No sé si se los he dicho, pero estoy harto de lo políticamente correcto. Es un pensamiento que solemos tener en mente casi a cada hora de cada día de nuestras vidas, lo sé, pero hay ocasiones en las que me viene con fuerza a la cabeza y me hace preguntarme dónde ha quedado el espacio para la genialidad y el riesgo en esta sociedad de hoy. Todo esto viene a cuento de que acabo de regresar del cine, de ver un par de películas, y cuando he llegado a casa y me he sentado delante del ordenador, me he puesto a bajarme trailers como un loco de films de próximo estreno. Y hay algunos que me han tocado (por la parte negativa) la fibra sensible. Pero vayamos por partes, como dijo Jack el Destripador (del que hoy se cumple un triste aniversario, por cierto):
Las películas en concreto que he visto han sido dos que, cada cual en su estilo y a su manera, me han parecido muy buenas: el caballero oscuro y Hellboy 2. Alabo la valentía a la hora de mostrar la violencia, la limpieza de los diálogos y el tono adulto de la primera, y el entretenimiento como droga visual de masas de la segunda. Si no las han visto todavía, se las recomiendo. Ojalá esta moda de llevar a un plano adulto e inteligente a un producto netamente pop como son los superhéroes no se extinga, y alcance a otras franquicias que me gustan mucho, como el universo mutante (en el que tan buen trabajo hizo nuestro amigo Singer y tan mal sabor de boca nos dejó nuestro (ene)migo Rattner) o mi admiradísimo y queridísimo Superman, un personaje que lleva esperando décadas por una película que le haga verdadera justicia, y que lo aleje de la imagen ñoña y simplona que le dieron las anteriores adaptaciones cinematográficas.
Pero el motivo de mi enfado es que cuando llegué a casa y me puse a ver trailers, más concretamente en la fabulosa página http://www.apple.com/trailers/ (la mejor página de trailers que he visto), tropecé con el del remake de “la carrera de la muerte del año 2000”, ahora rebautizado con su título original de cara al lanzamiento mundial, Death Race. Y me ofendió. No saben cómo. Vamos a ver, siempre he considerado al Paul Anderson como un inútil integral, no me entiendan mal; un fagocitador de franquicias otrora exitosas o inventor de nuevos vehículos de estulticia para adolescentes que en lugar de estar haciendo cine debería estar relegado a trabajar de camarero. Y ya quedé más o menos escaldado cuando vi su versión de Alien y Depredador vista a través del sonrojante prisma del videojuego. Pero al descargarme el tráiler de Death Race y visionarlo… qué quieren que les diga. Fue una experiencia religiosa. Pero no de las buenas, del tipo redención y alegría, sino de las otras, de las de “coge tu $%&& cámara y vete al más profundo de los infiernos, anda”.
En la película original, una carrera letal (más para los espectadores que para los propios corredores) a través de los Estados Unidos tenía el mayor seguimiento televisivo de la historia. Los corredores alcanzaban la categoría de héroes, cuando su trabajo era atropellar a cuantos más peatones indefensos pillaran mejor, y el premio para el ganador era nada menos que convertirse en presidente del país (de lo cual se colige que el líder de la nación es el mayor y más despiadado asesino de todos). Había unos cuantos pringados que tenían montado una especie de movimiento de resistencia, pero nadie les hacía mucho caso, pues lo que la audiencia quería no eran lecciones de moralidad, sino sangre, llevada hasta el extremo de la pasión religiosa, decide inmolarse poniéndose delante del coche de su corredor favorito para que la atropelle y así demostrarle su amor. Alucinante. Y lo mejor de todo era esa escena en la que la televisión mostraba el sistema de puntuación: ancianos e inválidos, 10 puntos. Adultos normales, 30 puntos. Bebés y niños pequeños, 100 puntos.
Como ven, se trata de una sátira brutal de la televisión y lo que hoy llamaríamos extreme reality shows, término afortunadamente desconocido en los 70, pero que ya se veía venir. Las lecturas dobles y los mensajes subliminales que había en un guión como este eran tan bestiales, tan salidas de tono, que no han sobrevivido al remake. Y me di cuenta cuando vi el tráiler de la nueva película.
¿Qué ha quedado del argumento original en ésta? En una penitenciaría estatal se ha montado una carrera, por iniciativa de un político, que se televisa a todo el país. Los corredores luchan a muerte, y quien consiga sobrevivir a unas cuantas carreras, obtiene como premio la libertad. El protagonista ya no es una bestia del volante despiadada y terrorífica, como en la película original, sino un policía encerrado injustamente (¡) por un tipo que le hace una señal graciosa cuando lo apresan (¡¡) y que deberá luchar por su libertad y encontrar al verdadero asesino de su familia en la susodicha carrera (¡¡¡). El momento más vergonzoso llega cuando a mitad del tráiler vemos cómo uno de los corredores que se están enfrentando a él en la Death Race, ojo, ¡le hace el mismo gesto gracioso del tipo que mató a su familia! ¡Uauh! Ya nos han contado toda la película, y encima promete ser un producto no sólo previsible hasta el hartazgo (prota acusado injustamente que ingresa en prisión; amaba mucho a su esposa; verdadero asesino cerca; él sabe conducir), sino también políticamente correcto (la carrera ya no es continental, sino circunscrita a un circuito; los corredores no son héroes, sino proscritos a los que nadie lamenta ver morir; no se consiguen puntos atropellando a niños ni a ancianos, ni existe la skinneriana predisposición de éstos para dejarse atropellar en pro del espectáculo). En fin, una bazofia más de película a engrosar la lista de los remakes que jamás debieron haberse hecho.
¿Para qué te planteas hacer un remake si te vas a cargar por completo el espíritu del original? ¿Por qué no haces otra película con otro nombre? Estas son preguntas que me gustaría plantearle, en serio, al Paul Anderson. Y también a Will Smith (¿cómo se les ocurrió hacer una adaptación de “Soy leyenda”, y cargarse el estupendo final de la novela, por el amor de Dios?) o a los que pensaron que la única manera de que las franquicias de Alien y Depredador siguieran dando pasta eran trasladar a la pantalla el nefasto videojuego.
Y pensar que el otro día un adolescente me dijo, en una tienda de libros, que a él la película de Alien (la de Ridley Scott) le parecía un bodrio, que era lenta y aburrida, y que Alien vs. Predator era una obra maestra. Esto sí que da miedo, ¿verdad?, y no la minucia esa de Georgia…
