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CALLEJONES PERDIDOS DE URBYS

Marzo 10, 2009

DESTELLOS DE URBYS…

URBYS: Ciudad virtual fundada en colaboración con la revista argentina Axxón, decana de la CF electrónica. En su página web (http://axxon.com.ar/c-ciudad.htm) se puede ver el plano de la ciudad junto a los edificios descritos hasta la fecha. Aquí tenéis unas pocas entradas escritas por mí para tan ecléctica urbe.

EL ALMACÉN DE LAS PALABRAS HORRIBLES

Existe en Urbys un anexo a la Universidad donde se guardan algunos descubrimientos insólitos en materia filológica. Descubrimientos que, si saliesen a la luz pública, de seguro provocarían el caos entre la población.

Todo este embrollo de las palabras horribles (etiqueta que, a diferencia de otras muchas en filología, sí es realmente merecedora de su fama) comenzó con la investigadora Anita Brun. Anita, doctorada paciente y meticulosa, se encontraba realizando un informe sobre construcción aleatoria de palabras, sufijos y metafijos, cuando se topó por casualidad con un hallazgo de excepción: al unir unas cuantas construcciones gramaticales dispersas, se formó delante de ella, en su máquina de escribir, un vocablo distinto a todo lo que había escuchado antes.

Era una palabra nueva, terrible, de significado incierto pero sonoridad espeluznante. Anita se atrevió a pronunciarla en voz alta, y tuvo que correr a la cocina a por unas cuantas pastillas tranquilizantes para combatir el repentino desasosiego que tal sonido había provocado en su corazón. Su perro Blas no tuvo esa suerte, pues se encontraba placidamente dormido junto a la ventana, y al oír la nefasta palabra soltó un ladrido de consternación y se arrojó de cabeza hacia la calle, en una violenta caída de once pisos que demostró a su dueña lo peligroso de su reciente descubrimiento.

Aterrada por la caja de Pandora que por capricho del azar había abierto, Anita arrancó la página de la máquina de escribir y la llevó a la facultad de filología, más concretamente al laboratorio de gramaquímica aplicada. Los analistas, después de meter las muestras de palabras en una probeta y analizarlas, se dieron cuenta del alcance de tal descubrimiento: las nuevas sintaxis eran un peligro para la población. Si fuesen tan sólo susurradas a través de un medio de gran alcance, como la radio o la televisión, provocarían suicidios en masa y depresiones en gran parte de los habitantes de Urbys. Si alguna se olvidase por error en el interior de algún libro de consulta, escrita sin querer en algún margen o incluida negligentemente en alguna frase, el desdichado lector podría perder algo más que su carné de la biblioteca. Podría perder incluso su cordura.

Sin embargo, tanto Anita como los gramaquímicos estaban seguros de una cosa: una vez abierta, la caja de Pandora no podía cerrarse. Las palabras horribles habían sido descubiertas, y ya no era posible echarse atrás. Otros investigadores podían dar con ellas en medio de otros experimentos, o incluso algún ciudadano podría llegar a inventar una con que ocurriera un hecho fortuito, como que se le trabara la lengua o estuviese jugando a hablar hacia atrás, pasatiempo común en algunas facultades.

No, había que hacer algo, y rápido. Las palabras horribles eran como un virus que en cualquier momento podía desatarse en focos incontrolados.

Los decanos de la universidad se reunieron y debatieron interminablemente el problema. Se propusieron soluciones que iban desde lo más simple (ignorar el asunto y hacer como si nada hubiera pasado, por ejemplo, rezando porque sencillamente nadie diese con una de esas palabras nunca) hasta lo más radical (operar a la población para que sus cuerdas vocales no fuesen capaces de pronunciar ciertos sonidos), y desde lo más respetuoso (tratar a los nuevos vocablos de “usted” y acabar venerándolos como a dioses morfológicos) hasta lo más absurdo (crear una policía de la pronunciación, dotada con cascos especiales para filtrar sonidos, que fuesen caminando por las calles vigilando cualquier expresión ajena al diccionario que dijeran los ciudadanos).

En fin, que al final, tras mucho discutir y poner muchas alternativas sobre la mesa, ninguna resultó lo suficientemente razonable o cuerda como para ser tomada en serio. Los decanos tuvieron que arrojar la toalla y encerrar el terrible descubrimiento de Anita en un almacén, bajo siete llaves, confiando en que la lengua no degeneraría por sí sola tanto como para crear esos vocablos. Hoy en día, Anita trabaja en el departamento de comunicación y sintaxis de la universidad, y su labor consiste en crear modas en la forma de hablar de los jóvenes, que los alejen sin que ellos se enteren de la región peligrosa del idioma.

