostaba con la Ilíada en la mesilla de noche y me levantaba con la Odisea al día siguiente. Fue todo un viaje iniciático, un Argos de pesadilla, una ordalía de sensaciones, sentimientos y palabras como nunca antes había experimentado en mi carrera de escritor. La novela (permítanme que me refiera a ella de esta forma, pues aún no tiene título definitivo) tiene más de 600 páginas y es una epopeya sobre el fin de una era, la caída de un Imperio y la venganza de un hombre condenado a ser canción o leyenda, que lo ha perdido todo salvo el honor. Es una historia trágica (no podía ser menos, estando inspirada en los grandes poemas de la Antiguedad), violenta y apasionada, con un protagonista, Hesión, que quedará grabado en mi corazón para siempre. Nunca he sentido tanto dolor al acabar un relato como cuando puse el punto y final de éste, y sentía de esa manera que me iba a despedir de personas que para mí son tan reales como las que vosotros veis todos los días cuando salís a pasear a la calle. Hesión, Autólico, Yaroslav… estos nombres todavía no os dicen nada, lo sé, pero para mí son como pedazos del corazón que se derramaron a través de la pluma (en este caso, su versión moderna: un teclado de ordenador) y ya no volverán a mi interior. Ojalá yo pudiera derramarme también sobre el papel junto con ellos y no volver nunca.

Algo va a ocurrir

Hola a todos. Bueno, antes que nada deciros que el próximo jueves día 2 de octubre vamos a hacer una presentación de “El Teatro Secreto” en la librería Gigamesh, en Barcelona, por si estáis interesados en acudir. Agradezco mucho tanto a Alejo como a los demás miembros de la librería que nos hayan prestado este espacio para hacer la presentación. En cierto modo me recuerda a cuando presenté mi primera novela, El Tercer Nombre del Emperador, en la librería Framauro de Madrid. Recuerdo lo emocionado que estaba. No me llegaba la camisa al cuerpo. La verdad es que los chicos de Framauro se portaron superbién (sí, es una sola palabra, como “haygentepató”; o como diría cierto torero: en dos palabras, im—presionante). Recuerdo aquellos días con mucho cariño. La presentación del libro en la tienda, el paseo por la feria del Retiro, la caseta de la editorial, las colas de gente, Jan firmando Superlópez en la caseta de al lado… Tiempos que ahora se me antojan tremendamente lejanos. ¿Por qué? No lo sé. Mucho ha llovido desde entonces, otras editoriales más importantes han entrado en mi vida, he conocido mucha gente nueva, he asistido a nuevos festivales y saráos literarios desconocidos y surrealistas… Es un inmenso cúmulo de cosas que han sucedido desde que presenté aquella primera novela en aquella acogedora librería, y al contemplarlas en perspectiva te das cuenta de que tú ya no eres el de antes. Has cambiado en pocos años mucho y (espero) para mejor. Os voy a contar una anécdota que me pasó en Framauro, uno o dos años después de la presentación: volví a Madrid con mi mujer y pasé por allí para saludar y comprar algunas cosas. Mientras yo miraba las estanterías llenas de juegos de rol (son mi debilidad, lo confieso) mi mujer charlaba con el chico de la tienda, hablando de un tal “Víctor”, y él le preguntaba que si hacía mucho tiempo que conocía al tal Víctor, que si tenían planes de regresar pronto a Madrid, etc. Y yo, de fondo, me preguntaba quién rayos sería ese tal Víctor del que estaban hablando. Claro, esto de tener pseudónimo y doble personalidad era nuevo para mí (con el tiempo he aprendido a reaccionar al segundo nombre como si fuera el mío propio, pero en aquel entonces acababa de estrenarlo y aún era nuevo en esas lides). Y estuve a punto de volverme y preguntar de quién estaban hablando. Bueno, huelga decir que habría sido el momento más lamentable de toda mi carrera J

En fin, que a todo se acostumbra uno, incluso a tener doble personalidad, salvo a una cosa: el contacto con los lectores. Cada vez que me siento detrás de una mesa ante un público para hablar de mi último libro me emociono como un niño, y me dan ganas de salir de detrás de ese parapeto para abrazar y besar a los asistentes, de tan agradecido que estoy hacia ellos. Me hierve una especie de cosquilla en el estómago y me siento el hombre más feliz del mundo. Gracias de todo corazón a los que estáis ahí fuera, comprando mis libros y leyéndolos (incluso a todos aquellos a los que no les gustan, por el esfuerzo invertido). Y espero veros en Gigamesh la próxima semana. Como dijo David Bowman en 2010: Algo va a ocurrir, algo maravilloso…

Lo políticamente correcto y lo que mola hoy en día

No sé si se los he dicho, pero estoy harto de lo políticamente correcto. Es un pensamiento que solemos tener en mente casi a cada hora de cada día de nuestras vidas, lo sé, pero hay ocasiones en las que me viene con fuerza a la cabeza y me hace preguntarme dónde ha quedado el espacio para la genialidad y el riesgo en esta sociedad de hoy. Todo esto viene a cuento de que acabo de regresar del cine, de ver un par de películas, y cuando he llegado a casa y me he sentado delante del ordenador, me he puesto a bajarme trailers como un loco de films de próximo estreno. Y hay algunos que me han tocado (por la parte negativa) la fibra sensible. Pero vayamos por partes, como dijo Jack el Destripador (del que hoy se cumple un triste aniversario, por cierto):

Las películas en concreto que he visto han sido dos que, cada cual en su estilo y a su manera, me han parecido muy buenas: el caballero oscuro y Hellboy 2. Alabo la valentía a la hora de mostrar la violencia, la limpieza de los diálogos y el tono adulto de la primera, y el entretenimiento como droga visual de masas de la segunda. Si no las han visto todavía, se las recomiendo. Ojalá esta moda de llevar a un plano adulto e inteligente a un producto netamente pop como son los superhéroes no se extinga, y alcance a otras franquicias que me gustan mucho, como el universo mutante (en el que tan buen trabajo hizo nuestro amigo Singer y tan mal sabor de boca nos dejó nuestro (ene)migo Rattner) o mi admiradísimo y queridísimo Superman, un personaje que lleva esperando décadas por una película que le haga verdadera justicia, y que lo aleje de la imagen ñoña y simplona que le dieron las anteriores adaptaciones cinematográficas.

Pero el motivo de mi enfado es que cuando llegué a casa y me puse a ver trailers, más concretamente en la fabulosa página http://www.apple.com/trailers/ (la mejor página de trailers que he visto), tropecé con el del remake de “la carrera de la muerte del año 2000”, ahora rebautizado con su título original de cara al lanzamiento mundial, Death Race. Y me ofendió. No saben cómo. Vamos a ver, siempre he considerado al Paul Anderson como un inútil integral, no me entiendan mal; un fagocitador de franquicias otrora exitosas o inventor de nuevos vehículos de estulticia para adolescentes que en lugar de estar haciendo cine debería estar relegado a trabajar de camarero. Y ya quedé más o menos escaldado cuando vi su versión de Alien y Depredador vista a través del sonrojante prisma del videojuego. Pero al descargarme el tráiler de Death Race y visionarlo… qué quieren que les diga. Fue una experiencia religiosa. Pero no de las buenas, del tipo redención y alegría, sino de las otras, de las de “coge tu $%&& cámara y vete al más profundo de los infiernos, anda”.

En la película original, una carrera letal (más para los espectadores que para los propios corredores) a través de los Estados Unidos tenía el mayor seguimiento televisivo de la historia. Los corredores alcanzaban la categoría de héroes, cuando su trabajo era atropellar a cuantos más peatones indefensos pillaran mejor, y el premio para el ganador era nada menos que convertirse en presidente del país (de lo cual se colige que el líder de la nación es el mayor y más despiadado asesino de todos). Había unos cuantos pringados que tenían montado una especie de movimiento de resistencia, pero nadie les hacía mucho caso, pues lo que la audiencia quería no eran lecciones de moralidad, sino sangre, llevada hasta el extremo de la pasión religiosa, decide inmolarse poniéndose delante del coche de su corredor favorito para que la atropelle y así demostrarle su amor. Alucinante. Y lo mejor de todo era esa escena en la que la televisión mostraba el sistema de puntuación: ancianos e inválidos, 10 puntos. Adultos normales, 30 puntos. Bebés y niños pequeños, 100 puntos.

Como ven, se trata de una sátira brutal de la televisión y lo que hoy llamaríamos extreme reality shows, término afortunadamente desconocido en los 70, pero que ya se veía venir. Las lecturas dobles y los mensajes subliminales que había en un guión como este eran tan bestiales, tan salidas de tono, que no han sobrevivido al remake. Y me di cuenta cuando vi el tráiler de la nueva película.

¿Qué ha quedado del argumento original en ésta? En una penitenciaría estatal se ha montado una carrera, por iniciativa de un político, que se televisa a todo el país. Los corredores luchan a muerte, y quien consiga sobrevivir a unas cuantas carreras, obtiene como premio la libertad. El protagonista ya no es una bestia del volante despiadada y terrorífica, como en la película original, sino un policía encerrado injustamente (¡) por un tipo que le hace una señal graciosa cuando lo apresan (¡¡) y que deberá luchar por su libertad y encontrar al verdadero asesino de su familia en la susodicha carrera (¡¡¡). El momento más vergonzoso llega cuando a mitad del tráiler vemos cómo uno de los corredores que se están enfrentando a él en la Death Race, ojo, ¡le hace el mismo gesto gracioso del tipo que mató a su familia! ¡Uauh! Ya nos han contado toda la película, y encima promete ser un producto no sólo previsible hasta el hartazgo (prota acusado injustamente que ingresa en prisión; amaba mucho a su esposa; verdadero asesino cerca; él sabe conducir), sino también políticamente correcto (la carrera ya no es continental, sino circunscrita a un circuito; los corredores no son héroes, sino proscritos a los que nadie lamenta ver morir; no se consiguen puntos atropellando a niños ni a ancianos, ni existe la skinneriana predisposición de éstos para dejarse atropellar en pro del espectáculo). En fin, una bazofia más de película a engrosar la lista de los remakes que jamás debieron haberse hecho.

¿Para qué te planteas hacer un remake si te vas a cargar por completo el espíritu del original? ¿Por qué no haces otra película con otro nombre? Estas son preguntas que me gustaría plantearle, en serio, al Paul Anderson. Y también a Will Smith (¿cómo se les ocurrió hacer una adaptación de “Soy leyenda”, y cargarse el estupendo final de la novela, por el amor de Dios?) o a los que pensaron que la única manera de que las franquicias de Alien y Depredador siguieran dando pasta eran trasladar a la pantalla el nefasto videojuego.

Y pensar que el otro día un adolescente me dijo, en una tienda de libros, que a él la película de Alien (la de Ridley Scott) le parecía un bodrio, que era lenta y aburrida, y que Alien vs. Predator era una obra maestra. Esto sí que da miedo, ¿verdad?, y no la minucia esa de Georgia…

El Teatro Secreto (3) De profesiones y de gatos

Continuando un poco con el análisis del universo de los Umbrales, quisiera hablarles de profesiones perdidas y de gatos. Extraño emparejamiento, dirán algunos. Así de raro se me antoja a veces el mundo real, este que (supuestamente) se extiende más allá de nuestra ventana. Y digo supuestamente porque alguien debería comprobarlo algún día —si está ahí, me refiero, o si es sólo un reflejo que nos llega tras haber hecho alguna cabriola en un inmenso espejo que ocupa todo cuanto podemos discernir a través de nuestros ojos. Por ejemplo: ¿alguien se ha molestado en ir hasta Zanzíbar a ver si en realidad sigue allí, o todos damos por sentado que existe porque lo dicen las guías de viaje?—. En fin, me estoy poniendo místico otra vez, les ruego me disculpen.

