Archivo de Julio 2008

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El Teatro Secreto (3) De profesiones y de gatos

Julio 28, 2008

Continuando un poco con el análisis del universo de los Umbrales, quisiera hablarles de profesiones perdidas y de gatos. Extraño emparejamiento, dirán algunos. Así de raro se me antoja a veces el mundo real, este que (supuestamente) se extiende más allá de nuestra ventana. Y digo supuestamente porque alguien debería comprobarlo algún día —si está ahí, me refiero, o si es sólo un reflejo que nos llega tras haber hecho alguna cabriola en un inmenso espejo que ocupa todo cuanto podemos discernir a través de nuestros ojos. Por ejemplo: ¿alguien se ha molestado en ir hasta Zanzíbar a ver si en realidad sigue allí, o todos damos por sentado que existe porque lo dicen las guías de viaje?—. En fin, me estoy poniendo místico otra vez, les ruego me disculpen.

En la novela “El Teatro Secreto” se mencionan algunos oficios que ya no existen, pero que tuvieron cierta relevancia hace siglos. He aquí detallados algunos de ellos, con una pequeña explicación sobre sus fuentes históricas:

  • El organizador de duelos: El duelo (en latín duellum, “combate entre dos”, forma antigua de bellum, “guerra”) siempre ha sido una forma honorable de dirimir una disputa cuya única salida es la muerte o la humillación pública (con derramamiento de sangre incluido) de uno de los participantes. Un cúmulo de reglas muy estrictas regían antiguamente los duelos, y su constitución era dependiente de la gravedad del caso. El duelo fue legalizado por primera vez por el rey Gundovad, soberano de Borgoña, en el año 501, y fue introducido por los normandos en Inglaterra en el siglo XI. Era un tipo de “combate legal”, a menudo aprobado por las autoridades locales, para resolver la autoría de un crimen (o más bien la inocencia de un acusado) o la propiedad de una tierra en litigio. Desde el mismo momento en que un organismo oficial se implicó en estos violentos rituales, tuvo que haber un reglamento escrito y una profesión que cuidara de su correcta puesta en práctica. Estos fueron los llamados “organizadores de duelos”, de los cuales hoy en día, en teoría, no sobrevive ninguno. Eran personas, fundamentalmente hombres, instruidas en los entresijos legales de todo lo relacionado con la ejecución pública y la defensa del ciudadano, sobre todo en lo tocante a su derecho a portar armas y utilizarlas en defensa propia. Una casi desconocida profecía del padre Juan Tritemio (nombre latinizado de Johann Heidenberg), un monje alemán del siglo XV que fundó la sociedad secreta Sodalitas Celtica (Cofradía Céltica), enuncia la llegada de un trigésimo quinto personaje (según los expertos, la Biblia tiene un total de 1334 personajes repartidos a lo largo de sus 66 libros) que sería el mediador y juez entre la batalla final de Dios y Belcebú, y que dictaminaría quién de los dos ganaría la guerra eterna al final de los tiempos. Según la profecía de Tritemio, este personaje, este organizador de duelos metafísico, no dependería de ninguno de los dos Grandes Poderes para existir ni para tomar sus decisiones, por lo que esta visión fue acusada de herética y borrada de todo soporte material, aunque el propio Juan aseguró una y mil veces que tal profecía también se encontraba disimulada en algunos párrafos de los libros deuterocanónicos, los códices del “segundo canon”.
  • Los oniromantes: Hoy en día podemos encontrar libros que ofrecen una interpretación de los sueños (más o menos esotérica en el caso de algunos, más o menos científica en el de otros) prácticamente en cada librería o centro comercial que visitemos. Son un tipo de literatura que se vende muy bien, aunque la mayor parte de las veces no aporta nada concreto al misterio de por qué están ahí los sueños y qué significan. Este interés del ser humano por lo que ocurre en su cabeza mientras duerme y no es dueño de sus actos (o más bien, por los resultados de esa actividad cerebral incontrolable que nos tiene la mitad del día a su merced) no es algo nuevo. Data desde que el primer humano tuvo uso de razón, aunque las herramientas para explorarlo sí han variado conforme han pasado los siglos. La primera referencia a los oniromantes que he encontrado pertenece al libreto del drama teatral Opera occulta philosophia (1699), de Richard Steele, seudónimo del dramaturgo y político irlandés Isaac Bickerstaff (1672-1729). Según este autor, existía en la isla de Luss una secta de hombres y mujeres que se dedicaban a sondear sus propios sueños y los de otras personas para encontrar lo que llamaban el Zin-lavoor, el secreto definitivo, que abriría para siempre el alma a la comprensión de la función cósmica. Steele sitúa, tal vez erróneamente, a la mencionada isla en el golfo de Merindrojéa, en el Índico, sin saber que en la Biblia aparece varias veces el topónimo Zin, un desierto en la parte meridional de Canaán, ligado de manera incuestionable al Valle de las Pesadillas, un enclave geográfico donde se supone que Moisés sintió llegar “mensajes oscuros a su mente”, de significado críptico y origen, según los cronistas, no vinculado a la Divinidad. Steele no reveló nunca cómo oyó hablar de esta secta, aunque es posible que hubiera encontrado alguna organización de eruditos místicos de similares características en alguno de sus viajes por Asia Menor, y la incluyera en sus escritos como si fuera una invención suya. Otras referencias mucho más antiguas a la ignota Luss (aunque no mencionan a los oniromantes) se hayan en los papiros de Iram, la majestuosa Ciudad de las Columnas egipcia. También se menciona a los oniromantes en Las crónicas de Aber-n’sé, un libro de poemas inacabados del historiador, mago y ocultista Abdul Hayem (1508-?), acérrimo seguidor de las doctrinas de los tanazistas, fanáticos consumidores de opio que buscaban forzar las puertas del Nirvana mediante la química y la meditación recurrente apoyada en paradojas. Abdul, autor de numerosos estudios sobre técnicas espiritistas usadas con afán científico para sondear el alma, declaró que nunca antes “he encontrado ningún otro saber de hombres que resuma tan claramente los misterios del ciclo dorado —el sueño—. Los cabalistas oniromantes han sido capaces de descifrar un ritual que nos permitirá indagar, con el permiso de Dios, tras el velo que oculta la vida secreta del alma, la mecánica divina que estuvo prohibida a las bestias y que sólo ahora le es revelada al Hombre”.