Todavía echa de menos a su perro.

EL OBSERVATORIO DE LAS CONSTELACIONES OCULTAS

Tras los velos de polvo que ocultan el núcleo de nuestra galaxia, se esconden multitud de estrellas que no son visibles a simple vista. Se trata de otros sistemas solares, tan lejanos que parecen soñados, presos en órbitas silenciosas alrededor de grandes nebulosas de hidrógeno. Estos sistemas se agrupan formando constelaciones, y éstas adoptan formas caprichosas, sometidas en su interpretación artística al libre albedrío de las especies que las conocieron en su cielo.

La única forma que las constelaciones ocultas tienen de ser vistas desde la Tierra es a través de agujeros en esas grandes masas de polvo. Ventanas que a duras penas permiten vislumbrar qué hay al otro lado del núcleo galáctico, pero que nos dan una idea aproximada del tamaño de nuestra galaxia. Una de esas ventanas tiene la particularidad de ser visible tan sólo unos días al año, y desde coordenadas muy específicas.

Esas coordenadas corresponden al observatorio de las constelaciones ocultas, en la ilustre ciudad de Urbys.

Los astrónomos que administran y trabajan en el observatorio esperan con ansiedad la llegada de esos días en que la ventana, bautizada como Canal Hensen-DiVario, se alinea con nuestro planeta. Cada año mengua un poco su tamaño, por lo que muchos coinciden en afirmar que los secretos de esas constelaciones se bloquearán para siempre dentro de relativamente poco. Mientras tanto, los descubrimientos que la ventana permite hacer son sorprendentes.

Se han catalogado, por ejemplo, al menos tres novas lentas. Esto es, fenómenos estelares explosivos que están presos en el área de influencia de otro fenómeno, quien a su vez curva y moldea el tiempo, como un agujero negro. La explosión de la nova se ralentiza, casi marchando a ritmo de un viejo filme en cámara lenta. Esta fluidez controlada de la materia y la energía la hace adoptar formas extravagantes, en virtud de los cambios de masa y la desintegración de los gases. Dos de estas novas parecen manchas de tinta de un Rorschach diseñado para probar a los dioses, mientras la tercera lleva cuarenta siglos abriéndose como una flor de millones de escalas infrarrojas. Toda una belleza si se dispone del tiempo y la paciencia suficientes para observar esa región del cielo.

Otras cosas curiosas observadas a través del Hensen-DiVario incluyen enjambres de cometas revoltosos, agrupados en cardúmenes de rocas y polvo, que muestran un comportamiento insólito: como si de una bandada de pájaros se tratase, estas nubes cometarias han elegido un líder, y lo siguen en su deambular a través del cosmos. Cuando el líder gira, los demás también lo hacen, y entre todos tratan de esquivar depredadores que se alimentan de su frágil materia, como pozos de gravedad o planetas errantes. Uno de estos cardúmenes de cometas se acercó demasiado al radio de explosión de una de las novas lentas de las que hablaba antes, y para los astrónomos fue muy emocionante contemplar cómo sus miembros trataban de escapar, nadando corriente gravitatoria arriba como salmones asustados. Fue tan emotivo que, llorando, el jefe del observatorio pronunció una célebre frase que ha pasado a la historia: “Es la última vez que como pescado”.

LA FINCA ENTROPÍA

Dicen que hay artes que son efímeras. Que están destinadas a esfumarse de todo soporte material salvo del recuerdo, como el albumen de una semilla paradójicamente destinada a no dejar nada tras de sí.

Los graffiti pertenecen a este género, pero no son los únicos. Otras pequeñas obras de arte cotidianas surgen por generación espontánea en los lugares más insólitos, y pocos son los afortunados que tienen la suerte de apreciarlos antes de que desaparezcan: panes horneados con formas extrañas, que al devorarlos evocan recuerdos de vidas pasadas; columnas de lluvia que resbalan por los aleros de las casas esculpiendo barrocos capiteles; pajaritas de papel esfumadas de las manos de mil oficinistas.

Pero hay una parcela en Urbys que contiene obras efímeras a mayor escala, que despiertan la curiosidad de los historiadores y la pasión creativa de los arquitectos. En la Finca Entropía, como la bautizó un físico con dos copas de más, los edificios crecen al revés. Su ciclo vital parte de la conclusión para llegar al origen. Es un fenómeno que muchos han tratado de explicar sin resultado, pero que ocurre inexorablemente, a razón de una obra de arte por mes.

