Bueno, ya es oficial: en el transcurso de la Semana Negra de este año presentaremos (la editorial Vórtice y yo) mi nueva novela de misterio, El Teatro Secreto. Este libro fue finalista del Premio Minotauro 2005, y desde entonces ha recorrido un largo camino de reestructuración y modificaciones que ha desembocado en lo que es hoy: mi primer acercamiento serio a lo que yo llamo “fantasía onírica”.

¿Qué es la fantasía onírica? Puede que otra gente, en otros lugares del planeta, ya hayan bautizado a esta variante de la fantasía urbana con otros nombres, pero a mí me gusta éste. Se trata de mezclar terror, cuentos de hadas y sucia realidad en un entorno urbano, más o menos realista pero lleno de magia y enigmas ancestrales. Neil Gaiman se hizo famoso a principios de los noventa indagando en este campo con su celebérrima serie “Sandman”, y luego vinieron otros cómics y libros que siguieron sus pasos, entre ellos la serie de “Fábulas” o “Humo y espejos”. Lo siento, pero no he encontrado ninguna película de cine que se adapte a esta descripción. Probablemente habrá alguna por ahí, pero me temo que la fantasía onírica aún no ha saltado al cine con un proyecto verdaderamente importante, que le dé cuerpo y entidad propia ante las masas de gente que, por lo general, no leen cómics.

Así pues, El Teatro Secreto es mi primera novela de estilo “Gaimaniano”. Se sitúa en un Londres aparentemente actual, moderno, del siglo XXI, pero que esconde mil y un secretos que parecen heredados de épocas pretéritas y más esotéricas. Según Lucya Szachnowski, “la capital de la Corona inglesa, que triplicaba en edad a la misma monarquía en 1920, creció hasta convertirse en el lugar donde se reúnen los viejos privilegios, el dinero fresco, la creatividad, la lucha de clases, la locura, la tuberculosis, la ciencia, la educación y la más avanzada investigación médica. Cuanto más grande es una ciudad, más se convierte en el epicentro de las cosas importantes, lo que da a la gente más motivos para trasladarse allí”. Y Londres, durante siglos, fue la ciudad más grande del mundo.

Elegí Inglaterra como teatro de grand-guignol para esta novela por su ambiente místico y a la vez tecnológico. Por su impactante mezcla de estilos y su espectacular acervo de leyendas. Un universo mitológico que, sin ser tan importante para el imaginario europeo como el griego, está casi a la par con él en importancia en cuanto a su barroquismo y, sobre todo, respecto a su mayor cercanía en el tiempo. No olvidemos que los grandes mitos ingleses son mil seiscientos años de media más modernos que los de la antigua Grecia, y aunque ahora se nos antojen todos igual de arcaicos, lo cierto es que el buen rey Arturo (the once and future king, como según la leyenda proclama su lápida) poseía muchos rasgos, tanto políticos como de carácter, que aún hoy en día son considerado deseables en un gobernante. Esto, lejos de emparejarlo con reyes míticos como Agamenón o Nabucodonosor, lo acerca mucho a nuestra época y le da una aureola de monarca actual, moderno y hasta cierto punto democrático.

Aunque la trama de mi novela no toca el Ciclo Artúrico, al menos no directamente, sí que se alimenta de esa aureola de fantasía construida sobre un posible núcleo histórico, y visita algunos lugares de fuerte sensibilidad mágica de la Inglaterra oculta. Estos son unos pocos de esos lugares, con información adicional sobre su trasfondo que no aparece en el libro:

