Cuento Inédito
Marzo 31, 2008
Hola a todos. Aquí os dejo un cuento inédito de Piscis de Zhintra, uno de mis primeros personajes. Es breve pero simpático. Se titula “Experience PZ”:
París, 1985
—A ver, colócate junto al micrófono. ¿Estás cómodo?
—Uhm… no sé. No creo que el lavabo sea un buen lugar para una entrevista. ¿Qué tal la sala de estar?
—Tú quisiste ser original, ¿recuerdas? Todo aquello de la explosión de creatividad del escritor y los lugares inverosímiles para las palabras más inauditas. Son expresiones de tu propia cosecha.
—Ya sé que dije esa estupidez —murmura—, pero entonces estaba borracho. Además, lamento desilusionar a mis fans, pero mi obra de retrete no se diferencia en lo más mínimo de mi obra normal. Ambas son basura.
—Nadie lo diría con todo lo que vendes últimamente. ¿Puedo empezar con la entrevista, sí o no?
—Haz lo que te dé la gana.
La grabadora comienza a funcionar.
—Vale, pues si te parece voy a presentarte: te llamas Jean Paul Berri, pero firmas tus libros como Diderot. ¿Ganas de incluir una enciclopedia entre tus éxitos algún día?
—Muy graciosa.
—Bueno: Diderot es un artista parisino, surgido (¿o debería decir alzado de entre los muertos?) de la pintura underground del onirismo sucio; compositor ocasional de música gótica, escultor, y máximo exponente de la nueva corriente estética bautizada Glump. Saluda a tus admiradoras, Diderot.
—Hola, tías.
—¿Qué es el Glump? ¿Por qué se llama así?
—Glump es lo que obtienes cuando partes de algo hermosamente retro, decides que quieres hacer algo igual de bueno en tu vida, pero al final va y se te atraganta. Es lo que sucede cuando agarras los discos de música glam que juraste no volver a sacar del armario, descubres que encierran toda la verdad psicotrónica sobre el universo y te miras después al espejo. Sientes tanta lástima que en lugar de glam gritas glup, lo unes e inventas el Glump. Pura acidez de estómago.
—Eh… vale. Pues a este chico nadie le iba a decir hace cinco años que su Glump tendría tantísima adhesión entre los grupos de artistas bohemios de los barrios bajos de París, hasta tal punto que ya hay quien hace escuela y se declara glumpiano convencido. En estos años, los discos de Diderot se han vendido, nadie ha logrado verter disolvente sobre sus cuadros, y sus performances literarias state-of-the-fart atraen público de todos los ámbitos culturales. Dinos, Diderot: ¿cómo te sentó el repentino gran éxito de tu disco Por qué la música hardcore parece compuesta por deficientes mentales?
—Mal.
—Las malas lenguas nos han dicho que una compañía discográfica importante está interesada en comprar los derechos (el disco fue autograbado y distribuido localmente) para lanzarlo a nivel nacional. No sé si podemos nombrarla en voz alta…
—Mejor no.
—Tu último trabajo es una obra multidisciplinar, un CD apoyado por un libro que se inspira en un cuadro, y tú lo has planificado todo. Se llama experience PZ, y promete sacudir los cimientos de nuestra ya castigada facultad de tolerancia al Arte. ¿Cómo surgió este PZ? ¿Qué es exactamente lo que vamos a experimentar los que lo veamos/ leamos/ escuchemos?
El escritor hace un mohín y sus ojos se llenan de brillo.
—La verdad es que no sé cómo explicártelo. Trata de… eh…
—Venga, dínoslo sin vergüenza ninguna: ¡Tres materias! ¿Qué merece la pena tanto esfuerzo?
—Pues qué va a ser: una mujer.
—¡Una mujer!
—Claro. Es un impulso muscular primario: sexualidad catártica. ¿Qué otro motor puede haber para lo que entendemos como pulsión creativa? —Se masajea los ojos con los pulgares—. Todo lo que yo hago conlleva una mujer de fondo, al igual que las obras de los pintores y escultores de medio mundo. Es la base de nuestro proceso cerebral.
—¿Y el otro medio mundo?
—Son gays.
—Háblanos entonces de esa beldad que ilumina tus noches y tus días. ¿Dónde la conociste?
Diderot enciende un pitillo.
—Aquí, en mi casa, en el salón comedor.
—Oh. ¿Una antigua novia que te llamó inesperadamente por teléfono tras años de ausencia? ¿Alguien que conociste esa misma noche? ¡Atentas, admiradoras de Diderot, porque tal vez no os convenga escuchar lo que viene a continuación! —susurra al micrófono—. ¡La vida privada de nuestro artista sale al fin a la luz pública!