  • Los actores de grand-gignol: Hubo una época en la que el mundo del teatro era mucho más visceral e impactante de lo que es hoy en día. Estamos hablando de finales del siglo XIX y principios del XX, cuando unas compañías de lo que se vino en llamar souffle de grand-gignol se establecieron en teatros populares de París y Londres. Dos veces por semana, el público que acudía a estos espectáculos salía impactado de las funciones, a veces incluso vomitando, pues lo que era representado ante ellos eran profundas críticas y manifestaciones de la visceralidad humana, aquella que nos empuja a cometer los actos más impuros. Algunas de las compañías que representaban escenas explícitas fueron El circo volante de la Araña John, con sede en el downtown de Londres, y la Tropa desnuda de volanderos y acróbatas de Newslayer, sita en París. Ciertos periodistas de la época tacharon a estos grupos como “masoquistas empedernidos que no sólo dan rienda suelta a sus más profundas perversiones, sino que además pretenden cobrar por ello”. Sadismo de por medio o no, lo cierto es que los teatros solían llenarse con espectadores ávidos de emociones fuertes. El 3 de mayo de 1890 se estrenó en la capital inglesa (más concretamente en el Harper’s Club de Dylan St., un edificio ruinoso próximo a derribarse, donde a la entrada se advertía a los espectadores que su salud podría correr riesgos en ciertas zonas del patio de butacas) la obra Cinco corderos para Santa Marta, escrita por el ex-convicto y literato William Rundolf bajo pseudónimo de W. Hyde, en la cual una hermosa jovencita era canjeada a una secta poligámica a cambio de la condonación de ciertas deudas, y se convertía en esclava místico-sexual de los líderes religiosos. La joven llegaba a tener una epifanía en la que veía cómo y cuándo sería el fin del mundo. El público salió indignado de la sala (y alguno acabó en el hospital por meter el pie en socavones disimulados), pero la sesión volvió a llenarse al día siguiente. Los críticos de arte calificaron la obra de “obscena y corrupta, fácilmente denunciable al Obispado por herejía”. A la tercera semana de permanencia en cartel, el vetusto teatro se derrumbó, nadie sabe aún si por causas naturales o de manera intencionada, y mató a casi toda la trouppe. Trece años después, el 21 de agosto de 1903, abría sus puertas en París la Cueva de los misterios y las maravillas, en la misma calle del famoso “Molino rojo”, que para la mayoría de los críticos no era más que un antro de perversión, pero para las compañías de gran guiñol era el cielo, un refugio en el que podían dar rienda suelta a toda su capacidad creativa y sus ganas de auto mutilarse. Dos meses después de la apertura de este santuario de la expresión teatral extrema, los actores sacudieron a la audiencia con uno de los más arriesgados y guarros espectáculos de guiñol concebidos por el hombre, la Tesis sobre la demencia de T. S. Handford, obra que postulaba que el Infierno estaba estructurado como un enorme manicomio donde el principal enfermo era el Diablo. A lo largo de sus desquiciados cuatro actos el público asistía a la violación de una vaca por parte de seis actores vestidos de chacales, la trepanación en directo de una jovencita a la que le eran arrancadas partes de la médula gris que luego eran injertadas en un mono (y después se enseñaba al mono a hacer sumas de dos dígitos, para demostrar que la inteligencia era trasplantable), o cómo un hombre se quedaba preñado de un ángel y lo que daba a luz era un lagarto de dos cabezas. Hoy en día los grupos de gran guiñol apenas subsisten en los abismos más underground de las grandes ciudades, pero hay algunos, como el Z-explosión de Valencia, o el Nan-ki-dook de Pekín, que todavía trabajan para ofender a la vez que entretienen a su público… y si es posible, que éste salga herido de la sala, como ocurría en Dylan St.
  • Los performancers callejeros: Realmente, nombrar esta profesión conlleva una doble paradoja. Por un lado, no debería estar aquí porque no es una profesión, ya que nadie se gana la vida con esto, y por otro lado tampoco debería estar aquí, pues aún existe en muchas calles del mundo, por lo que no se trata de un oficio perdido como los anteriores. Pero deseo incluirla porque los actores de “expresión catártica del arte”, como ellos mismos lo llaman, son un grupo lo suficientemente heterogéneo como para haber creado distintas escuelas y tendencias a lo largo de sus nueve siglos de historia. Hay algunas de estas “escuelas” de la farándula sobre las cuales no he logrado encontrar ningún tipo de información que las sitúe en las ciudades de la actualidad, por lo que las daré por desaparecidas, y por lo tanto merecedoras de estar en este pequeño glosario. Actores que llevan su arte a la calle son muy comunes en las ciudades y pueblos de nuestros días. Desde el silencioso mimo que arranca como un motor al que le fallan las bielas cuando se le echa una moneda, hasta los grupos itinerantes que bailan y cantan y ofrecen sus estentóreos discursos en las plazas públicas; todos están ahí, y podemos encontrarlos con relativa facilidad. Sin embargo, hay performancers que no se suelen dejar ver. Son los locos, los no integrados en la sociedad, los que esconden un secreto que se manifiesta por medio de terribles catarsis artísticas. Son las personas que no actúan ni para sí mismas ni para otros, sino para un claque formado por gatos vagabundos. Luna, en mi novela, es una de ellas. Para crear su arte me inspiré en los trabajos de una joven que conocí en mi ciudad, hace bastantes años, que usaba pinturas faciales a modo de “anclas de personalidad” para que su espíritu vagara por otras tierras y otras psiques. Cuando se tatuaba con un ancla de barco, por ejemplo, se convertía en gaviota, y llegaba al extremo de comer guano. Cuando se pintaba un tablero de ajedrez, era una dama o un alfil, y sólo se movía en diagonal por las calles, tratando de pisotear a todo hombre alto y con sombrero que le recordara a una torre. Estos artistas encarnan el extremo opuesto a los especialistas en gran guiñol, pues si bien la finalidad de éstos últimos es sorprender a otros, a un público cómodamente asentado en las convenciones sociales, los performancers dan rienda suelta a su arte a escondidas, y no les importa si los miran o no.