El proceso es simple: la primera luna nueva del mes se genera algo en el centro de la finca, en una medianoche cubierta de nubes. Amparado en la sombra, tal vez aproveche ese breve momento de oscuridad estelar para crecer, o para salir de donde quiera que haya permanecido escondido hasta entonces. Lo cierto es que un edificio nuevo se alza por la mañana donde el crepúsculo anterior sólo había polvo. Los vecinos abren los postigos ilusionados y exclaman, ganando o perdiendo apuestas: ¡una catedral!, ¡una torre de oficinas!, ¡una gasolinera! O, en supuestos casos documentados, ¡una pagoda llameante!

Este es sólo el comienzo del proceso, no su final: paulatinamente, las fuerzas que rigen la realidad dentro de los límites de la finca van descomponiendo el edificio pieza a pieza, grumo a grumo, partícula de cemento a partícula de cemento. Los aleros envejecen a ojos vista; las tejas, de haberlas, se desprenden con musical repiqueteo. Las ventanas astillan a propósito sus cristales y el guano de cien especies aéreas baña con cascadas de detrito los contrafuertes. Hasta las alfombras y los tapices aguantan lo que pueden antes de destejer sus fibras en un sublime movimiento final.

Los habitantes de Urbys saben que se trata de una cuenta atrás sin pausa, así que aprovechan el tiempo. Los estudios de arquitectura organizan expediciones al interior del edificio, en las que muchos se juegan la vida, para fotografiar estilos y materiales de construcción que poder aplicar luego en sus propias creaciones. Coleccionistas de arte roban de sus paredes cuadros pintados por quién sabe qué desconocido pincel, y los exhiben en sus galerías antes de que su pintura se reduzca a polvo. Colegios de primaria y secundaria organizan excursiones al perímetro de la finca para que los niños contemplen embobados cómo las leyes de la física se rebobinan como una cinta de vídeo en mal estado.

Pero no todas las conclusiones a las que llega la gente tras visitar la finca son positivas. La deconstrucción de algo que nadie ha creado plantea serios problemas filosóficos. Ya han sido varios los pensadores que se han suicidado ante la imposibilidad de plantearse una conclusión lógica para lo que veían. Pues, como bien apuntó Freddie Cármal antes de arrojarse por el puente del río, ¿cómo podemos permanecer tranquilos ante la destrucción de una obra que nadie ha construido? ¿Qué explicación albergará la paradoja del edificio sin creador que de la noche a la mañana es parido como capricho natural para comenzar a morir al día siguiente?

Sí, son preguntas que muchos han intentado responder, la mayor parte de las ocasiones con funestos resultados. Una persona destruida por la ausencia del amor se encerró durante semanas en el interior de la finca, esperando que la entropía se lo llevase a él también. Pero después de que el edificio se deshiciera en polvo a su alrededor, sin que él sufriera el menor daño, la única salida para su anamnesis fue tumbarse en las vías del tren.

Hubo una escuela filosófica que nació al amparo del desplome de estas vigas. Sus creadores la bautizaron “todo debe desaparecer”, y ese era el pilar de su doctrina. Defendían la nulidad del tiempo, un devenir del universo dependiente del punto de vista con que se mirara. El reloj existencial del ser humano estaba orientado en un sentido, por eso le resultaba tan chocante ver objetos cuyo reloj fluía en direcciones diferentes. Su fundador murió tratando de resolver el acertijo primario, descubrir el nombre del arquitecto que planificaba los edificios y los plantaba en aquel solar desierto de la noche a la mañana. Tal vez la Luna. Tal vez las estrellas. Tal vez el propio concepto de entropía, pues, si todo es posible para la física del caos… ¿por qué no la facultad de esculpir edificios?

Extraño asunto, sí señor. ¿Puede el ser humano ser testigo de tales fenómenos sin destruir el andamiaje que soporta su cordura? ¿Es capaz de pensar en paradojas sin nombre y dormir tranquilo por las noches? Puede que la Finca Entropía tenga las respuestas, o puede que no. Tal vez la destruya con el pasar del tiempo, como tantas cosas que edifica el ser humano y que están destinadas a perderse en los veleidosos laberintos del tiempo.

Quedamos mañana por la tarde en la finca. Si tenemos suerte, mientras el mundo se derrumba a nuestro alrededor aprenderemos algo.