—No digas tonterías. Ella tiene más clase que cualquiera de esas furcias que se bajan las bragas en los antros demodé por amor al arte. Además, no es de este mundo.
La entrevistadora alza una ceja.
—¿No? ¿Estás enamorado de un fantasma, entonces?
Diderot sale del lavabo y es seguido por la periodista hasta su sala de estar. En la pared hay un póster de Marylin que con la distancia se transforma en Groucho Marx. Sillones de plástico verde se reparten el espacio alrededor de un futón que oficia de mesa de té.
Encima de éste descansa un artefacto muy extraño: parece una mezcla delirante entre un casco espacial y una batidora.
—Me refiero a que no es físicamente de este mundo. Que es de otro planeta, coño. —Le da vueltas al casco, observándolo con recelo—. Un día este chisme apareció aquí, sin más, emitiendo lucecitas y ruiditos de esos que los músicos hacían con los sintetizadores de los años setenta. Al principio creí que se trataba de una alucinación del LSD que había tomado aquella noche, pero no pude evitar ponérmelo en la cabeza. Lo que sucedió después… es difícil de explicar.
—Te sentiste ridículo.
—Casi. Entré en contacto telepático con ella.
—¿Me estás diciendo… —La chica está tan alucinada que tiene las mejillas coloradas—, que un día encontraste sin más en tu salón un casco extravagante, y al ponértelo enlazaste mentalmente con una bella mujer del espacio exterior?
Diderot echa ceniza encima del futón.
—Básicamente. Snnnfff. Ya sé que suena ridículo… Qué demonios, es que es ridículo —ríe—. Pero es la pura verdad. Con este cacharro entro en contacto con PZ, sea quien sea.
—Oh, entiendo. Damas, caballeros, Diderot al parecer está experimentando con esta reportera nuevas formas de arte. ¡Belleza a través de la locura! ¡Divino Daño Cerebral! Dejemos que sea el mismo artista el que nos introduzca en sus fantásticos universos de demencia cósmica. —Le apunta con el micro—: Diderot, tus fans se mueren por conocer a tu amor platónico. ¡Muéstranosla, te lo ruego!
El artista lo medita en silencio, algo molesto por el tono de opereta de la joven. Al final se encoge de hombros, agarra el casco y se lo encaja en la cabeza. Luces estroboscópicas parpadean en torno a sus filamentos cristalinos.
—Tú lo has querido —gruñe—. Pero que conste que tal vez ella no desee ser molestada. Puede que ni me conteste.
Entrecierra sus párpados, centrando la vista en el infinito. Parece como si tratase de distinguir imágenes incoherentes en una bruma difusa.
No pasan más de diez segundos hasta que aparenta descubrir algo.
—Ya… la veo. Está haciendo una… un… ¿Qué está haciendo?
—¿Algo obsceno?
—No seas burra. Está cabalgando… un animal parecido a un caballo. Es un ser cuadrúpedo… No, no puedo describirlo. Demasiado extraño.
Las luces continúan palpitando. El micrófono no se aparta de la boca de Diderot. Éste parece confundido, como si estuviese escuchando voces. Chasquidos fluctuantes emanan del casco y texturan el ambiente con sonidos de baja frecuencia. Las longitudes de onda se entremezclan y anudan unas con otras, sumándose o cancelándose a ritmo acompasado.
De repente, Diderot empieza a hablar.
Mi montura se revolvía inquieta. Delante, a cien metros descendiendo por la cañada, el tecnoide avanzaba pisando con fuerza, hundiendo sus botas de acero varios centímetros en la montaña de basura. El olor, pese a mi mascarilla protectora, resultaba agobiante.
Escuché una voz que reverberaba en el implante de mi cuello. La ignoré; era mal momento para distraerme. El reoll que montaba, aquella especie de cruce gigante entre rata de pantano y camello, era el animal idóneo para atravesar las montañas de basura de Julá, pero el tecnoide era listo. Se había protegido con cápsulas que exhalaban perfumes letales a cada paso que daba. Si me acercaba mucho a él mi animal caería fulminado al instante, y entonces sí que estaría en un problema. Temblé al imaginar arenas movedizas de estiércol de reoll.
Me asombró que el mercenario supiera dónde estaba la siguiente puerta dimensional. Ahogado en una montaña de escoria de un kilómetro de altura, las últimas palabras de mi contacto habían servido para revelar su localización. Qué fin más espantoso, incluso para un traficante de pasillos dimensionales como él. Nadie se merece una muerte semejante.