En la novela “El Teatro Secreto” se mencionan algunos oficios que ya no existen, pero que tuvieron cierta relevancia hace siglos. He aquí detallados algunos de ellos, con una pequeña explicación sobre sus fuentes históricas:

  • El organizador de duelos: El duelo (en latín duellum, “combate entre dos”, forma antigua de bellum, “guerra”) siempre ha sido una forma honorable de dirimir una disputa cuya única salida es la muerte o la humillación pública (con derramamiento de sangre incluido) de uno de los participantes. Un cúmulo de reglas muy estrictas regían antiguamente los duelos, y su constitución era dependiente de la gravedad del caso. El duelo fue legalizado por primera vez por el rey Gundovad, soberano de Borgoña, en el año 501, y fue introducido por los normandos en Inglaterra en el siglo XI. Era un tipo de “combate legal”, a menudo aprobado por las autoridades locales, para resolver la autoría de un crimen (o más bien la inocencia de un acusado) o la propiedad de una tierra en litigio. Desde el mismo momento en que un organismo oficial se implicó en estos violentos rituales, tuvo que haber un reglamento escrito y una profesión que cuidara de su correcta puesta en práctica. Estos fueron los llamados “organizadores de duelos”, de los cuales hoy en día, en teoría, no sobrevive ninguno. Eran personas, fundamentalmente hombres, instruidas en los entresijos legales de todo lo relacionado con la ejecución pública y la defensa del ciudadano, sobre todo en lo tocante a su derecho a portar armas y utilizarlas en defensa propia. Una casi desconocida profecía del padre Juan Tritemio (nombre latinizado de Johann Heidenberg), un monje alemán del siglo XV que fundó la sociedad secreta Sodalitas Celtica (Cofradía Céltica), enuncia la llegada de un trigésimo quinto personaje (según los expertos, la Biblia tiene un total de 1334 personajes repartidos a lo largo de sus 66 libros) que sería el mediador y juez entre la batalla final de Dios y Belcebú, y que dictaminaría quién de los dos ganaría la guerra eterna al final de los tiempos. Según la profecía de Tritemio, este personaje, este organizador de duelos metafísico, no dependería de ninguno de los dos Grandes Poderes para existir ni para tomar sus decisiones, por lo que esta visión fue acusada de herética y borrada de todo soporte material, aunque el propio Juan aseguró una y mil veces que tal profecía también se encontraba disimulada en algunos párrafos de los libros deuterocanónicos, los códices del “segundo canon”.
  • Los oniromantes: Hoy en día podemos encontrar libros que ofrecen una interpretación de los sueños (más o menos esotérica en el caso de algunos, más o menos científica en el de otros) prácticamente en cada librería o centro comercial que visitemos. Son un tipo de literatura que se vende muy bien, aunque la mayor parte de las veces no aporta nada concreto al misterio de por qué están ahí los sueños y qué significan. Este interés del ser humano por lo que ocurre en su cabeza mientras duerme y no es dueño de sus actos (o más bien, por los resultados de esa actividad cerebral incontrolable que nos tiene la mitad del día a su merced) no es algo nuevo. Data desde que el primer humano tuvo uso de razón, aunque las herramientas para explorarlo sí han variado conforme han pasado los siglos. La primera referencia a los oniromantes que he encontrado pertenece al libreto del drama teatral Opera occulta philosophia (1699), de Richard Steele, seudónimo del dramaturgo y político irlandés Isaac Bickerstaff (1672-1729). Según este autor, existía en la isla de Luss una secta de hombres y mujeres que se dedicaban a sondear sus propios sueños y los de otras personas para encontrar lo que llamaban el Zin-lavoor, el secreto definitivo, que abriría para siempre el alma a la comprensión de la función cósmica. Steele sitúa, tal vez erróneamente, a la mencionada isla en el golfo de Merindrojéa, en el Índico, sin saber que en la Biblia aparece varias veces el topónimo Zin, un desierto en la parte meridional de Canaán, ligado de manera incuestionable al Valle de las Pesadillas, un enclave geográfico donde se supone que Moisés sintió llegar “mensajes oscuros a su mente”, de significado críptico y origen, según los cronistas, no vinculado a la Divinidad. Steele no reveló nunca cómo oyó hablar de esta secta, aunque es posible que hubiera encontrado alguna organización de eruditos místicos de similares características en alguno de sus viajes por Asia Menor, y la incluyera en sus escritos como si fuera una invención suya. Otras referencias mucho más antiguas a la ignota Luss (aunque no mencionan a los oniromantes) se hayan en los papiros de Iram, la majestuosa Ciudad de las Columnas egipcia. También se menciona a los oniromantes en Las crónicas de Aber-n’sé, un libro de poemas inacabados del historiador, mago y ocultista Abdul Hayem (1508-?), acérrimo seguidor de las doctrinas de los tanazistas, fanáticos consumidores de opio que buscaban forzar las puertas del Nirvana mediante la química y la meditación recurrente apoyada en paradojas. Abdul, autor de numerosos estudios sobre técnicas espiritistas usadas con afán científico para sondear el alma, declaró que nunca antes “he encontrado ningún otro saber de hombres que resuma tan claramente los misterios del ciclo dorado —el sueño—. Los cabalistas oniromantes han sido capaces de descifrar un ritual que nos permitirá indagar, con el permiso de Dios, tras el velo que oculta la vida secreta del alma, la mecánica divina que estuvo prohibida a las bestias y que sólo ahora le es revelada al Hombre”.
  • Los actores de grand-gignol: Hubo una época en la que el mundo del teatro era mucho más visceral e impactante de lo que es hoy en día. Estamos hablando de finales del siglo XIX y principios del XX, cuando unas compañías de lo que se vino en llamar souffle de grand-gignol se establecieron en teatros populares de París y Londres. Dos veces por semana, el público que acudía a estos espectáculos salía impactado de las funciones, a veces incluso vomitando, pues lo que era representado ante ellos eran profundas críticas y manifestaciones de la visceralidad humana, aquella que nos empuja a cometer los actos más impuros. Algunas de las compañías que representaban escenas explícitas fueron El circo volante de la Araña John, con sede en el downtown de Londres, y la Tropa desnuda de volanderos y acróbatas de Newslayer, sita en París. Ciertos periodistas de la época tacharon a estos grupos como “masoquistas empedernidos que no sólo dan rienda suelta a sus más profundas perversiones, sino que además pretenden cobrar por ello”. Sadismo de por medio o no, lo cierto es que los teatros solían llenarse con espectadores ávidos de emociones fuertes. El 3 de mayo de 1890 se estrenó en la capital inglesa (más concretamente en el Harper’s Club de Dylan St., un edificio ruinoso próximo a derribarse, donde a la entrada se advertía a los espectadores que su salud podría correr riesgos en ciertas zonas del patio de butacas) la obra Cinco corderos para Santa Marta, escrita por el ex-convicto y literato William Rundolf bajo pseudónimo de W. Hyde, en la cual una hermosa jovencita era canjeada a una secta poligámica a cambio de la condonación de ciertas deudas, y se convertía en esclava místico-sexual de los líderes religiosos. La joven llegaba a tener una epifanía en la que veía cómo y cuándo sería el fin del mundo. El público salió indignado de la sala (y alguno acabó en el hospital por meter el pie en socavones disimulados), pero la sesión volvió a llenarse al día siguiente. Los críticos de arte calificaron la obra de “obscena y corrupta, fácilmente denunciable al Obispado por herejía”. A la tercera semana de permanencia en cartel, el vetusto teatro se derrumbó, nadie sabe aún si por causas naturales o de manera intencionada, y mató a casi toda la trouppe. Trece años después, el 21 de agosto de 1903, abría sus puertas en París la Cueva de los misterios y las maravillas, en la misma calle del famoso “Molino rojo”, que para la mayoría de los críticos no era más que un antro de perversión, pero para las compañías de gran guiñol era el cielo, un refugio en el que podían dar rienda suelta a toda su capacidad creativa y sus ganas de auto mutilarse. Dos meses después de la apertura de este santuario de la expresión teatral extrema, los actores sacudieron a la audiencia con uno de los más arriesgados y guarros espectáculos de guiñol concebidos por el hombre, la Tesis sobre la demencia de T. S. Handford, obra que postulaba que el Infierno estaba estructurado como un enorme manicomio donde el principal enfermo era el Diablo. A lo largo de sus desquiciados cuatro actos el público asistía a la violación de una vaca por parte de seis actores vestidos de chacales, la trepanación en directo de una jovencita a la que le eran arrancadas partes de la médula gris que luego eran injertadas en un mono (y después se enseñaba al mono a hacer sumas de dos dígitos, para demostrar que la inteligencia era trasplantable), o cómo un hombre se quedaba preñado de un ángel y lo que daba a luz era un lagarto de dos cabezas. Hoy en día los grupos de gran guiñol apenas subsisten en los abismos más underground de las grandes ciudades, pero hay algunos, como el Z-explosión de Valencia, o el Nan-ki-dook de Pekín, que todavía trabajan para ofender a la vez que entretienen a su público… y si es posible, que éste salga herido de la sala, como ocurría en Dylan St.
  • Los performancers callejeros: Realmente, nombrar esta profesión conlleva una doble paradoja. Por un lado, no debería estar aquí porque no es una profesión, ya que nadie se gana la vida con esto, y por otro lado tampoco debería estar aquí, pues aún existe en muchas calles del mundo, por lo que no se trata de un oficio perdido como los anteriores. Pero deseo incluirla porque los actores de “expresión catártica del arte”, como ellos mismos lo llaman, son un grupo lo suficientemente heterogéneo como para haber creado distintas escuelas y tendencias a lo largo de sus nueve siglos de historia. Hay algunas de estas “escuelas” de la farándula sobre las cuales no he logrado encontrar ningún tipo de información que las sitúe en las ciudades de la actualidad, por lo que las daré por desaparecidas, y por lo tanto merecedoras de estar en este pequeño glosario. Actores que llevan su arte a la calle son muy comunes en las ciudades y pueblos de nuestros días. Desde el silencioso mimo que arranca como un motor al que le fallan las bielas cuando se le echa una moneda, hasta los grupos itinerantes que bailan y cantan y ofrecen sus estentóreos discursos en las plazas públicas; todos están ahí, y podemos encontrarlos con relativa facilidad. Sin embargo, hay performancers que no se suelen dejar ver. Son los locos, los no integrados en la sociedad, los que esconden un secreto que se manifiesta por medio de terribles catarsis artísticas. Son las personas que no actúan ni para sí mismas ni para otros, sino para un claque formado por gatos vagabundos. Luna, en mi novela, es una de ellas. Para crear su arte me inspiré en los trabajos de una joven que conocí en mi ciudad, hace bastantes años, que usaba pinturas faciales a modo de “anclas de personalidad” para que su espíritu vagara por otras tierras y otras psiques. Cuando se tatuaba con un ancla de barco, por ejemplo, se convertía en gaviota, y llegaba al extremo de comer guano. Cuando se pintaba un tablero de ajedrez, era una dama o un alfil, y sólo se movía en diagonal por las calles, tratando de pisotear a todo hombre alto y con sombrero que le recordara a una torre. Estos artistas encarnan el extremo opuesto a los especialistas en gran guiñol, pues si bien la finalidad de éstos últimos es sorprender a otros, a un público cómodamente asentado en las convenciones sociales, los performancers dan rienda suelta a su arte a escondidas, y no les importa si los miran o no.