EL BAÑO TURCO DE QUINCE CON OULLENS

En esta esquina hay un hombre que lanza una y otra vez un viejo yo-yó, de esos que usaba de niño y tenían bonitos colores. Es un pregonero, un anunciador de cosas, y desde que perdió su último trabajo (llamar la atención de los paseantes para que entrasen en un restaurante chino regentado por un tailandés), se gana la vida anunciándose a sí mismo.

El hombre en cuestión se llama Yoyo. Es el quinto o el sexto sucesor al trono de un gran imperio comercial, que odió su glamoroso destino nada más nacer y abrir los ojos para ver la fea cara del médico. Cuando recibió aquella primera nalgada, primera de muchas, su contestación no fue el llanto, sino un escueto “¿y para esto me has traído, madre?”

Así las cosas, Yoyo creció, comió, cagó, tuvo su primer y último amor, y encontró su verdadera vocación en ser un hombre anuncio. Su larga carrera incluye haber pregonado la llegada del único ovni que ha visto la ciudad, la construcción de una autovía por encima del cementerio dedicada exclusivamente a sillas de ruedas, o la actuación de un circo ambulante que arrastraba una cola de carnaval. Sí, fueron buenos tiempos, pero Yoyo cada vez se volvía más exigente con sus clientes, y llegó a rechazar encargos porque éstos no cumplían con la normativa laboral del hombre anuncio. A saber: honestidad, puntualidad en el pago, condiciones idóneas para el pregón (la acústica en estos trabajos es muy importante), y espacio libre para hacer bailar el yo-yó sin correr el riesgo de golpear a ningún niño en la cabeza.

Tales demandas resultaron excesivas para algunos empresarios, que veían en él no a un profesional que se tomaba muy en serio su trabajo, sino un cantamañanas vagabundo y especulador que no tenía otra forma de ganarse la vida que chillando por las calles. Yoyo, que nunca había sido parco de carácter, acabó enfadándose y mandándolos a todos a un lugar muy pringoso y hediondo.

Así, un buen día Yoyo pasó de trabajar por cuenta ajena a convertirse en un empresario independiente. Creó su propio negocio (“Berri2 publicitarios S.L.”), contrató más personal, y se extendió por toda la ciudad haciéndose indispensable para el panorama comercial. A los pocos años, no había negocio próspero que no contara con uno de sus chicos danzando en la puerta, haciendo bailar su yo-yo y cantando las bondades de sus productos. Hasta las grandes superficies llamaban a su teléfono, y tenía espacios fijos en radio y televisión. Fueron buenos tiempos.

El mismo Yoyo, satisfecho pero un poco enfadado consigo mismo porque su vida hubiese tomado aquel rumbo (al fin y al cabo, había acabado convirtiéndose en el empresario líder que soñó su madre, pese a todas las pataletas y rebeliones que había protagonizado de niño), adquirió un hobby: todos los días, de seis a ocho, se planta en la esquina de Quince con Oullens y anuncia un negocio que no existe, un baño turco. Lo hace como medida de protesta, sin maldad ni felonía, sino para quejarse en secreto de no haber podido escapar a su glorioso destino. Tanto fue su éxito en esta esquina, que un empresario decidió hacer realidad el pregón y fundar un baño turco en Quince con Oullens, para aprovechar el inmenso tirón popular del pregonero. Enfadado, Yoyo cambió de acera, pero mientras más se alejaba, otro nuevo empresario aparecía, y otro negocio era fundado.

Al cabo de pocos años, hubo baños turcos repartidos por toda la ciudad.

EL LAGO NEGRO

El caballero de Jadocke fue un aristócrata de impreciso abolengo que emigró a las Américas en busca de fortuna, allá por el siglo XVIII. Convencido de que podía encontrar las míticas minas de plata que en vano buscaron otros aventureros, se estableció en un valle, construyó una mansión con los restos de su fortuna, y contrató obreros para cavar las montañas adyacentes. En ese mismo valle, siglos después, se levantaría la legendaria ciudad de Urbys, cuna de mitos, solo que el avaricioso caballero no tenía ni idea de lo que le deparaba el futuro, ni le importaba. Su ciego afán por encontrar mineral precioso acabaría trayendo más de una inesperada… y nefasta consecuencia.