Espoleé mi montura, avanzando aún a riesgo de colocarme contra el viento. Si el tecnoide encontraba la puerta antes que yo, todo estaría perdido. Recé para que la bomba aún siguiera intacta.
La voz en mi implante seguía dándome la tabarra.
—¿Qué quieres ahora? —susurré, tirando de las bridas del reoll. Mi nuevo contacto (forzado, todo hay que decirlo) en la otra esfera quería presentarme a una amiga. Como si tuviera tiempo para hacer vida social en este momento.
—¡Olvídalo! —grité en susurros—. Ya enlazaremos más tarde, ahora estoy ocupada. Adiós, Diderot.
Y corté el enlace.
—Creo que la he pillado en mal momento —dice el artista, desconectando el casco.
—¿No puedes intentar establecer contacto dentro de un rato? —sonríe la periodista—. Esto es tan raro que, si quieres, me quedo a vivir contigo una temporada.
—No hará falta. Por lo que he averiguado gracias a este cacharro, el universo donde vive PZ no es consustancial con el nuestro, ni se mueve a la misma velocidad.
—Vayan tomando nota de las palabras raras, queridos oyentes. Al final del programa se abrirá un espacio de debate donde intentaremos explicar qué significan términos tan espantosos como “consustancial”.
—Quiero decir que aunque mantenga el casco desconectado sólo dos segundos, al volver a arrancarlo puede que en el otro lado hayan pasado varias semanas. Si ahora trato de contactar de nuevo… —dice, tanteando el botón de activación.
Una voz femenina le grita:
—¡Te he dicho que ahora estoy ocupada!
Rápidamente, Diderot se quita el casco de la cabeza.
—No es el caso.
La cinta de la grabadora llega a su final. La periodista se toma un minuto para cambiarla mientras su anfitrión va al excusado. Cuando regresa le tiene preparada una nueva batería de preguntas:
—Preveo que este programa va a batir todos los récords de delirio en nuestra emisora. Y te aseguro que desde que sacamos al aire al Señor Zanahoria y su circo de pulgas con Alzheimer, jamás creí que lo superaríamos. Una pregunta con malicia: ¿qué quiere exactamente esa tal PZ de ti?
—Es complejo. Por lo que me ha explicado, debo guardar con celo extremo este casco, pues una de sus piezas contiene un detonador de la esfera equinoccial. —Levanta enseguida una mano, pidiendo paciencia—. Sé que todo esto suena a marcianada, pero te lo transmito tal y como me lo han dicho a mí.
—¿Un detonador equino… qué?
—De la esfera equinoccial. No sé si sabes algo de historia de la Ciencia. —Ante la mirada perpleja de la joven, Diderot suspira y se recuesta en su sillón de plástico, relleno de agua y en el que nadan peces de colores—. Mira, no te lo tomes a mal, guapa, pero los periodistas de hoy en día sois todos una caterva de paletos. En fin, te explico: en el siglo segundo de nuestra era, un astrónomo griego llamado Tolomeo elaboró una explicación sobre cómo se suponía que estaba conformada la bóveda celeste. Colocó la Tierra inmóvil en el centro del esquema e hizo girar a su alrededor a todos los planetas, situados en ocho esferas concéntricas, detrás de las cuales estarían las estrellas. ¿Me sigues?
—Creo que sí.
—Vale; pues el bueno de Tolomeo tenía seguidores que enriquecieron su modelo con una novena esfera, cuyo movimiento en teoría causa la precesión de los equinoccios. Se supone que esta novena esfera está enlazada con la nuestra.
—¿La nuestra?
—La que alberga la Tierra. Por el mismo eje.
—Ah, vale. Prosigue.
—Resulta, como te decía, que esta nueva esfera era muy importante para la estabilidad del conjunto, ya que se encargaba de mantener el eje de nuestro mundo perpendicular, aunque nadie tenía ni repajolera idea de respecto a qué demonios es perpendicular. El caso es que si esa esfera reventase…
La periodista acerca aún más el micro.
—¿Qué sucedería?
Diderot adopta una expresión diabólica.
—La Tierra giraría sin control en el punto de fuga del Universo, provocando el caos más ab-so-lu-to. ¡Terror, desequilibrio cósmico, dadaísmo universal! Un holocausto de tal magnitud que sería capaz de anular el primer día de rebajas incluso en los almacenes más caros de París. Nuestro planeta se convertiría en una especie de peonza en revolución tan rápida que lanzaría a todos los seres humanos y al resto de la vida animal no inteligente al espacio en pocos segundos. Inmediatamente, las demás esferas se desequilibrarían y comenzaría una reacción en cadena de peonzas que…
La periodista pregunta acongojada:
—¿Destruiría todo el Universo?