Bien, esto por lo que respecta a las profesiones y oficios perdidos. Pero hay otra cosa que me gustaría comentar. Hoy me he enterado de que mi gata, Linda, está muy enferma, y puede que no sobreviva a esta semana. Es un animal muy mayor, así que en parte no me entristece la noticia, pues ha disfrutado de una vida larga y feliz y su reloj biológico le está diciendo que ya es hora de descansar. Pero por otro lado me siento un poco más vacío al pensar que no voy a tenerla aquí, conmigo, para que me lleve hasta los Umbrales.

Siempre me han fascinado los gatos. Luna, la chica del pelo violeta que protagoniza mi novela, siente admiración y una profunda gratitud hacia ellos, ya que los considera los responsables directos de que hallase los Umbrales cuando era niña. Ella misma se pregunta, en una de las escenas más románticas del libro, cómo funciona la extraña mecánica de los gatos. Cuáles son los principios (o más bien los finales, si me permiten el chiste) rectores de su existencia. Y llega a plantearse si en realidad hay muchos gatos en el universo, o es sólo uno que está en todas partes a la vez. Epistemología gatuna, con unas gotas de teoría del caos. Es siguiendo a los gatos, espiándolos, como este personaje llega a descubrir las puertas a Aradise, el país de las hadas. Yo he tratado de seguir a Linda en muchas ocasiones, pero la muy traviesa siempre se da cuenta de que la espío y cambia de rumbo. A veces hasta me mira y zanja la cuestión con un escueto “miau”. Es un verbo no transitivo, pero al igual que “pitufar” se puede usar en infinidad de ocasiones, pues su significado depende del contexto.

En fin, os exhorto a que, si tenéis gato y lo dejáis escapar alguna noche por la ventana, tratéis de seguirlo en total silencio, a ver dónde os lleva. Puede que asistáis a algo tan prosaico como una cópula rebosada de bigotes o, quién sabe, eso os lleve a descubrir una puerta a Aradise. Sea como sea, vuestra vida cambiará para siempre.

Te he visto volver a nacer

Hace pocos meses comenzó la publicación de “Historias Asombrosas”, una de las pocas revistasde corte fantástico (si no la única) que quedan en España. Dirigida por David Mateo, esta nueva publicación podría convertirse en una plataforma para que tanto nuevos como viejos autores de ciencia ficción y fantasía de nuestro país hagan llegar sus trabajos al público. Desde el primer número y en adelante, he comenzado a publicar por capítulos una noveleta titulada “Te he visto volver a nacer, dijo el Vigilante”. Aquí os dejo un fragmento de la mitad de la obra, por si os interesa leerlo. El resto saldrá en Historias Asombrosas; tras la conclusión de esta noveleta publicaré otra en la misma revista llamada “Mercaderes de tiempo” que recibió una mención en el último premio UPC:

Es fama que Tántalo, rey de Lidia, buscando la sabiduría que ayudase a librar a su reino de amenazas, surcó el desusado derrotero del Helesponto con la mirada puesta en los Templos Perdidos. Para ello reunió en su palacio a los navegantes y armadores más capaces, colocó en sus manos las mejores herramientas, y les pidió que ensamblaran la nave más resistente que hubiese conocido el ancho mar.

Al cabo de tres meses los sabios coronaron la empresa y, consagrándote antes de que los remos tocasen la inquieta espuma, ¡oh Febo!, el monarca se echó a la mar. No disponía de mapas ni de senderos escritos allá arriba, en las estrellas, pero sí de una fuerza de voluntad inquebrantable, de indómita cualidad. Su timonel llevaba vendados los ojos, pues sólo su instinto alcanzaba a ver lo suficientemente lejos como para encontrar la senda allende las tinieblas.

—Con este corcel sortearé los vientos y las tempestades… —juró Tántalo en el momento en que la primera ola salvaje golpeó la quilla—. Con este grito hecho madera desafiaré mi destino.

Doce días con sus noches vagó la resistente nao arrastrada por el céfiro, sorteando valles de espuma y bancos de peces. Bogaron con gran preocupación por cabos peligrosos y escollos asesinos, sortearon acantilados y divisaron sombras de titánicas criaturas escudadas en la niebla. En algún momento la voluntad de los hombres se quebró, pues temían no encontrar su destino en un océano cuya vastedad les sobrepasaba, pero tenían fe en su diestro capitán. Durante doce jornadas bogaron cortando las salobres espumas hasta el amanecer del día número trece, cuando Febo en persona subrayó el contorno de una isla.

Arrebatado de felicidad, Tántalo clavó su rodilla en una playa. Elevando con sus manos un pequeño altar a los dioses, llamó a aquel litoral “Luna menguante de Lidia”, nombre que aún conserva en la actualidad, y ordenó a sus hombres que sacrificaran un brioso lechón. Su sangre joven se mezcló con la arena, formando intrincados dibujos.

Hace frente a esta escena la isla de Nolos, patria de las rieanas, hijas videntes del matrimonio entre la sabiduría y el olvido. A pocos pasos de la playa que vio desembarcar a Tántalo alzábase un templo fabricado en piedra, morada figurada de Tymos, quien desde su cueva reina sobre retozones vientos e indomables tempestades.

Sentado en su excelso alcázar, el dios contempló la llegada de los marinos. Con su cetro en la mano amansó los vientos, templando su furia y dejando descansar el mar; ése era su mayor tesoro, un cetro maravilloso capaz de contener a las tempestades. Si no lo hiciera de este modo, aquéllas arrebatarían consigo mares e islas y las esparcirían por los eternos cielos, reduciéndolas a polvo.

Adivinando en este gesto un buen augurio, los ojos del anciano Pirro[1], el de blanca melena, asintieron con satisfacción.

—Sin duda es aquí donde quisieron traerte tus plegarias, mi rey —dijo—, pues en este lugar se esconde un gran secreto, conocido sólo por los poderes que guían el devenir de las cosas. Un secreto que desde tiempo inmemorial custodian las piedras y los antiguos bosques.

Tántalo se ciñó el peto de la coraza y terció el escudo al bies de sus espaldas. La espada refulgía con resplandores dorados, contenida en la vaina. No era un hombre especialmente alto, ni más musculoso que los marineros que lo acompañaban, pero algo en su semblante lo volvía distinto. Se decía de su mirada que poseía la fuerza tempestuosa de un toro, y que se bastaba con ella para doblegar la voluntad de sus enemigos en el campo de batalla. Ni siquiera su hijo, Pélope, un joven al que apenas le despuntaba el bozo, había heredado ese rasgo de su padre.

—Guíame, augur —ordenó el rey—. Dime cómo puedo averiguar el secreto que aquí se esconde, y tal vez pueda usar ese poder para preservar a los míos de todo mal. Que no yace oculto a nuestras mientes que nuestro enemigo, Cambises, pese a no levantar más que unos pocos años del suelo, sueña ya con ser coronado soberano de un imperio que incluiría mis tierras, mis castillos y mis gentes.

—¡Padre! —exclamó una voz joven. Pélope, que acompañaba la expedición en calidad de grumete, bajó de un salto a la playa y fue corriendo hasta donde se encontraba el monarca—. ¡Llévame contigo!

—Sosiega tu ímpetu, hijo mío —sonrió Tántalo—. Desconocemos qué peligros se ocultan más allá de estas arenas que nos dan la bienvenida. No sabemos quiénes habitan esas colinas y esos frondosos bosques, si cálidos amigos o peligrosas fieras. Y tú no eres tan diestro en el manejo de la espada como para defenderte.

—¿Cómo voy a convertirme en un gran guerrero si siempre me estás protegiendo?

—Ya llegará el día en que tengas que matar para defenderte, de eso no te quepa duda, pero tus brazos aún necesitan ganar en fuerza y volumen.

—Pero yo…

—No añadiré más. Regresa a la nao y ayuda al cocinero a preparar los enseres de pesca.

El joven se marchó, humillado por las medias sonrisas de los guerreros favoritos de su padre, un grupo de doce veteranos que siempre lo acompañaba en sus conquistas. Estos pronto olvidaron al muchacho, pues mientras la tripulación montaba el campamento usando el mismo casco de la nao como albergada, ellos formaron una cuña y penetraron en el bosque. Tántalo iba en el centro de la punta de flecha, rodeado por sus escudos.

Antes de internarse en lo desconocido, sin embargo, escuchó el consejo de Pirro, que hurgaba en las entrañas de un novillo recién sacrificado:

—¿Ves ese edificio que ajado por el tiempo parece aguardarnos? —Señaló al templo de Tymos, tan cercano a la playa que hasta se distinguían los gastados bajorrelieves de su friso—. Es morada de misterios y poderes arcanos. Sus salones albergaron tiempo ha el recóndito santuario de las rieanas, a quien el delio vate reveló las cosas futuras. No has de acercarte a su sombra, pues las entrañas ensangrentadas se retuercen en complejos lazos. Esto es signo de futuro azaroso, ¡tal vez mortal!, si te atreves a escarbar en los tesoros que no han sido para ti dispuestos…

El monarca rió con desprecio ante semejante profecía.

—Claro que me acercaré a ese edificio, viejo idiota. Es mi intención explorar cada rincón de esta isla a la que nos ha traído la suerte, y esquilmar sus recursos a mayor gloria de mi país.

El anciano se ofendió.

—¡Majestad! Vos no desoís por norma los consejos de un sabio. ¿Por qué ignoráis éste?

—Pirro, en mala hora accedí a traerte a este viaje. ¿Acaso has olvidado cuál es nuestro objeto? —preguntó Tántalo—. ¿Qué necesidad arrastró nuestra nave por los cerúleos mares hasta estas playas? Ni siquiera acosado por las tempestades ni amenazado por los truenos daré mi brazo a torcer, o dejaré un solo tesoro por requisar en las haciendas de mis enemigos.

Ufano, el monarca humedeció sus dedos en la sangre del novillo y se tiñó la cara de rojo. Ya se hubo marchado su destacamento cuando el augur, trazando un símbolo de protección en la arena, elevó una plegaria a los dioses.

—¡Potencias del Firmamento! Es nuestro prócer quien, descendiendo de la excelsa raza de Zeus, nos envía a los umbrales de la tornadiza fortuna. Cuán terribles desastres derramó su antecesor sobre el trono de Lidia y todas sus gentes, cuáles hados han impulsado a chocar entre sí a dos férreas voluntades, un caudillo del Asia y el otro de su gemelo continente; sábenlo hasta los que habitan las últimas regiones que baña el Océano, pues los fuegos de una guerra que ya dura más de tres generaciones han ardido en cada rincón de este mundo. —Se volvió hacia las desgastadas piedras de Tymos—. Suplico vuestra piedad, señor de los vientos, pues no seremos un desdoro para vuestra nación protegida, ni os faltarán las libaciones por darnos amparo. Si nos concedéis la Gracia, os prometo que mi señor reconstruirá vuestra casa y la protegerá de los rigores del tiempo.