  • Avalon Falls: El trazado laberíntico del antiguo Londres sufrió una profunda reestructuración durante los complejos y problemáticos años 40-50 del pasado siglo. La incorporación de grandes avenidas que cruzaban de extremo a extremo la ciudad, y que servirían de arterias para el cada vez más denso tráfico de coches, obligaron al Ayuntamiento a replantear sus estrategias de compra de terrenos y edificación de inmuebles. Hoy en día sobreviven pocos barrios que conserven el espíritu caótico de aquellos tiempos, y Avalon Falls es uno de ellos. Desde siempre, este barrio fue considerado como un lugar malsano donde vivir se hacía más duro que en otras partes más elevadas de la ciudad, y de eso tuvo la culpa la famosa niebla londinense. Estos bancos de humo, llamados en ocasiones “peculiaridades de Londres”, serían hoy en día conocidos por “smog”. Eran masas de gas sucio alimentadas por las calefacciones de carbón de las casas y las chimeneas de las fábricas; nubes densas y pesadas que no solían elevarse por encima de un tercer piso. Al acumularse en la ribera del Támesis y en los barrios más deprimidos de la urbe, lugares como Avalon Falls sufrieron un deterioro que equiparó el aspecto físico de sus habitantes al desgastado color de los saledizos. En la novela aparece como lugar emblemático de este barrio el parque de Lexington, un lugar que hoy en día no existe bajo ese nombre, pero cuya parcela fue respetada por la administración del alcalde reformista Ewer por contener árboles centenarios. Está rodeado por edificios vetustos construidos por la escuela de John Nash, quien diseñó para el príncipe regente los jardines del parque zoológico. Aunque no se menciona en el libro, sobre las famosas puertas dobles de entrada al parque, forjadas en escoria de arrabio, hay una leyenda en letras de oro: “Pietas in Patriam”. Es una paráfrasis de una cita extraída del apéndice al Libro III de Selected Letters (1901) de Cotton Reynald, un famoso historiador y naturalista inglés, destacado teólogo puritano de su época y firme defensor de la teoría rafaelista de la preponderancia del Estado Divino. También se menciona esta reja y su plica en el Historiarum Centuria (1923) de Reinaldo de Berak [véase Lucius & Armand, tercera edición, The Wringed Archs of London, en Proceus nº 5, abril de 1971, páginas 34-35].
  • Jack’s Bridge: De todos los puentes que cruzan el Támesis a lo largo de sus 340 kilómetros de longitud, dieciocho se encuentran dentro de los límites de la ciudad de Londres. De todos ellos, probablemente el más siniestro sea el puente de Jack, más conocido por su sobrenombre de “puente de los suicidas”, dado el increíble número de personas que se han lanzado en busca de un destino mejor en el Más Allá desde sus vetustas piedras. Poco se sabe sobre este arco de piedra y metal y sus orígenes, aunque según registros de hace siglos ya había un “paso alto” sobre el río cuando los romanos se establecieron en la plaza fuerte céltica de Londinium. Existe un libro de ficción que tiene como protagonistas a este puente y a los desgraciados a los que ha catapultado al otro mundo: Beyond the Wall of Sadness (1943), de Joshi Straut-Belice, publicado por primera vez en forma condensada en Weird Tales, vol. 30. La forma completa de esta nouvelle se perdió hace décadas, pero dicen algunos estudiosos que Joshi nunca quiso que este texto saliese a la luz, y que ni siquiera se tomó la molestia de mecanografiarlo y enviarlo a un editor. Por razones nada claras, una carta sin remitente apareció en el despacho de Albert Glenn, editor de la revista, conteniendo estas páginas. Se dice que los capítulos que Glenn suprimió para no herir la sensibilidad del lector (de verdadera “Golconda de tensión y horror descriptivo” lo calificó en sus memorias) contenían la clara y fiel descripción de muchos de los suicidios acontecidos en el susodicho puente, hasta un grado en que su lectura resultaba desagradable hasta para los estómagos más curtidos. El halo de maldad que rodea a este puente es tan profundo que hay quien afirma, aunque sin aportar pruebas veraces para respaldarlo, que el nombre del puente, “Jack”, no se refiere a una persona, sino que es el acrónimo de las palabras de una cita en hebreo cuya traducción sería “puerta a la condenación”.
