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LAS FLECHAS DE MI CARCAJ (1)

Marzo 30, 2009

Ser escritor. Qué difícil tarea. Y no porque te tengas que mantener entre los más vendidos si alguna vez tienes la suerte de ingresar en ese Olimpo de elegidos, sino por llegar, sencillamente, a formarte como profesional de las letras.

Digo esto porque recientemente he creado un taller de escritura aquí, en mi ciudad, que es gratuito para el usuario (es decir, para los alumnos). Siempre quise montar un taller así. Recuerdo que cuando yo empezaba en esto de los talleres literarios, asistía regularmente a uno que estaba muy bien de precio. Unos veinte euros al mes, si no recuerdo mal. Lo impartía Jorge Benavides, un escritor peruano que ahora tiene en marcha una prolífica carrera (y al que le deseo, desde este humilde púlpito -¿pálpito?- toda la suerte del mundo). Fueron buenos tiempos, que recuerdo con nostalgia. Conocí a bastante gente con la que luego perdí el contacto, y sentí la emoción de leer en público mis primeros textos y soportar impávido las críticas, je je.

Veinte euros mensuales me parece un precio módico para un taller de dos horas a la semana. No es que sea barato, y más en tiempo de crisis (ups, perdona Zapatero, quise decir desaceleración), pero es asequible para los bolsillos de la gente joven, la que en realidad necesita estos cursos. Los mayores también los necesitamos, por supuesto, pero la edad crítica en la que me parece a mí que uno decide si quiere dedicarse a esto de emborronar cuartillas suele estar entre los veinte y los veinticinco. Suele. Ahí es donde se concentra la mayor cantidad de ilusión en estado puro por centímetro cuadrado de neurona.

Sin embargo, cuando uno llega a ser escritor de verdad, de esos que publican, se da cuenta de los muchos malos rollos y de las malas jugadas que envuelven al mundillo de la escritura. Y te dan ganas de protestar. Pero a casi nadie le gusta que protestes. Las cosas son como son, aunque estén mal. Y sales en defensa de la gente joven para reclamar sus derechos y darles una oportunidad, pero el círculo del poder se cierra sobre los que ya están arriba, y es muy difícil echarlos de ahí.

Hace un par de años se abrió una escuela de creación literaria en mi ciudad. Estaba formada por profesionales reconocidos del mundillo de las letras y de los guiones cinematográficos. Cuando leí la noticia por primera vez, la acogí con mucha ilusión. ¡Por fin iba a poder apuntarme a otro taller! (Sí, ya sé, ustedes dirán: ¿y para qué demonios necesitas un taller, tío, si tú ya eres escritor? Y yo respondo: Es que nunca se acaba de aprender. Y a mí me encanta colarme en talleres literarios para que me enseñen cosas que no sé.)

Armado de ilusiones, me presenté en la oficina de esta escuela, y les pregunté sus precios. Dios bendito, asistido por San Apapurcio en calidad de notario, protégeme. Mil euros por un curso. Seiscientos por otro, y quinientos por el de más allá. Me puse a hacer cálculos, y me di cuenta de que esta gente cobra más a la hora que un arquitecto o un piloto de Iberia, y sólo se dedican a dar talleres literarios. Huelga decir que salí expulsado de aquel edificio como diablo travieso del cuerpo de una inocente joven. ¿Es que el mundo se había vuelto loco? ¿Habían muerto para siempre, con una estaca bien clavada en sus corazones, los talleres literarios de bajo precio, los de 20 al mes?

En ese momento hice dos cosas, sobre la marcha: la primera, dar gracias porque yo ya estuviese más o menos bien situado en el mundillo editorial, porque si hubiese tenido 18 años en lugar de 35, tendría que despedirme para siempre de la posibilidad de que alguien me enseñase a escribir. La segunda cosa que hice fue coger el autobús e ir derechito a hablar con el director de la Biblioteca Pública de Santa Cruz, al que le propuse la idea de impartir un taller que fuera gratis para el alumno. A él le entusiasmó el plan y creamos una lista de espera para que la gente se apuntase. En menos de una semana, había más de cien personas en esa lista, de las cuales ya he impartido clases a los 24 primeros. Y más que vendrán.

A tenor de estas palabras puede parecer que soy una especie de Robin Hood de los talleres literarios, pero si es así, no he sido yo quien me he colocado el birrete verde, sino las circunstancias las que me lo han colocado a mí. Me da igual que un grupo de señores hayan montado una escuela “profesional” (y lo entrecomillo porque al fin y al cabo lo que ellos ofrecen no dejan de ser talleres, sin valor en el mundo real, como sí lo tienen los títulos universitarios –que vienen a costar lo mismo-) y que mantener una escuela sea caro. Me da igual que alquilar unas aulas en el centro de la ciudad y amueblarlas y pagar los sueldos de los profesores salga por un dineral. Hay otros oficios a los que dedicarse si lo que quieren es sacar pelas. Me sigue pareciendo una estafa, así de claro.

Recuerdo cuando tenía veinte años y quería aprender a escribir. Si en aquel entonces me llegan a decir que tendría que soltar mil del ala (en euros) por un cursillo, del flato que me da me hago monje. O informático, que viene a resultar una profesión parecida (por lo de recluirse miles de horas en habitaciones cerradas arreglando ordenadores, no me entiendan mal ni se me ofendan). Por eso monté el taller gratuito, e invito a todos los jóvenes que lo deseen a que lo visiten. Siempre tendrán las puertas abiertas, aunque la lista de espera sea larga; yo les enseñaré absolutamente todo lo que sé, sin callarme nada, y les saldrá por el mismo dinero que respirar el aire del campo. Ahí queda eso. Y los que pretendan hacerse ricos a costa de las ilusiones de los demás, que vengan a hacerme una visita. También a ellos les ofreceré una butaca en mi aula, que seguro que tienen mucho que aprender de cómo funciona el mundo.

(El mes que viene, otra flecha. ¡Estén atentos a sus pantallas!)

4 comentarios

  1. hola, me ha parecido super interesante esta idea, ya que, desde hace mucho que tengo el gusanillo de escribir, pero sobre todo de pulir mi estilo, por que escribir, lo hace cualquiera, el tema es hacerlo de corazón..y saber decir lo que quieres…me gustaría tener el privilegio de asistir al taller, pero veo que hay mucha demanda, aún no han ultimado las fechas de abril…creo y no se si habrá plazas…pero
    les felicito por la iniciativa…espero poder conocerle en su taller…un saludo de una chicharrera.


  2. por cierto, yo ya no soy tan… joven, espero que el listón no esté muy alto, nunca es tarde para aprender…y no por ser jóven se tiene más oportunidades… o si?

    como veo que llama a los jóvenes…espero no se aun inconveniente…gracias


  3. No es fácil encontrar cursos accesibles en esta isla, no. Espero que nos cuentes más sobre esa iniciativa :D


  4. Hola a todos. No, no hay límite para la edad, je je. De hecho tengo alumnos que oscilan entre los quince y los sesenta años. Respecto a la pregunta de Moisés, nada, sólo deciros que os paseis por la Casa de la Cultura de Santa Cruz y pregunteis allí, porque el curso lo voy a seguir dando mientras haya demanda :)



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