Fue entonces cuando un ave rapaz, un águila de pico corvo, se alzó volando del mismo techo en ruinas del templo con una presa mucho más grande que él entre las garras. Pirro, hábil intérprete de los prodigios, vio en aquello una señal de los Hados. ¿Pero qué quería decir, exactamente? ¿Era el vaticinio de algo bueno —pues el águila podría ser Tántalo alzándose triunfante—, o es que los dioses les enviaban una advertencia? Puede que el tirano de Lidia no fuese el cazador, sino la indefensa presa, y estuviese arriesgando su alma al ofender a potencias mucho más antiguas y poderosas que su efímera gloria de mortal…

—Está tan ciego de orgullo que no vería ni sus propias huellas aunque desandara por ellas.

Pirro miró al joven que había aparecido a su derecha. Era Pélope, cargado con enseres de pesca.

—Os aconsejo que refrenéis vuestra lengua, joven príncipe —murmuró Pirro—. Bien sabéis que vuestro padre no tolera los insultos, aunque provengan de su propia familia.

El niño miró de reojo al augur, y durante un breve instante destellaron en sus ojos la fuerza y la intolerancia de su progenitor.

—Algún día habrá de verme, Pirro —prometió—. Aunque a sus pies deba lanzarme y tropiece conmigo, pero me verá.

Se marchó de regreso al campamento con ese anadear suyo tan gracioso. Pirro aguardó unos instantes, pensativo, y soterró las entrañas del novillo en la arena. El águila todavía se divisaba en el horizonte.

De esta manera los pásifes1, pues así se llamaban las tropas de élite de Tántalo, penetraron con extremo cuidado en el bosque. Una naturaleza insólita los aguardaba, pues por primera vez asistió un mortal a prodigios que ya no pertenecían a esta Era del mundo. Vieron pájaros parlantes, capaces de hablar en una lengua que ni siquiera los textos más antiguos mencionaban, y que imitaba los sonidos de la vida y de la muerte. Vieron árboles cuyos troncos vestían encajes de espinas, sus frutos tentaculeaban como seres vivos y sus raíces apenas revolvían la tierra, como si en cualquier momento pudiesen echar a correr detrás de alguna presa. Olieron perfumes desconocidos y acariciaron texturas en las piedras que recordaban al cuero animal. Todo esto admiró Tántalo con fascinación, pero no se detuvo más de lo necesario: revolvía mil proyectos en su cabeza, discurriendo el método de robar los tesoros que pudiese esconder la isla, y eso guiaba todos sus actos.

—No me gusta —masculló Ceo, su comandante de tropas—. Nadie ha puesto un pie aquí desde que el mundo es mundo.

—Mejor —dijo el rey, arañando con su espada la armadura espinosa de un árbol—. Si no encontramos ninguna tribu que reclame estos parajes como suyos, la conquista de la isla será más sencilla.

Empieza entretanto a revolverse el cielo con gran estrépito, al que sigue un aguacero mezclado de granizo. En la playa, los marineros corren de un lado para otro, salvaguardando los enseres y los animales. Un pedazo de hielo del tamaño de una trébede golpeó a una cabra en plena testuz, acabando con ella en el acto. Pirro miró al cielo, buscando al flechador que tanta destreza había demostrado lanzando el granizo, pero sólo vio nubes blancas y remolinos de lluvia.

—¡Protégete, anciano! —gritó Pélope, corriendo hasta él. Llevaba una manta asida con ambas manos que le protegía la cabeza de los gélidos proyectiles. Llegó hasta el augur y los escoltó a duras penas hasta la nao encallada en la arena.

—No debimos haber desembarcado en este lugar… —tembló Pirro—. Algo no va bien. Hemos contrariado al Hado de alguna forma, estoy seguro…

—¿Qué murmuras, viejo? Mi padre sabe exactamente lo que hace, no necesita de voces agoreras que lo estén cuestionando.

Pirro miró hacia el templo de Tymos. Ya se divisaba el grupo de los pásifes llegar al claro del bosque, y acercarse sin miedo a sus muros. No se le escapó el hecho de que la ventisca había comenzado en el momento en que Tántalo saltó la valla que lo protegía, y con la jactancia típica en él ordenó mediante gestos a sus soldados que forzasen las enormes puertas.

Ya no había vuelta atrás, pensó el anciano con un estremecimiento. Fuera lo que fuese lo que los dioses escondieran allí dentro, su rey estaba a punto de profanarlo.


[1] Pirro: Sacerdote del templo de Palas y hábil intérprete de los augurios divinos. También es un maestro de la cítara. A lo largo de su viaje, aconseja sabiamente a Tántalo que evite ciertos peligros, como los escollos de Lavlael o el canto de las arpías de Teuclo.

1 Pásifes: Llamados de esta manera en honor de un río, el Pasifento, que se desbordó en la región de Lidia conocida como estuario del Caístro. A su paso la riada arrasó con pueblos enteros y mató a miles de personas. Es por esta ferocidad e inclemencia que Tántalo bautizó así a sus guerreros más veteranos.

El Teatro Secreto (2) Los lugares

Bueno, ya es oficial: en el transcurso de la Semana Negra de este año presentaremos (la editorial Vórtice y yo) mi nueva novela de misterio, El Teatro Secreto. Este libro fue finalista del Premio Minotauro 2005, y desde entonces ha recorrido un largo camino de reestructuración y modificaciones que ha desembocado en lo que es hoy: mi primer acercamiento serio a lo que yo llamo “fantasía onírica”.

¿Qué es la fantasía onírica? Puede que otra gente, en otros lugares del planeta, ya hayan bautizado a esta variante de la fantasía urbana con otros nombres, pero a mí me gusta éste. Se trata de mezclar terror, cuentos de hadas y sucia realidad en un entorno urbano, más o menos realista pero lleno de magia y enigmas ancestrales. Neil Gaiman se hizo famoso a principios de los noventa indagando en este campo con su celebérrima serie “Sandman”, y luego vinieron otros cómics y libros que siguieron sus pasos, entre ellos la serie de “Fábulas” o “Humo y espejos”. Lo siento, pero no he encontrado ninguna película de cine que se adapte a esta descripción. Probablemente habrá alguna por ahí, pero me temo que la fantasía onírica aún no ha saltado al cine con un proyecto verdaderamente importante, que le dé cuerpo y entidad propia ante las masas de gente que, por lo general, no leen cómics.

Así pues, El Teatro Secreto es mi primera novela de estilo “Gaimaniano”. Se sitúa en un Londres aparentemente actual, moderno, del siglo XXI, pero que esconde mil y un secretos que parecen heredados de épocas pretéritas y más esotéricas. Según Lucya Szachnowski, “la capital de la Corona inglesa, que triplicaba en edad a la misma monarquía en 1920, creció hasta convertirse en el lugar donde se reúnen los viejos privilegios, el dinero fresco, la creatividad, la lucha de clases, la locura, la tuberculosis, la ciencia, la educación y la más avanzada investigación médica. Cuanto más grande es una ciudad, más se convierte en el epicentro de las cosas importantes, lo que da a la gente más motivos para trasladarse allí”. Y Londres, durante siglos, fue la ciudad más grande del mundo.

Elegí Inglaterra como teatro de grand-guignol para esta novela por su ambiente místico y a la vez tecnológico. Por su impactante mezcla de estilos y su espectacular acervo de leyendas. Un universo mitológico que, sin ser tan importante para el imaginario europeo como el griego, está casi a la par con él en importancia en cuanto a su barroquismo y, sobre todo, respecto a su mayor cercanía en el tiempo. No olvidemos que los grandes mitos ingleses son mil seiscientos años de media más modernos que los de la antigua Grecia, y aunque ahora se nos antojen todos igual de arcaicos, lo cierto es que el buen rey Arturo (the once and future king, como según la leyenda proclama su lápida) poseía muchos rasgos, tanto políticos como de carácter, que aún hoy en día son considerado deseables en un gobernante. Esto, lejos de emparejarlo con reyes míticos como Agamenón o Nabucodonosor, lo acerca mucho a nuestra época y le da una aureola de monarca actual, moderno y hasta cierto punto democrático.

Aunque la trama de mi novela no toca el Ciclo Artúrico, al menos no directamente, sí que se alimenta de esa aureola de fantasía construida sobre un posible núcleo histórico, y visita algunos lugares de fuerte sensibilidad mágica de la Inglaterra oculta. Estos son unos pocos de esos lugares, con información adicional sobre su trasfondo que no aparece en el libro:

  • Avalon Falls: El trazado laberíntico del antiguo Londres sufrió una profunda reestructuración durante los complejos y problemáticos años 40-50 del pasado siglo. La incorporación de grandes avenidas que cruzaban de extremo a extremo la ciudad, y que servirían de arterias para el cada vez más denso tráfico de coches, obligaron al Ayuntamiento a replantear sus estrategias de compra de terrenos y edificación de inmuebles. Hoy en día sobreviven pocos barrios que conserven el espíritu caótico de aquellos tiempos, y Avalon Falls es uno de ellos. Desde siempre, este barrio fue considerado como un lugar malsano donde vivir se hacía más duro que en otras partes más elevadas de la ciudad, y de eso tuvo la culpa la famosa niebla londinense. Estos bancos de humo, llamados en ocasiones “peculiaridades de Londres”, serían hoy en día conocidos por “smog”. Eran masas de gas sucio alimentadas por las calefacciones de carbón de las casas y las chimeneas de las fábricas; nubes densas y pesadas que no solían elevarse por encima de un tercer piso. Al acumularse en la ribera del Támesis y en los barrios más deprimidos de la urbe, lugares como Avalon Falls sufrieron un deterioro que equiparó el aspecto físico de sus habitantes al desgastado color de los saledizos. En la novela aparece como lugar emblemático de este barrio el parque de Lexington, un lugar que hoy en día no existe bajo ese nombre, pero cuya parcela fue respetada por la administración del alcalde reformista Ewer por contener árboles centenarios. Está rodeado por edificios vetustos construidos por la escuela de John Nash, quien diseñó para el príncipe regente los jardines del parque zoológico. Aunque no se menciona en el libro, sobre las famosas puertas dobles de entrada al parque, forjadas en escoria de arrabio, hay una leyenda en letras de oro: “Pietas in Patriam”. Es una paráfrasis de una cita extraída del apéndice al Libro III de Selected Letters (1901) de Cotton Reynald, un famoso historiador y naturalista inglés, destacado teólogo puritano de su época y firme defensor de la teoría rafaelista de la preponderancia del Estado Divino. También se menciona esta reja y su plica en el Historiarum Centuria (1923) de Reinaldo de Berak [véase Lucius & Armand, tercera edición, The Wringed Archs of London, en Proceus nº 5, abril de 1971, páginas 34-35].
  • Jack’s Bridge: De todos los puentes que cruzan el Támesis a lo largo de sus 340 kilómetros de longitud, dieciocho se encuentran dentro de los límites de la ciudad de Londres. De todos ellos, probablemente el más siniestro sea el puente de Jack, más conocido por su sobrenombre de “puente de los suicidas”, dado el increíble número de personas que se han lanzado en busca de un destino mejor en el Más Allá desde sus vetustas piedras. Poco se sabe sobre este arco de piedra y metal y sus orígenes, aunque según registros de hace siglos ya había un “paso alto” sobre el río cuando los romanos se establecieron en la plaza fuerte céltica de Londinium. Existe un libro de ficción que tiene como protagonistas a este puente y a los desgraciados a los que ha catapultado al otro mundo: Beyond the Wall of Sadness (1943), de Joshi Straut-Belice, publicado por primera vez en forma condensada en Weird Tales, vol. 30. La forma completa de esta nouvelle se perdió hace décadas, pero dicen algunos estudiosos que Joshi nunca quiso que este texto saliese a la luz, y que ni siquiera se tomó la molestia de mecanografiarlo y enviarlo a un editor. Por razones nada claras, una carta sin remitente apareció en el despacho de Albert Glenn, editor de la revista, conteniendo estas páginas. Se dice que los capítulos que Glenn suprimió para no herir la sensibilidad del lector (de verdadera “Golconda de tensión y horror descriptivo” lo calificó en sus memorias) contenían la clara y fiel descripción de muchos de los suicidios acontecidos en el susodicho puente, hasta un grado en que su lectura resultaba desagradable hasta para los estómagos más curtidos. El halo de maldad que rodea a este puente es tan profundo que hay quien afirma, aunque sin aportar pruebas veraces para respaldarlo, que el nombre del puente, “Jack”, no se refiere a una persona, sino que es el acrónimo de las palabras de una cita en hebreo cuya traducción sería “puerta a la condenación”.
  • El País de los Teatros: Hubo en el suroeste de Londres un barrio que vio nacer y morir la revolución bohemia de la ciudad. Este barrio se llamaba Pern, pero las mesnadas de poetas y locos egregios que lo tomaron al asalto a finales de 1899 le cambiaron el nombre por el más acorde con sus ideales “Reino sin rey y país sin fronteras de la farándula, los teatros, el taberniê y otras manifestaciones de la locura”. Como era un apelativo demasiado largo, con el tiempo se fue recortando hasta quedarse en “País de los Teatros”, aunque en ciertos registros de propiedad de la época, algunos inmuebles aparecen catastrados con el nombre largo original. Es el caso del edificio Mengord, fundado bajo los auspicios de los cuáqueros en un solar donado por T. J. Gans, gentilhombre y filántropo de pasado oscuro, y que sirvió de escuela pública y de cuartel general de algunos movimientos anarquistas hasta que la policía lo desalojó por la fuerza en 1911. Gans, que huyó a España en 1910 por ser legitimista, siempre afirmó que se había dejado un tesoro enterrado en algún lugar de la vieja escuela, pero hasta la fecha no se sabe si decía la verdad o si eran meras patrañas de una mente demasiado acostumbrada a la absenta. Esta escuela, luego reconvertida en teatro de variedades y posteriormente en sala de cine, fue construida enteramente con mármol blanco de Georgia, y presume de tener el quinto pozo artesiano surgente más profundo de Inglaterra. Otros edificios insignes, muchos de ellos construcciones utilitarias conocidas como Brick Rows, fueron derribados cuando las autoridades municipales decidieron dar un mejor uso a los terrenos. Entre ellos se encontraba el Templo Baptista de Meow St. (edificado en el 154 de la calle entre dos sotos de árboles de hoja caduca, y basado en un diseño alternativo de la iglesia escocesa unitaria de Stornoway), el mercado de la fruta y el vino de la calle Loch (ocupando los números 301 al 319, frente al Caledonian Meeting House, cuyos cimientos soportaron sin resquebrajarse el potente terremoto del 52), o los arcos de la confluencia de callejones de North Water, cuyos nombres honraban a antiguos héroes del barrio con pintorescos apellidos, como era el caso de los Gandolfi, Chatcher, Snoob, Providence o Feoffee.
  • Seven Dials Club: De los clubes selectos que hay en Londres, tal vez éste sea el más antiguo y con mayor solera. Hubo un tiempo en que no había hombre o mujer rico de la ciudad que no perteneciera a un club, y con su presencia no sólo disfrutaba de sus ventajas, sino que daba renombre a la institución. Al igual que en otros clubes, como el Egotist o el Diógenes, en el Seven Dials se esperaba que sus miembros superasen un test de buen gusto. Si en el Egotist un distinguido explorador fue expulsado por fumar puros con oporto fino, en el Seven Dials le fue prohibida la entrada a una famosa e influyente personalidad de la política de los años 70 por atreverse a recitar unos párrafos del Prurigo Lexicon, libro de poemas eróticos del protestante sueco Igvar Wirst (1930-1969) donde se elogiaba la necrofilia.
  • Y finalmente, por supuesto, está Aradise

esa palabra que empieza por P y acaba por PA…

Hola amigos. Habréis notado que este mes llevo un poco de retraso en la actualización del blog, pero tengo excusa: hace como una sema nació mi hija Thais. Me temo que una cosa tan pequeña es como un inmenso agujero negro que consume el espacio-tiempo de los adultos que orbitan a su alrededor, por lo que esta adenda va a ser más bien corta. El mes que viene ya dejaré una más larga, para compensar. Por ahora estoy lidiando con noches en blanco, la espantosa programación de la TV a las tres de la mañana (alguien debería escribir un cuento sobre esto, creedme), y acostumbrándome a esa palabra tan extraña, papá…

Cuento Inédito

Hola a todos. Aquí os dejo un cuento inédito de Piscis de Zhintra, uno de mis primeros personajes. Es breve pero simpático. Se titula “Experience PZ”:

París, 1985

             —A ver, colócate junto al micrófono. ¿Estás cómodo?

            —Uhm… no sé. No creo que el lavabo sea un buen lugar para una entrevista. ¿Qué tal la sala de estar?

            —Tú quisiste ser original, ¿recuerdas? Todo aquello de la explosión de creatividad del escritor y los lugares inverosímiles para las palabras más inauditas. Son expresiones de tu propia cosecha.

            —Ya sé que dije esa estupidez —murmura—, pero entonces estaba borracho. Además, lamento desilusionar a mis fans, pero mi obra de retrete no se diferencia en lo más mínimo de mi obra normal. Ambas son basura.

            —Nadie lo diría con todo lo que vendes últimamente. ¿Puedo empezar con la entrevista, sí o no?

            —Haz lo que te dé la gana.

            La grabadora comienza a funcionar.

            —Vale, pues si te parece voy a presentarte: te llamas Jean Paul Berri, pero firmas tus libros como Diderot. ¿Ganas de incluir una enciclopedia entre tus éxitos algún día?

            —Muy graciosa.

            —Bueno: Diderot es un artista parisino, surgido (¿o debería decir alzado de entre los muertos?) de la pintura underground del onirismo sucio; compositor ocasional de música gótica, escultor, y máximo exponente de la nueva corriente estética bautizada Glump. Saluda a tus admiradoras, Diderot.

            —Hola, tías.

            —¿Qué es el Glump? ¿Por qué se llama así?

            —Glump es lo que obtienes cuando partes de algo hermosamente retro, decides que quieres hacer algo igual de bueno en tu vida, pero al final va y se te atraganta. Es lo que sucede cuando agarras los discos de música glam que juraste no volver a sacar del armario, descubres que encierran toda la verdad psicotrónica sobre el universo y te miras después al espejo. Sientes tanta lástima que en lugar de glam gritas glup, lo unes e inventas el Glump. Pura acidez de estómago.

            —Eh… vale. Pues a este chico nadie le iba a decir hace cinco años que su Glump tendría tantísima adhesión entre los grupos de artistas bohemios de los barrios bajos de París, hasta tal punto que ya hay quien hace escuela y se declara glumpiano convencido. En estos años, los discos de Diderot se han vendido, nadie ha logrado verter disolvente sobre sus cuadros, y sus performances literarias state-of-the-fart atraen público de todos los ámbitos culturales. Dinos, Diderot: ¿cómo te sentó el repentino gran éxito de tu disco Por qué la música hardcore parece compuesta por deficientes mentales?

            —Mal.

            —Las malas lenguas nos han dicho que una compañía discográfica importante está interesada en comprar los derechos (el disco fue autograbado y distribuido localmente) para lanzarlo a nivel nacional. No sé si podemos nombrarla en voz alta…

            —Mejor no.

            —Tu último trabajo es una obra multidisciplinar, un CD apoyado por un libro que se inspira en un cuadro, y tú lo has planificado todo. Se llama experience PZ, y promete sacudir los cimientos de nuestra ya castigada facultad de tolerancia al Arte. ¿Cómo surgió este PZ? ¿Qué es exactamente lo que vamos a experimentar los que lo veamos/ leamos/ escuchemos?

            El escritor hace un mohín y sus ojos se llenan de brillo.

            —La verdad es que no sé cómo explicártelo. Trata de… eh…

            —Venga, dínoslo sin vergüenza ninguna: ¡Tres materias! ¿Qué merece la pena tanto esfuerzo?

            —Pues qué va a ser: una mujer.

            —¡Una mujer!

            —Claro. Es un impulso muscular primario: sexualidad catártica. ¿Qué otro motor puede haber para lo que entendemos como pulsión creativa? —Se masajea los ojos con los pulgares—. Todo lo que yo hago conlleva una mujer de fondo, al igual que las obras de los pintores y escultores de medio mundo. Es la base de nuestro proceso cerebral.

            —¿Y el otro medio mundo?

            —Son gays.

            —Háblanos entonces de esa beldad que ilumina tus noches y tus días. ¿Dónde la conociste?

            Diderot enciende un pitillo.

            —Aquí, en mi casa, en el salón comedor.

            —Oh. ¿Una antigua novia que te llamó inesperadamente por teléfono tras años de ausencia? ¿Alguien que conociste esa misma noche? ¡Atentas, admiradoras de Diderot, porque tal vez no os convenga escuchar lo que viene a continuación! —susurra al micrófono—. ¡La vida privada de nuestro artista sale al fin a la luz pública!

            —No digas tonterías. Ella tiene más clase que cualquiera de esas furcias que se bajan las bragas en los antros demodé por amor al arte. Además, no es de este mundo.

            La entrevistadora alza una ceja.

            —¿No? ¿Estás enamorado de un fantasma, entonces?

            Diderot sale del lavabo y es seguido por la periodista hasta su sala de estar. En la pared hay un póster de Marylin que con la distancia se transforma en Groucho Marx.  Sillones de plástico verde se reparten el espacio alrededor de un futón que oficia de mesa de té.

Encima de éste descansa un artefacto muy extraño: parece una mezcla delirante entre un casco espacial y una batidora.

            —Me refiero a que no es físicamente de este mundo. Que es de otro planeta, coño. —Le da vueltas al casco, observándolo con recelo—. Un día este chisme apareció aquí, sin más, emitiendo lucecitas y ruiditos de esos que los músicos hacían con los sintetizadores de los años setenta. Al principio creí que se trataba de una alucinación del LSD que había tomado aquella noche, pero no pude evitar ponérmelo en la cabeza. Lo que sucedió después… es difícil de explicar.