Jadocke era un hombre de grandes planes y aún mayores obsesiones. Siglos después algún psiquiatra habría dado dinero por estudiar la obcecación que gobernaba su mente, pero en aquel entonces las gentes no sabían nada del cerebro, y la locura era a menudo interpretada como genialidad. Desde que huyó de su oscuro pasado en Europa, el caballero repartía su tiempo entre ejercer de terrateniente y honrar a sus antepasados. Jadocke estaba obsesionado con la muerte; si bien muchos pensaron que había huido de su patria por deudas de juego o por husmear bajo las faldas de la dama equivocada, sus sirvientes más cercanos llegaron a descubrir una verdad mucho más tenebrosa…

El barco que lo trajo de Europa portaba grandes cajas en su bodega. Esas cajas fueron descargadas y transportadas en carretas desde la lejana costa a los valles del interior del país. Una vez depositadas en la hacienda del caballero, éste despidió a los hombres y les pagó el doble de lo convenido, arrancándoles la promesa de no hablar jamás de aquellos aconteceres, ni nombrar a nadie la existencia misma de sus bártulos. Más desgraciada fue la suerte del jefe de porteadores, si hay que creer a la leyenda, pues se dice que fue el único en abrir (por accidente o por curiosidad, eso no se sabe) una de aquellas cajas. Y aunque su rostro se desencajó del terror al ver lo que contenía, el medio metro de sable que Jadocke le incrustó en las tripas cercenó cualquier posibilidad de que el desgraciado se fuera de la lengua.

Era costumbre en aquella época de cambios, que los ricos emigrantes se trajeran consigo un pedacito de sus países de origen para que les recordasen quiénes eran y, en ocasiones, por qué se habían marchado. Jadocke iba más allá de eso: quiso reconstruir un trozo de su patria en aquellas tierras vírgenes, y la mansión que levantó, así como los jardines que la flanqueaban, era un fiel reflejo de ello. Cualquier visitante podía llegar a pensar que al atravesar la puerta del jardín un mágico canal lo había llevado de visita a un continente muy lejano, y que incluso las estatuas y los capiteles de reciente construcción retenían un aire antiguo, clásico, como si llevasen siglos ahí. El jardín laberíntico era enorme en su extensión, y aunque respetaba el diseño de algunos prados franceses proyectados para exacerbar el amor de los amantes, éste era siniestro, lúgubre, recién plantado pero con aspecto de llevar décadas en manos de un jardinero loco. Ningún amante lo visitó nunca, y si alguno lo hizo, él (o su amor) no sobrevivió para contarlo.

Pasaron los años y Jadocke se fue volviendo más y más impredecible. Un día dejó de buscar plata en las montañas y se dedicó al más lucrativo negocio de la siembra. En realidad lo dejaba todo en manos de su capataz, un inteligente nativo que fue el verdadero artífice de que la hacienda no se viniera abajo presa de la ruina. Jadocke, mientras tanto, se dedicaba a beber, y a pasar casi todo su tiempo junto al lago que había ordenado construir en pleno centro del jardín. Aquella extensión de agua, de la cual surgían aquí y allá, en aparente desorden, estatuas de mármol propias de cenotafios, era el corazón de toda la maldad que destilaba la mansión. Fiel reflejo de las obsesiones de Jadocke, el agua siempre negra y los árboles mustios, que no florecían ni siquiera en primavera, robaban al momento cualquier asomo de alegría o vitalidad del visitante. Era como si el agua estuviese esperando un sacrificio. O como si su dueño sólo viviese para dárselo.

Los años pasaron y un buen día Jadocke desapareció. Nunca se encontró su cadáver, aunque los últimos que lo vieron dicen que andaba vagabundeando por su querido jardín con una botella en la mano. A partir de aquel momento, las habladurías sobre la hacienda se dispararon: que si el fantasma de Jadocke se aparecía a los incautos que se aventuraban en el laberinto; que si los símbolos religiosos de sus visitantes acababan doblados y herrumbrosos al final del día; que si las estatuas de jardín cambiaban de lugar durante las noches de tormenta, y algunas habían aparecido fuera del agua, plantadas como por ensalmo cerca de la mansión; que si el agua negra del lago ocultaba cosas que reposaban en el fondo, cosas que descansaban en grandes cajas rotas, y en ocasiones se veían manos suplicantes alzarse para implorar a los cielos…

Nadie reclamó la herencia de la mansión o sus terrenos, y con el tiempo cayó en el olvido. Unos siglos más tarde alguien plantó cerca de aquel lago la primera cruz de muchas, y fundó un cementerio. Era difícil explicar por qué aquel páramo se encontraba tan a gusto sembrado de tumbas, o por qué las estatuas del lago cambiaban de lugar por capricho, pero una cosa era cierta…

…Aún hoy se puede oír a Jadocke paseando por el jardín, silbando una triste tonada mientras busca sin descanso su mina de plata perdida.

Un comentario

  1. Fascinante prosa, hay que ver lo mucho que me recuerda a los relatos de ficción de Lovecraft.



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