Hace pocos meses comenzó la publicación de “Historias Asombrosas”, una de las pocas revistasde corte fantástico (si no la única) que quedan en España. Dirigida por David Mateo, esta nueva publicación podría convertirse en una plataforma para que tanto nuevos como viejos autores de ciencia ficción y fantasía de nuestro país hagan llegar sus trabajos al público. Desde el primer número y en adelante, he comenzado a publicar por capítulos una noveleta titulada “Te he visto volver a nacer, dijo el Vigilante”. Aquí os dejo un fragmento de la mitad de la obra, por si os interesa leerlo. El resto saldrá en Historias Asombrosas; tras la conclusión de esta noveleta publicaré otra en la misma revista llamada “Mercaderes de tiempo” que recibió una mención en el último premio UPC:
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Es fama que Tántalo, rey de Lidia, buscando la sabiduría que ayudase a librar a su reino de amenazas, surcó el desusado derrotero del Helesponto con la mirada puesta en los Templos Perdidos. Para ello reunió en su palacio a los navegantes y armadores más capaces, colocó en sus manos las mejores herramientas, y les pidió que ensamblaran la nave más resistente que hubiese conocido el ancho mar.
Al cabo de tres meses los sabios coronaron la empresa y, consagrándote antes de que los remos tocasen la inquieta espuma, ¡oh Febo!, el monarca se echó a la mar. No disponía de mapas ni de senderos escritos allá arriba, en las estrellas, pero sí de una fuerza de voluntad inquebrantable, de indómita cualidad. Su timonel llevaba vendados los ojos, pues sólo su instinto alcanzaba a ver lo suficientemente lejos como para encontrar la senda allende las tinieblas.
—Con este corcel sortearé los vientos y las tempestades… —juró Tántalo en el momento en que la primera ola salvaje golpeó la quilla—. Con este grito hecho madera desafiaré mi destino.
Doce días con sus noches vagó la resistente nao arrastrada por el céfiro, sorteando valles de espuma y bancos de peces. Bogaron con gran preocupación por cabos peligrosos y escollos asesinos, sortearon acantilados y divisaron sombras de titánicas criaturas escudadas en la niebla. En algún momento la voluntad de los hombres se quebró, pues temían no encontrar su destino en un océano cuya vastedad les sobrepasaba, pero tenían fe en su diestro capitán. Durante doce jornadas bogaron cortando las salobres espumas hasta el amanecer del día número trece, cuando Febo en persona subrayó el contorno de una isla.
Arrebatado de felicidad, Tántalo clavó su rodilla en una playa. Elevando con sus manos un pequeño altar a los dioses, llamó a aquel litoral “Luna menguante de Lidia”, nombre que aún conserva en la actualidad, y ordenó a sus hombres que sacrificaran un brioso lechón. Su sangre joven se mezcló con la arena, formando intrincados dibujos.
Hace frente a esta escena la isla de Nolos, patria de las rieanas, hijas videntes del matrimonio entre la sabiduría y el olvido. A pocos pasos de la playa que vio desembarcar a Tántalo alzábase un templo fabricado en piedra, morada figurada de Tymos, quien desde su cueva reina sobre retozones vientos e indomables tempestades.
Sentado en su excelso alcázar, el dios contempló la llegada de los marinos. Con su cetro en la mano amansó los vientos, templando su furia y dejando descansar el mar; ése era su mayor tesoro, un cetro maravilloso capaz de contener a las tempestades. Si no lo hiciera de este modo, aquéllas arrebatarían consigo mares e islas y las esparcirían por los eternos cielos, reduciéndolas a polvo.
Adivinando en este gesto un buen augurio, los ojos del anciano Pirro[1], el de blanca melena, asintieron con satisfacción.
—Sin duda es aquí donde quisieron traerte tus plegarias, mi rey —dijo—, pues en este lugar se esconde un gran secreto, conocido sólo por los poderes que guían el devenir de las cosas. Un secreto que desde tiempo inmemorial custodian las piedras y los antiguos bosques.
Tántalo se ciñó el peto de la coraza y terció el escudo al bies de sus espaldas. La espada refulgía con resplandores dorados, contenida en la vaina. No era un hombre especialmente alto, ni más musculoso que los marineros que lo acompañaban, pero algo en su semblante lo volvía distinto. Se decía de su mirada que poseía la fuerza tempestuosa de un toro, y que se bastaba con ella para doblegar la voluntad de sus enemigos en el campo de batalla. Ni siquiera su hijo, Pélope, un joven al que apenas le despuntaba el bozo, había heredado ese rasgo de su padre.