            —Te sentiste ridículo.

            —Casi. Entré en contacto telepático con ella.         

            —¿Me estás diciendo… —La chica está tan alucinada que tiene las mejillas coloradas—, que un día encontraste sin más en tu salón un casco extravagante, y al ponértelo enlazaste mentalmente con una bella mujer del espacio exterior?

            Diderot echa ceniza encima del futón.

            —Básicamente. Snnnfff. Ya sé que suena ridículo… Qué demonios, es que es ridículo —ríe—. Pero es la pura verdad. Con este cacharro entro en contacto con PZ, sea quien sea.

            —Oh, entiendo. Damas, caballeros, Diderot al parecer está experimentando con esta reportera nuevas formas de arte. ¡Belleza a través de la locura! ¡Divino Daño Cerebral!  Dejemos que sea el mismo artista el que nos introduzca en sus fantásticos universos de demencia cósmica. —Le apunta con el micro—: Diderot, tus fans se mueren por conocer a tu amor platónico. ¡Muéstranosla, te lo ruego!

            El artista lo medita en silencio, algo molesto por el tono de opereta de la joven. Al final se encoge de hombros, agarra el casco y se lo encaja en la cabeza. Luces estroboscópicas parpadean en torno a sus filamentos cristalinos.

            —Tú lo has querido —gruñe—. Pero que conste que tal vez ella no desee ser molestada. Puede que ni me conteste.

Entrecierra sus párpados, centrando la vista en el infinito. Parece como si tratase de distinguir imágenes incoherentes en una bruma difusa.

No pasan más de diez segundos hasta que aparenta descubrir algo.

—Ya… la veo. Está haciendo una… un… ¿Qué está haciendo?

—¿Algo obsceno?

            —No seas burra. Está cabalgando… un animal parecido a un caballo. Es un ser cuadrúpedo… No, no puedo describirlo. Demasiado extraño.

            Las luces continúan palpitando. El micrófono no se aparta de la boca de Diderot. Éste parece confundido, como si estuviese escuchando voces. Chasquidos fluctuantes emanan del casco y texturan el ambiente con sonidos de baja frecuencia. Las longitudes de onda se entremezclan y anudan unas con otras, sumándose o cancelándose a ritmo acompasado.

De repente, Diderot empieza a hablar.

 

 

Mi montura se revolvía inquieta. Delante, a cien metros descendiendo por la cañada, el tecnoide avanzaba pisando con fuerza, hundiendo sus botas de acero varios centímetros en la montaña de basura. El olor, pese a mi mascarilla protectora, resultaba agobiante.

            Escuché una voz que reverberaba en el implante de mi cuello. La ignoré; era mal momento para distraerme. El reoll que montaba, aquella especie de cruce gigante entre rata de pantano y camello, era el animal idóneo para atravesar las montañas de basura de Julá, pero el tecnoide era listo. Se había protegido con cápsulas que exhalaban perfumes letales a cada paso que daba. Si me acercaba mucho a él mi animal caería fulminado al instante, y entonces sí que estaría en un problema. Temblé al imaginar arenas movedizas de estiércol de reoll.

            Me asombró que el mercenario supiera dónde estaba la siguiente puerta dimensional. Ahogado en una montaña de escoria de un kilómetro de altura, las últimas palabras de mi contacto habían servido para revelar su localización. Qué fin más espantoso, incluso para un traficante de pasillos dimensionales como él. Nadie se merece una muerte semejante.

            Espoleé mi montura, avanzando aún a riesgo de colocarme contra el viento. Si el tecnoide encontraba la puerta antes que yo, todo estaría perdido. Recé para que la bomba aún siguiera intacta.

            La voz en mi implante seguía dándome la tabarra.

            —¿Qué quieres ahora? —susurré, tirando de las bridas del reoll. Mi nuevo contacto (forzado, todo hay que decirlo) en la otra esfera quería presentarme a una amiga. Como si tuviera tiempo para hacer vida social en este momento.

            —¡Olvídalo! —grité en susurros—. Ya enlazaremos más tarde, ahora estoy ocupada. Adiós, Diderot.

            Y corté el enlace.

 

 

            —Creo que la he pillado en mal momento —dice el artista, desconectando el casco.

            —¿No puedes intentar establecer contacto dentro de un rato? —sonríe la periodista—. Esto es tan raro que, si quieres, me quedo a vivir contigo una temporada.

            —No hará falta. Por lo que he averiguado gracias a este cacharro, el universo donde vive PZ no es consustancial con el nuestro, ni se mueve a la misma velocidad.

            —Vayan tomando nota de las palabras raras, queridos oyentes. Al final del programa se abrirá un espacio de debate donde intentaremos explicar qué significan términos tan espantosos como “consustancial”.

            —Quiero decir que aunque mantenga el casco desconectado sólo dos segundos, al volver a arrancarlo puede que en el otro lado hayan pasado varias semanas. Si ahora trato de contactar de nuevo… —dice, tanteando el botón de activación.

            Una voz femenina le grita:

            —¡Te he dicho que ahora estoy ocupada!

            Rápidamente, Diderot se quita el casco de la cabeza.

            —No es el caso.

            La cinta de la grabadora llega a su final. La periodista se toma un minuto para cambiarla mientras su anfitrión va al excusado. Cuando regresa le tiene preparada una nueva batería de preguntas:

            —Preveo que este programa va a batir todos los récords de delirio en nuestra emisora. Y te aseguro que desde que sacamos al aire al Señor Zanahoria y su circo de pulgas con Alzheimer, jamás creí que lo superaríamos. Una pregunta con malicia: ¿qué quiere exactamente esa tal PZ de ti?

            —Es complejo. Por lo que me ha explicado, debo guardar con celo extremo este casco, pues una de sus piezas contiene un detonador de la esfera equinoccial. —Levanta enseguida una mano, pidiendo paciencia—. Sé que todo esto suena a marcianada, pero te lo transmito tal y como me lo han dicho a mí.

            —¿Un detonador equino… qué?

            —De la esfera equinoccial. No sé si sabes algo de historia de la Ciencia. —Ante la mirada perpleja de la joven, Diderot suspira y se recuesta en su sillón de plástico, relleno de agua y en el que nadan peces de colores—. Mira, no te lo tomes a mal, guapa, pero los periodistas de hoy en día sois todos una caterva de paletos. En fin, te explico: en el siglo segundo de nuestra era, un astrónomo griego llamado Tolomeo elaboró una explicación sobre cómo se suponía que estaba conformada la bóveda celeste. Colocó la Tierra inmóvil en el centro del esquema e hizo girar a su alrededor a todos los planetas, situados en ocho esferas concéntricas, detrás de las cuales estarían las estrellas. ¿Me sigues?

            —Creo que sí.

            —Vale; pues el bueno de Tolomeo tenía seguidores que enriquecieron su modelo con una novena esfera, cuyo movimiento en teoría causa la precesión de los equinoccios. Se supone que esta novena esfera está enlazada con la nuestra.

            —¿La nuestra?

            —La que alberga la Tierra. Por el mismo eje.

            —Ah, vale. Prosigue.

            —Resulta, como te decía, que esta nueva esfera era muy importante para la estabilidad del conjunto, ya que se encargaba de mantener el eje de nuestro mundo perpendicular, aunque nadie tenía ni repajolera idea de respecto a qué demonios es perpendicular. El caso es que si esa esfera reventase…

            La periodista acerca aún más el micro.

            —¿Qué sucedería?

            Diderot adopta una expresión diabólica.

            —La Tierra giraría sin control en el punto de fuga del Universo, provocando el caos más ab-so-lu-to. ¡Terror, desequilibrio cósmico, dadaísmo universal! Un holocausto de tal magnitud que sería capaz de anular el primer día de rebajas incluso en los almacenes más caros de París. Nuestro planeta se convertiría en una especie de peonza en revolución tan rápida que lanzaría a todos los seres humanos y al resto de la vida animal no inteligente al espacio en pocos segundos. Inmediatamente, las demás esferas se desequilibrarían y comenzaría una reacción en cadena de peonzas que…

            La periodista pregunta acongojada:

—¿Destruiría todo el Universo?

            Peor. Al ser lanzados al cosmos, la atmósfera se expandiría a nuestro alrededor, permitiéndonos vivir lo suficiente como para contemplar la bóveda celeste girando tan velozmente que en lugar de puntos de luz pintaría anillos blancos; algo demasiado grandioso para que los débiles cerebros humanos sean capaces de asimilarlo. Como los discos de Pink Floyd. Imagínate el cielo cuajado de anillos de plata superpuestos en una procesión infinita, girando y girando; los planetas danzando como derviches enloquecidos en los entresijos de la eternidad. —Engarfia sus dedos, enfático. Sus dientes perfectamente blancos centellean siniestros bajo la luz de la lámpara.

            —Qué bonito…

            Diderot permanece unos segundos en silencio, disfrutando del ensimismamiento de la joven, y luego explota en carcajadas. La periodista se sonroja, relajándose.

            —Idiota, te has burlado de mí.

            —No, guapa. Me burlo de lo estúpida que parece esta situación. Para ti es fácil, porque crees que estoy como una regadera (cosa que no me atrevería a discutir), pero yo creo en realidad en lo que estoy diciendo. PZ me lo ha contado.

            —¿Puedes… volver a tratar de establecer contacto otra vez? Tengo mucho interés en escucharte hablar con ella.

            Diderot se coloca de nuevo el casco en la cabeza, con gestos lentos y solemnes.

            —¿Sabes? —murmura—. Da algo de miedo darte cuenta de que tienes en la cabeza el instrumento para la destrucción final de todo lo que existe… Aunque, bueno, pensándolo bien, lo mismo debió sentir el tío que inventó los reality shows —exclama, apretando el botón de conexión.

 

 

No me alegré por la muerte de los sicarios vespasianos, y menos aún por la forma como habían elegido para enfrentarse con la realidad: estaban cercados e iban a acabar sus días en una prisión de Mundo Joya, así que sacaron a relucir viejas rencillas hasta que se mataron unos a otros, como si necesitaran una excusa para suicidarse.

Lo hicieron públicamente, disparándose a la cabeza en un tren de pasajeros. Esto era algo que ponía muy nerviosos a los patrocinadores de tales grupos de incursión: que sus miembros dirimieran sus diferencias a la vista de miles de compatriotas.

            A mí me importaba más bien poco. Cierto, había sido yo quien había largado el soplo a la policía, pero no me arrepentía. Si lograba recuperar el casco a tiempo, antes que los vespasianos, todo habría sido para mejor. Quien construyó una bomba telepática de tal magnitud tenía por fuerza que ser un demente, incluso para sus desquiciados estándares.

            Aparté esos pensamientos de mi cabeza. Disponía de unas horas de tranquilidad antes de la llegada del tecnoide a la ciudad. Venía disfrazado de refrigerador lleno de latas de leche en un yate de lujo. Posiblemente esperaría a que lo descargaran como a un bulto más e incendiaría el almacén, para escapar en medio del caos. Conocía sus trucos, y juré y perjuré que esta vez no iba a salirse con  la suya.