  • El País de los Teatros: Hubo en el suroeste de Londres un barrio que vio nacer y morir la revolución bohemia de la ciudad. Este barrio se llamaba Pern, pero las mesnadas de poetas y locos egregios que lo tomaron al asalto a finales de 1899 le cambiaron el nombre por el más acorde con sus ideales “Reino sin rey y país sin fronteras de la farándula, los teatros, el taberniê y otras manifestaciones de la locura”. Como era un apelativo demasiado largo, con el tiempo se fue recortando hasta quedarse en “País de los Teatros”, aunque en ciertos registros de propiedad de la época, algunos inmuebles aparecen catastrados con el nombre largo original. Es el caso del edificio Mengord, fundado bajo los auspicios de los cuáqueros en un solar donado por T. J. Gans, gentilhombre y filántropo de pasado oscuro, y que sirvió de escuela pública y de cuartel general de algunos movimientos anarquistas hasta que la policía lo desalojó por la fuerza en 1911. Gans, que huyó a España en 1910 por ser legitimista, siempre afirmó que se había dejado un tesoro enterrado en algún lugar de la vieja escuela, pero hasta la fecha no se sabe si decía la verdad o si eran meras patrañas de una mente demasiado acostumbrada a la absenta. Esta escuela, luego reconvertida en teatro de variedades y posteriormente en sala de cine, fue construida enteramente con mármol blanco de Georgia, y presume de tener el quinto pozo artesiano surgente más profundo de Inglaterra. Otros edificios insignes, muchos de ellos construcciones utilitarias conocidas como Brick Rows, fueron derribados cuando las autoridades municipales decidieron dar un mejor uso a los terrenos. Entre ellos se encontraba el Templo Baptista de Meow St. (edificado en el 154 de la calle entre dos sotos de árboles de hoja caduca, y basado en un diseño alternativo de la iglesia escocesa unitaria de Stornoway), el mercado de la fruta y el vino de la calle Loch (ocupando los números 301 al 319, frente al Caledonian Meeting House, cuyos cimientos soportaron sin resquebrajarse el potente terremoto del 52), o los arcos de la confluencia de callejones de North Water, cuyos nombres honraban a antiguos héroes del barrio con pintorescos apellidos, como era el caso de los Gandolfi, Chatcher, Snoob, Providence o Feoffee.
  • Seven Dials Club: De los clubes selectos que hay en Londres, tal vez éste sea el más antiguo y con mayor solera. Hubo un tiempo en que no había hombre o mujer rico de la ciudad que no perteneciera a un club, y con su presencia no sólo disfrutaba de sus ventajas, sino que daba renombre a la institución. Al igual que en otros clubes, como el Egotist o el Diógenes, en el Seven Dials se esperaba que sus miembros superasen un test de buen gusto. Si en el Egotist un distinguido explorador fue expulsado por fumar puros con oporto fino, en el Seven Dials le fue prohibida la entrada a una famosa e influyente personalidad de la política de los años 70 por atreverse a recitar unos párrafos del Prurigo Lexicon, libro de poemas eróticos del protestante sueco Igvar Wirst (1930-1969) donde se elogiaba la necrofilia.
  • Y finalmente, por supuesto, está Aradise

Hola amigos. Habréis notado que este mes llevo un poco de retraso en la actualización del blog, pero tengo excusa: hace como una sema nació mi hija Thais. Me temo que una cosa tan pequeña es como un inmenso agujero negro que consume el espacio-tiempo de los adultos que orbitan a su alrededor, por lo que esta adenda va a ser más bien corta. El mes que viene ya dejaré una más larga, para compensar. Por ahora estoy lidiando con noches en blanco, la espantosa programación de la TV a las tres de la mañana (alguien debería escribir un cuento sobre esto, creedme), y acostumbrándome a esa palabra tan extraña, papá…