—Guíame, augur —ordenó el rey—. Dime cómo puedo averiguar el secreto que aquí se esconde, y tal vez pueda usar ese poder para preservar a los míos de todo mal. Que no yace oculto a nuestras mientes que nuestro enemigo, Cambises, pese a no levantar más que unos pocos años del suelo, sueña ya con ser coronado soberano de un imperio que incluiría mis tierras, mis castillos y mis gentes.
—¡Padre! —exclamó una voz joven. Pélope, que acompañaba la expedición en calidad de grumete, bajó de un salto a la playa y fue corriendo hasta donde se encontraba el monarca—. ¡Llévame contigo!
—Sosiega tu ímpetu, hijo mío —sonrió Tántalo—. Desconocemos qué peligros se ocultan más allá de estas arenas que nos dan la bienvenida. No sabemos quiénes habitan esas colinas y esos frondosos bosques, si cálidos amigos o peligrosas fieras. Y tú no eres tan diestro en el manejo de la espada como para defenderte.
—¿Cómo voy a convertirme en un gran guerrero si siempre me estás protegiendo?
—Ya llegará el día en que tengas que matar para defenderte, de eso no te quepa duda, pero tus brazos aún necesitan ganar en fuerza y volumen.
—Pero yo…
—No añadiré más. Regresa a la nao y ayuda al cocinero a preparar los enseres de pesca.
El joven se marchó, humillado por las medias sonrisas de los guerreros favoritos de su padre, un grupo de doce veteranos que siempre lo acompañaba en sus conquistas. Estos pronto olvidaron al muchacho, pues mientras la tripulación montaba el campamento usando el mismo casco de la nao como albergada, ellos formaron una cuña y penetraron en el bosque. Tántalo iba en el centro de la punta de flecha, rodeado por sus escudos.
Antes de internarse en lo desconocido, sin embargo, escuchó el consejo de Pirro, que hurgaba en las entrañas de un novillo recién sacrificado:
—¿Ves ese edificio que ajado por el tiempo parece aguardarnos? —Señaló al templo de Tymos, tan cercano a la playa que hasta se distinguían los gastados bajorrelieves de su friso—. Es morada de misterios y poderes arcanos. Sus salones albergaron tiempo ha el recóndito santuario de las rieanas, a quien el delio vate reveló las cosas futuras. No has de acercarte a su sombra, pues las entrañas ensangrentadas se retuercen en complejos lazos. Esto es signo de futuro azaroso, ¡tal vez mortal!, si te atreves a escarbar en los tesoros que no han sido para ti dispuestos…
El monarca rió con desprecio ante semejante profecía.
—Claro que me acercaré a ese edificio, viejo idiota. Es mi intención explorar cada rincón de esta isla a la que nos ha traído la suerte, y esquilmar sus recursos a mayor gloria de mi país.
El anciano se ofendió.
—¡Majestad! Vos no desoís por norma los consejos de un sabio. ¿Por qué ignoráis éste?
—Pirro, en mala hora accedí a traerte a este viaje. ¿Acaso has olvidado cuál es nuestro objeto? —preguntó Tántalo—. ¿Qué necesidad arrastró nuestra nave por los cerúleos mares hasta estas playas? Ni siquiera acosado por las tempestades ni amenazado por los truenos daré mi brazo a torcer, o dejaré un solo tesoro por requisar en las haciendas de mis enemigos.
Ufano, el monarca humedeció sus dedos en la sangre del novillo y se tiñó la cara de rojo. Ya se hubo marchado su destacamento cuando el augur, trazando un símbolo de protección en la arena, elevó una plegaria a los dioses.
—¡Potencias del Firmamento! Es nuestro prócer quien, descendiendo de la excelsa raza de Zeus, nos envía a los umbrales de la tornadiza fortuna. Cuán terribles desastres derramó su antecesor sobre el trono de Lidia y todas sus gentes, cuáles hados han impulsado a chocar entre sí a dos férreas voluntades, un caudillo del Asia y el otro de su gemelo continente; sábenlo hasta los que habitan las últimas regiones que baña el Océano, pues los fuegos de una guerra que ya dura más de tres generaciones han ardido en cada rincón de este mundo. —Se volvió hacia las desgastadas piedras de Tymos—. Suplico vuestra piedad, señor de los vientos, pues no seremos un desdoro para vuestra nación protegida, ni os faltarán las libaciones por darnos amparo. Si nos concedéis la Gracia, os prometo que mi señor reconstruirá vuestra casa y la protegerá de los rigores del tiempo.