            Respiré con fuerza, sorbiendo de mi batido de esporas de kranty. Otra vez escuchaba la vocecita instigadora de mi contacto tras la cabeza. Por los dioses, qué hombre más impaciente.

Sonreí. La verdad es que disponía de algo de tiempo, así que no había motivo real para echarle.

            Me relajé, destrabando la parte superior del bikini, y mientras la tibia caricia del sol masajeaba mi pecho, le conté cosas que pasaban en ese momento por mi cabeza.

            Espero que no se haya asustado.

 

            —¿Has tenido suficiente material para tu entrevista? —pregunta Diderot.

La periodista apaga la grabadora, satisfecha.

            —Más de lo que había esperado. No ha sido exactamente como imaginaba, pero ha estado genial, muchas gracias. Este programa va a ser sensacional.

            —Me alegra que te guste.

            La acompaña a la puerta.

            —Cuando quieras pasar por aquí de nuevo, estás en tu casa.

            —No tengas la menor duda de que llamaré para saber cómo acaba tu aventura con ese casquito. Tenlo por seguro, Jean Paul.

            —Espero que para entonces mi disco esté acabado; así podrás poner algo como avance.

            Se besan en la mejilla y la chica abandona el piso. Diderot cierra la puerta con llave, mirando el casco espacial.

            —Mujeres de otro mundo —gruñe, depositándolo encima del primer mueble que encuentra a mano—. Qué estupidez. Qué Glump.

            Piensa que lo mejor para terminar de estropear su cerebro es tomarse otro par de pastillas. Va al armario de su dormitorio y las saca de dentro de una hucha con forma de cerdo sonriente.

            Un resplandor muy potente le golpea como un martillo. Se escucha una explosión sorda, como si de repente hubiese reventado un fragmento de la realidad.

            Diderot cae al suelo y se revuelve, parpadeando. Entre puntitos de colores, distingue una fisura que se ha abierto en la pared de su vestíbulo. Es como un corte en una instantánea del Sol, dorado y blanco como el metal incandescente, y palpita como si estuviera compuesto por membranas musculares.

            De su interior surge algo, algo grande que pasa al interior de su piso.

            Aterrorizado, Diderot arroja lejos las pastillas y se protege los ojos. La figura es grotesca, un humanoide más ancho que alto, enfundado en un traje de plástico con tuberías y alambres y maquinaria de reloj. Con uno de sus cuatro brazos sostiene algo que le apunta a la cabeza, un artefacto estrafalario de contorno fusiforme.

            El ser habla, exigiéndole cosas (que Diderot no entiende) con voz de trueno. Un ojo ciclópeo lleno de arcos voltaicos parpadea ocupando casi toda su pequeña cabeza.

El arma muta en sus manos, convirtiéndose en dos o en tres distintas, escalando con vida propia por su brazo.

            Diderot grita.

            El intruso va a usar su arma, cuando un destello vibrante de luces anaranjadas le perfora la espalda, saturando el ambiente con un olor a fritanga que se parece mucho al lomo asado con salsa de roquefort.

            El ser cae a los pies del artista, muerto, descubriendo una figura femenina que se recorta contra la fisura de luz.

            —¿Qué… quién…? —balbucea Diderot, mientras la extraña mujer guarda su arma y entra en su salón.

            Cuando habla, su voz deletrea sílabas incomprensibles en un idioma parecido al reflujo de las olas del mar. La mujer activa un aparato en su hombro, y una voz metálica traduce al francés:

            —¿Sorprendido, muchacho? He venido a recuperar el detonador equinoccial.

            Diderot está al borde de la taquicardia. Se deja ayudar por la asombrosa joven a ponerse en pie. Cuando logra dominar su lengua de nuevo, pregunta:

            —¿Er… …eres PZ?

            —Para servirte. Perdona por haberte empleado de guardián estas últimas semanas, pero no tuve otro remedio. Créeme: por motivos que serían muy largos de explicar, tu sala de estar era el lugar más seguro de todos los universos paralelos donde esconder la bomba. Menos mal que no la tuviste mucho tiempo puesta en la cabeza.

            —¿Por.. por qué?

            —Por los riesgos que conlleva el que estés pensando en cosas raras con ella puesta: posee una espoleta de umbral vespasiana.

            El joven pone los ojos como platos.

            —¿Una qué?

            PZ chasquea la lengua. Diderot la nota cansada, como si hubiese estado realizando un ejercicio intenso durante las últimas horas.

            —Hace tiempo —explica PZ—, el ejército vespasiano diseñó unas bombas inteligentes con forma de cascos telepáticos y el coeficiente intelectual de un pulpo. Hasta ahí normal. Pero resultó que los artefactos también leían la mente de sus usuarios: cuando uno de éstos generaba un patrón de conexiones cerebrales inusualmente carente de proyección útil, detonaba y acababa con su vida.

            —Creo que no sé a qué te refieres…

            —A una idea lo suficientemente estúpida —explica—. Los vespasianos poseen un nivel de inteligencia muy avanzado, pero carecen de la menor paciencia para con las especies menos evolucionadas del universo. Sin ir más lejos, a los crustáceos nipolitas de Aurión los masacraron porque la sola idea de tenerlos en la misma galaxia les repugnaba; parece ser que encabezaban su lista negra debido a lo asombrosamente estúpidos que podían llegar a ser. Aunque, claro —se rasca la barbilla—, también es cierto que los pobres bichos llegaron a considerar que contaminar su mundo y su atmósfera a propósito era el mejor remedio para aprender a no volverlo a hacer jamás. En fin. —Hace un mohín—. La verdad es que no estoy nada de acuerdo con los métodos de los vespasianos, pero puedo entender que les pusiera nerviosos tener semejantes vecinos.

            —Pues debes estar loca si has puesto un instrumento así en manos de un artista —dice el joven, algo más calmado—. Ah… y gracias… gracias por salvarme la vida.

            —No te preocupes; los mercenarios tecnoides sólo tienen un ojo. En su universo no resulta problemático, pero aquí carecen de profundidad de campo. Probablemente habría destruido toda tu sala de estar antes de lograr alcanzarte. —Se vuelve y mira hacia la grieta de luz, que se cierra lentamente—. He de irme, Diderot, mi tiempo se agota. Dame el casco, por favor.

            —Claro… claro que sí —asiente éste, sorteando con asco el cadáver del mercenario. La mujer lo agarra y lo tira sin ceremonias dentro de la grieta—. ¿Sabes, PZ? El simple hecho de que después de todo existas, me plantea una duda terrible.

            —¿Ah, sí? ¿Cuál?

            —Tolomeo estaba equivocado, ¿verdad? Ahí fuera, más allá del Sistema Solar, no hay esferas concéntricas que contengan tatuadas las estrellas…

            La joven sonríe.

            —Sí, bueno… Algún día enseñaré a tu gente unos videos que tengo al respecto de eso. Por cierto, ¿qué es ese ruido? —pregunta, alarmada.

Un sonido siseante, que aumenta de volumen poco a poco, llega desde el salón.

            Diderot cruza con ella una mirada intranquila.

            —Suena como los ruiditos que hacía el casco cuando lo conectaba, ¿verdad?

            Piscis lo agarra por los hombros, mirándole de frente.

            —¡Dime! ¿Durante su último uso, has pensado en algo tan estúpido como para arrepentirte de ello el resto de tu vida? ¿Vives con alguien que sea capaz de dar lástima a un aparato de encefalogramas? ¡Responde!

            Diderot duda.

            —No… no, aquí sólo vivo yo, y no creo que… —Traga saliva. El sonido proveniente de la sala aumenta de potencia—. Usé el casco para contactar contigo hace un rato y lo dejé allí, sin más.

            —¿Dónde lo dejaste?

            —Pues… encima de un televisor que tengo en el salón, ¿por qué?

El Metaverso (1)

Mucha gente me ha preguntado a lo largo de estos últimos tres años si pienso seguir escribiendo novelas del Metaverso. ¿Qué es el Metaverso?, preguntarán algunos. Con ese maravilloso epíteto definió Juanma Santiago hace algunos años el universo donde transcurrían mis primeras novelas de ciencia ficción. Quedó inaugurado oficialmente con la titánica (por el esfuerzo) “EL TERCER NOMBRE DEL EMPERADOR”, y prosiguió desarrollándose en algunos cuentos (uno de ellos fue publicado en la revista Gigamesh nº 32 con el título “QUINCE DÍAS DE CIELO SOBRE DAMASCO”, y otro en el Visiones 2001, en el Fabricantes de Sueños 2006 y en la francesa “Dimensión España”, llamado en un primer momento “NOVA DE EVOLUCIÓN” y más tarde “LA INVARIANTE NOHC”. También hay una noveleta de próxima publicación, posiblemente en la antología Artifex, que se encuadra dentro el Metaverso. Lleva por título “LA HABITACIÓN OSCURA”.) Al cabo de tres años desde la publicación del primer libro, en 2004, llegó mi primera nominación al premio Minotauro y la segunda novela oficial del Metaverso, “MYSTES”.

A partir de aquí me he diversificado más. No quería ceñirme por completo a la CF en mi carrera, por lo que después de Mystes comencé una lenta exploración de otros géneros. Escribí para el siguiente premio “El Teatro Secreto”, una fantasía místico-urbana, fui finalista del pasado UPC con “Mercaderes de Tiempo” y coqueteé con la CF juvenil de Timun Mas en “El Dragón Estelar”, antes de sumergirme en la ambientación medieval con la novela en la que actualmente estoy trabajando. Pero claro, en mi cabeza no he olvidado, ni olvidaré nunca, el universo creado para aquella aventura de una jovencita amargada a la que le ofrecían de la noche a la mañana ser emperatriz de un vasto Imperio Galáctico.

Basé el personaje de Sandra, la protagonista, en una antigua amiga de mi juventud, Aurora. Probablemente nunca la conoceréis, pero los que hayan leído “El Tercer Nombre…” quizás recuerden aquel detalle de la dedicatoria, en la cual brindo la novela a mis padres (mis benditos padres, qué haría yo sin ellos…) y a una misteriosa chica llamada Aurora. No es que ella se parezca al personaje de ficción, al menos en la forma, pero en el fondo tienen mucho que ver. Bueno, vale, es rubia, bajita y muy guapa —los tres pilares físicos sobre los que se apoya la descripción de Sandra—, pero no es una huérfana medio paranoica de un planeta perdido. Reencontré a Aurora mucho tiempo después de haber creado su sosias, cuando la novela ya había salido a la calle, y le regalé un ejemplar. No le comenté nada de la dedicatoria. Si algún día me la vuelvo a tropezar en alguna calle de mi ciudad, comprobaré por su reacción (si me abraza o si me da un bofetón) cómo le sentó que la convirtiese en emperatriz de un Imperio.

Parece mentira que novelas tan dispares como “Mystes” y “El Tercer Nombre…” pertenezcan al mismo universo. La primera está contada al estilo del realismo mágico sudamericano, llevado a un entorno de CF, mientras que la segunda es más una tragedia griega con ínfulas de Star Wars. En “Mystes” ni siquiera se hace la más mínima referencia al Metaverso ni a los planetas o a los poderes psi que conforman el cuerpo principal de la otra. ¿Cómo es posible, entonces, que estén estrechamente relacionadas?