Bien, esto por lo que respecta a las profesiones y oficios perdidos. Pero hay otra cosa que me gustaría comentar. Hoy me he enterado de que mi gata, Linda, está muy enferma, y puede que no sobreviva a esta semana. Es un animal muy mayor, así que en parte no me entristece la noticia, pues ha disfrutado de una vida larga y feliz y su reloj biológico le está diciendo que ya es hora de descansar. Pero por otro lado me siento un poco más vacío al pensar que no voy a tenerla aquí, conmigo, para que me lleve hasta los Umbrales.

Siempre me han fascinado los gatos. Luna, la chica del pelo violeta que protagoniza mi novela, siente admiración y una profunda gratitud hacia ellos, ya que los considera los responsables directos de que hallase los Umbrales cuando era niña. Ella misma se pregunta, en una de las escenas más románticas del libro, cómo funciona la extraña mecánica de los gatos. Cuáles son los principios (o más bien los finales, si me permiten el chiste) rectores de su existencia. Y llega a plantearse si en realidad hay muchos gatos en el universo, o es sólo uno que está en todas partes a la vez. Epistemología gatuna, con unas gotas de teoría del caos. Es siguiendo a los gatos, espiándolos, como este personaje llega a descubrir las puertas a Aradise, el país de las hadas. Yo he tratado de seguir a Linda en muchas ocasiones, pero la muy traviesa siempre se da cuenta de que la espío y cambia de rumbo. A veces hasta me mira y zanja la cuestión con un escueto “miau”. Es un verbo no transitivo, pero al igual que “pitufar” se puede usar en infinidad de ocasiones, pues su significado depende del contexto.

En fin, os exhorto a que, si tenéis gato y lo dejáis escapar alguna noche por la ventana, tratéis de seguirlo en total silencio, a ver dónde os lleva. Puede que asistáis a algo tan prosaico como una cópula rebosada de bigotes o, quién sabe, eso os lleve a descubrir una puerta a Aradise. Sea como sea, vuestra vida cambiará para siempre.