Fue entonces cuando un ave rapaz, un águila de pico corvo, se alzó volando del mismo techo en ruinas del templo con una presa mucho más grande que él entre las garras. Pirro, hábil intérprete de los prodigios, vio en aquello una señal de los Hados. ¿Pero qué quería decir, exactamente? ¿Era el vaticinio de algo bueno —pues el águila podría ser Tántalo alzándose triunfante—, o es que los dioses les enviaban una advertencia? Puede que el tirano de Lidia no fuese el cazador, sino la indefensa presa, y estuviese arriesgando su alma al ofender a potencias mucho más antiguas y poderosas que su efímera gloria de mortal…
—Está tan ciego de orgullo que no vería ni sus propias huellas aunque desandara por ellas.
Pirro miró al joven que había aparecido a su derecha. Era Pélope, cargado con enseres de pesca.
—Os aconsejo que refrenéis vuestra lengua, joven príncipe —murmuró Pirro—. Bien sabéis que vuestro padre no tolera los insultos, aunque provengan de su propia familia.
El niño miró de reojo al augur, y durante un breve instante destellaron en sus ojos la fuerza y la intolerancia de su progenitor.
—Algún día habrá de verme, Pirro —prometió—. Aunque a sus pies deba lanzarme y tropiece conmigo, pero me verá.
Se marchó de regreso al campamento con ese anadear suyo tan gracioso. Pirro aguardó unos instantes, pensativo, y soterró las entrañas del novillo en la arena. El águila todavía se divisaba en el horizonte.
De esta manera los pásifes1, pues así se llamaban las tropas de élite de Tántalo, penetraron con extremo cuidado en el bosque. Una naturaleza insólita los aguardaba, pues por primera vez asistió un mortal a prodigios que ya no pertenecían a esta Era del mundo. Vieron pájaros parlantes, capaces de hablar en una lengua que ni siquiera los textos más antiguos mencionaban, y que imitaba los sonidos de la vida y de la muerte. Vieron árboles cuyos troncos vestían encajes de espinas, sus frutos tentaculeaban como seres vivos y sus raíces apenas revolvían la tierra, como si en cualquier momento pudiesen echar a correr detrás de alguna presa. Olieron perfumes desconocidos y acariciaron texturas en las piedras que recordaban al cuero animal. Todo esto admiró Tántalo con fascinación, pero no se detuvo más de lo necesario: revolvía mil proyectos en su cabeza, discurriendo el método de robar los tesoros que pudiese esconder la isla, y eso guiaba todos sus actos.
—No me gusta —masculló Ceo, su comandante de tropas—. Nadie ha puesto un pie aquí desde que el mundo es mundo.
—Mejor —dijo el rey, arañando con su espada la armadura espinosa de un árbol—. Si no encontramos ninguna tribu que reclame estos parajes como suyos, la conquista de la isla será más sencilla.
Empieza entretanto a revolverse el cielo con gran estrépito, al que sigue un aguacero mezclado de granizo. En la playa, los marineros corren de un lado para otro, salvaguardando los enseres y los animales. Un pedazo de hielo del tamaño de una trébede golpeó a una cabra en plena testuz, acabando con ella en el acto. Pirro miró al cielo, buscando al flechador que tanta destreza había demostrado lanzando el granizo, pero sólo vio nubes blancas y remolinos de lluvia.
—¡Protégete, anciano! —gritó Pélope, corriendo hasta él. Llevaba una manta asida con ambas manos que le protegía la cabeza de los gélidos proyectiles. Llegó hasta el augur y los escoltó a duras penas hasta la nao encallada en la arena.
—No debimos haber desembarcado en este lugar… —tembló Pirro—. Algo no va bien. Hemos contrariado al Hado de alguna forma, estoy seguro…
—¿Qué murmuras, viejo? Mi padre sabe exactamente lo que hace, no necesita de voces agoreras que lo estén cuestionando.
Pirro miró hacia el templo de Tymos. Ya se divisaba el grupo de los pásifes llegar al claro del bosque, y acercarse sin miedo a sus muros. No se le escapó el hecho de que la ventisca había comenzado en el momento en que Tántalo saltó la valla que lo protegía, y con la jactancia típica en él ordenó mediante gestos a sus soldados que forzasen las enormes puertas.
Ya no había vuelta atrás, pensó el anciano con un estremecimiento. Fuera lo que fuese lo que los dioses escondieran allí dentro, su rey estaba a punto de profanarlo.
[1] Pirro: Sacerdote del templo de Palas y hábil intérprete de los augurios divinos. También es un maestro de la cítara. A lo largo de su viaje, aconseja sabiamente a Tántalo que evite ciertos peligros, como los escollos de Lavlael o el canto de las arpías de Teuclo.
1 Pásifes: Llamados de esta manera en honor de un río, el Pasifento, que se desbordó en la región de Lidia conocida como estuario del Caístro. A su paso la riada arrasó con pueblos enteros y mató a miles de personas. Es por esta ferocidad e inclemencia que Tántalo bautizó así a sus guerreros más veteranos.