La conexión se explica en la tercera novela de la serie, “ARPAS EN TEMPLOS LEJANOS”. Ya la tengo escrita, aunque pospondré su publicación como mínimo hasta que haya concluido la actual. En una ocasión, Luis G. Prado me dijo que yo era perfectamente capaz de escribir dos o más novelas al mismo tiempo, pero no es verdad. No soy tan inteligente. Prefiero centrarme en una y rematarla bien antes de abrir un nuevo documento de Open Office con el título y la sinopsis de la siguiente.

Esta conexión que enlaza las tres novelas resulta fundamental para comprender el porqué de todo. Es el eslabón perdido, el engranaje que falta para que el lector entienda qué es en realidad el Emperador Gestáltico; qué son los Cubos Mystes y por qué contienen acertijos; quién los creó y para qué; por qué Sandra fue la elegida; qué enigma encerraba el cubo de Norte y, lo más importante de todo: qué demonios estaba haciendo el Über-Id de Sandra, el Emperador Gestáltico, cuando lo destruyeron en la sangrienta batalla de Delos. Un buen montón de cabos sueltos que quedaron en el aire en las dos anteriores novelas, esperando una oportunidad que los atase. Y esa oportunidad llegó con “Arpas…”

Aquí tenéis un pequeño fragmento de la nueva novela, a ver qué os parece:

(…)

La segunda vez que Jan Delvian pensó en la edad aquel día fue mientras se miraba a un espejo. Unas hebras grises eran visibles en su melena azabache, perfectamente cortada y recogida con un lazo formado también por cabellos, pero no suyos, sino de su esposa Ann. Aquellas hebras le recordaron que ya estaba más próximo a los cuarenta que a la década precedente, a ese momento decisivo en que un hombre debe saber con certeza cuál es su lugar en el mundo y hacia dónde se dirige.

            El traje crono-inactivo resbalaba sobre su piel como una película de espines; un instante de lluvia electrónica congelado en torno a su silueta. No se reflejaba en el espejo, así que Jan sólo pudo contemplar con nitidez su cabeza y parte de su cuello. El resto era una figura desdibujada cuyos movimientos inducían fisuras en el cristal.

            Cerró el puño, evaluando el gesto. ¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué pensar en la edad justo en ese preciso instante, minutos antes de una batalla en la que iba a jugarse la vida?

Era extraño el modo como funcionaba su mente. Cerrar el puño. Anticipar la senectud. Tal vez fuera parte del proceso de búsqueda de aquella respuesta sobre la que nunca había hablado con Ann.

            Jan, estamos a punto —dijo una voz que provenía de algún lugar junto a su oído—. Doce minutos para el primer contacto. ¿Cómo vas tú?

            —Bien. —Extendió falange a falange los dedos. El movimiento le recordó a una estrella de mar—. Estoy tranquilo.

            Perfecto. Mandamos al bot a buscarte. Puedes ir inicializando la armadura, si quieres.

            —Gracias, control. Activando noción de inteligencia.

            El traje respondió despertando a la vida como un bebé. Los espines de su tejido se alinearon con las invisibles máquinas que flotaban a su alrededor, orbitando en torno a su cuerpo a un segundo de distancia, lanzadas hacia el futuro en progresión sincrónica con el traje. Jan nunca podría alcanzarlas en vida, pero sabía que estaban allí, muy cerca, velando por su seguridad. Confiriéndole poderes prácticamente divinos para que él los empleara en la batalla.

            Hola, Jan.

            —Hola, preciosa. ¿Cómo has nacido hoy?

            A la perfección, como siempre —respondió la armadura—, aunque preveo nuevas facultades que antes no poseía. La organización espontánea de mi cerebro acaba de inventarlas.

            La puerta descorrió sus hojas. Un robot flotante apareció en el umbral, dispuesto a guiarle a los niveles superiores del edificio.

Jan se despidió del espejo, rompiéndolo con una pulsación de su dedo. Ya habría tiempo para completar los rituales después.

Siguió al bot mientras calibraba los sistemas de la armadura, ajustándolos a su secuencia de ADN. Para estar totalmente sincronizado con ella no bastaba con encenderla y ceñirla: debía fundirse con la maquinaria a un nivel tan profundo que resultase difícil saber dónde acababa el hombre y dónde empezaba su coraza. De hecho, esta alcanzando cotas realmente altas de fusión con el traje, casi del orden del noventa y dos por ciento. Todo un récord.

Arribó a la plataforma de aterrizaje en la cúspide del edificio. Era un espacio circular abierto, despejado de gente pero vigilado por docenas de robots. Jan miró al cielo, una cúpula verde azulada salpicada de nubes. La brillante Tetis se ocultaba tras el horizonte, dejando que su gemela, la melindrosa Styrge, dominara el firmamento.

Aún no había rastro del enemigo.

Noventa y tres por ciento de fusión. ¿Por qué aquellas máquinas se sentían tan cercanas hoy a su alma?

Estrellas de mar. Su hijo pequeño le había pedido en una ocasión que le explicara qué diferencia había entre los meses de octubre y noviembre: por qué uno tenía que durar más que el otro. Él había respondido que se trataba de un error topográfico: los enanitos trabajadores que habían proyectado los meses del año se habían confundido de instrumentos al medirlos. Su hijo le trajo entonces su pequeña regla de cincuenta enoooormes centímetros, y le pidió que, por favor, midiera noviembre para él.

Jan se excusó, claro, argumentando prisa por completar alguna nimiedad, y ahora se descubría arrepintiéndose.

Ojalá pudiera haberlo hecho tiempo atrás. Ojalá él también poseyera un mapa de noviembre.

—Estoy listo —anunció por el intercom—. Cuando queráis podemos desatar los gritos.

—No te impacientes, amigo —sonrió la experta en estrategias Gáimbeli Smakys en la sala de guerra, a medio mundo de distancia. Conocía a Jan desde hacía años y había aprendido a interpretar su taquigrafía verbal, a veces más expresiva que el lenguaje convencional—. Por ahora el contacto no ha rebasado el anillo defensivo en torno al sol.

            Colocó el canal que los unía en estado de espera. Tenía mucha experiencia con los guerreros y sabía lo verborréicos que se volvían cuando se ponían nerviosos.

            —¿Estado del objetivo? —preguntó.

            —A punto de atravesar la cromosfera solar. Se ha colocado en una trayectoria de aproximación que interceptará la órbita de nuestro planeta en once minutos.

            —¿Velocidad?

            —Dos potencias de c. Tiene una masa de aproximadamente dos mil toneladas métricas, y una longitud de noventa metros.

            Gáimbeli arrugó el entrecejo. Era demasiado pequeño. Las últimas cinco manifestaciones que les habían visitado tuvieron el tamaño de la segunda luna de Cerbero, y un quinto de su masa. ¿Por qué ésta era comparativamente tan minúscula? ¿Habría un propósito inteligente en la nueva variación?

            —No me gusta —barruntó—. Usaremos el cordón defensivo lejano. Preparados para disparar.

            La computadora obedeció, impartiendo órdenes a las naves de guerra que protegían Cerbero. Las protestas de los oficiales no se hicieron esperar: una retahíla de comunicaciones taquión invadió con frustración los canales. No entendían por qué debían arriesgar sus naves acercándose tanto al enemigo, si en cada ocasión previa el armamento convencional había demostrado ser inútil contra las manifestaciones. Por algún motivo, éstas sólo eran vulnerables al contacto con un ser humano.

            Para ser franca, Gáimbeli tampoco podía explicarlo, pero prefería arriesgarse a experimentar tácticas nuevas a recurrir a las que habían tenido éxito en el pasado. El enemigo, fuera quien fuese, podría haber estudiado sus estrategias y haber diseñado esta forma para combatirlas.

            —Cordón defensivo preparado —advirtió—. Abran fuego en cuanto estén listos.

            Las cortinas de datos quedaron cegadas durante breves instantes, mientras cientos de pequeños soles en miniatura ardían sobre el enemigo. Fue tal la fiereza de la detonación, que la energía liberada envolvió a todos los planetas del sistema con un manto de rayos gamma.

            Gáimbeli tableteó con sus dedos en la consola.

            —Vamos, vamos —urgió—. Necesito conocer el estado del objetivo. ¿Ha sido destruido?

            —Negativo —informó con voz relajada el ayudante—. Las lecturas muestran una atenuación muy leve en el campo Riemann, pero se mantiene estable. No parece haber sufrido daños de importancia.

            Por primera vez apareció una imagen del objeto. Gáimbeli escuchó cómo una voz lanzaba una exclamación de asombro por el canal secundario: Jan podía ver todo lo que ocurría en la sala de guerra gracias a la conexión con la armadura.

            El objeto parecía una metáfora de la alieinidad. De lejano parecido a una mancha solar compuesta de mercurio, su rotación cambiaba de sentido cada pocos segundos. Las computadoras la analizaron y trataron de inferir sus propiedades; cualquier dato, por nimio que fuese, les sería tremendamente útil en los próximos minutos.

            —Su eje Y parece ser el que gobierna su física. A partir de ahora lo llamaremos cuerpo extraño Y-26 —decidió Gáimbeli, recogiéndose el pelo.

—Catalogado —respondió el ayudante—. Atención: segunda andanada entrando en el espacio normal… ahora.

            El siguiente ataque estuvo compuesto por proyectiles de masa digital. No sabía si tendrían alguna utilidad contra la manifestación (era imposible establecer si poseía algún sistema nervioso que la gobernara. Había muchas otras maneras de controlar un ente con cierto grado de autonomía en el universo, aparte de la inteligencia), pero quería agotar todas las posibilidades.

            Tampoco pareció verse afectado. Suspirando, la estratega maximizó la ventana que la mantenía en contacto con su soldado.

            —Jan, prepárate —advirtió—. Entras tú.

            De acuerdo. Todos los sistemas listos.

            De repente, hubo una variación. El objeto aceleró sin previo aviso, acercándose a la órbita de Cerbero de un salto instantáneo. Las alarmas se dispararon. Los cruceros de combate alzaron sus escudos y se prepararon para vaciar las santabárbaras.

En la sala de guerra, Gáimbeli alzó una mano perentoria, obligando a la flota a permanecer tranquila.

            —¡No ataquen al enemigo! —gritó por el intercom—. Que nadie abra fuego: volvemos al plan original. Jan, puedes comenzar tu ataque.

            Los capitanes asintieron, preparando sus ojivas cuánticas. Los sensores de puntería de un centenar de destructores se fijaron sobre el blanco mientras, muy abajo, en el planeta, un hombre hablaba con la armadura que lo llevaría a la batalla…

(…)

Uf, aún se me ponen los pelos del bigote de punta al recordar esta escena, y eso que la escribí hace más de un año.

Espero haber cerrado bien el ciclo con esta última novela. Odio dar excesivas explicaciones en mis libros sobre lo que realmente está pasando, pues una pequeña dosis de misterio nunca le viene mal a una trama, pero me consuelo con pensar en que a cada nudo atado le corresponde la creación de un nuevo misterio. Por cada puerta que se abre, otra más permanece cerrada y otros dos caminos despuntan en el horizonte.

Es, en esencia, la rutilante magia de crear historias: que sus posibilidades son infinitas.

 

« Entradas más antiguas Entradas más recientes »