—Peor. Al ser lanzados al cosmos, la atmósfera se expandiría a nuestro alrededor, permitiéndonos vivir lo suficiente como para contemplar la bóveda celeste girando tan velozmente que en lugar de puntos de luz pintaría anillos blancos; algo demasiado grandioso para que los débiles cerebros humanos sean capaces de asimilarlo. Como los discos de Pink Floyd. Imagínate el cielo cuajado de anillos de plata superpuestos en una procesión infinita, girando y girando; los planetas danzando como derviches enloquecidos en los entresijos de la eternidad. —Engarfia sus dedos, enfático. Sus dientes perfectamente blancos centellean siniestros bajo la luz de la lámpara.
—Qué bonito…
Diderot permanece unos segundos en silencio, disfrutando del ensimismamiento de la joven, y luego explota en carcajadas. La periodista se sonroja, relajándose.
—Idiota, te has burlado de mí.
—No, guapa. Me burlo de lo estúpida que parece esta situación. Para ti es fácil, porque crees que estoy como una regadera (cosa que no me atrevería a discutir), pero yo creo en realidad en lo que estoy diciendo. PZ me lo ha contado.
—¿Puedes… volver a tratar de establecer contacto otra vez? Tengo mucho interés en escucharte hablar con ella.
Diderot se coloca de nuevo el casco en la cabeza, con gestos lentos y solemnes.
—¿Sabes? —murmura—. Da algo de miedo darte cuenta de que tienes en la cabeza el instrumento para la destrucción final de todo lo que existe… Aunque, bueno, pensándolo bien, lo mismo debió sentir el tío que inventó los reality shows —exclama, apretando el botón de conexión.
No me alegré por la muerte de los sicarios vespasianos, y menos aún por la forma como habían elegido para enfrentarse con la realidad: estaban cercados e iban a acabar sus días en una prisión de Mundo Joya, así que sacaron a relucir viejas rencillas hasta que se mataron unos a otros, como si necesitaran una excusa para suicidarse.
Lo hicieron públicamente, disparándose a la cabeza en un tren de pasajeros. Esto era algo que ponía muy nerviosos a los patrocinadores de tales grupos de incursión: que sus miembros dirimieran sus diferencias a la vista de miles de compatriotas.
A mí me importaba más bien poco. Cierto, había sido yo quien había largado el soplo a la policía, pero no me arrepentía. Si lograba recuperar el casco a tiempo, antes que los vespasianos, todo habría sido para mejor. Quien construyó una bomba telepática de tal magnitud tenía por fuerza que ser un demente, incluso para sus desquiciados estándares.
Aparté esos pensamientos de mi cabeza. Disponía de unas horas de tranquilidad antes de la llegada del tecnoide a la ciudad. Venía disfrazado de refrigerador lleno de latas de leche en un yate de lujo. Posiblemente esperaría a que lo descargaran como a un bulto más e incendiaría el almacén, para escapar en medio del caos. Conocía sus trucos, y juré y perjuré que esta vez no iba a salirse con la suya.
Respiré con fuerza, sorbiendo de mi batido de esporas de kranty. Otra vez escuchaba la vocecita instigadora de mi contacto tras la cabeza. Por los dioses, qué hombre más impaciente.
Sonreí. La verdad es que disponía de algo de tiempo, así que no había motivo real para echarle.
Me relajé, destrabando la parte superior del bikini, y mientras la tibia caricia del sol masajeaba mi pecho, le conté cosas que pasaban en ese momento por mi cabeza.
Espero que no se haya asustado.
—¿Has tenido suficiente material para tu entrevista? —pregunta Diderot.
La periodista apaga la grabadora, satisfecha.
—Más de lo que había esperado. No ha sido exactamente como imaginaba, pero ha estado genial, muchas gracias. Este programa va a ser sensacional.
—Me alegra que te guste.
La acompaña a la puerta.
—Cuando quieras pasar por aquí de nuevo, estás en tu casa.
—No tengas la menor duda de que llamaré para saber cómo acaba tu aventura con ese casquito. Tenlo por seguro, Jean Paul.
—Espero que para entonces mi disco esté acabado; así podrás poner algo como avance.
Se besan en la mejilla y la chica abandona el piso. Diderot cierra la puerta con llave, mirando el casco espacial.
—Mujeres de otro mundo —gruñe, depositándolo encima del primer mueble que encuentra a mano—. Qué estupidez. Qué Glump.
Piensa que lo mejor para terminar de estropear su cerebro es tomarse otro par de pastillas. Va al armario de su dormitorio y las saca de dentro de una hucha con forma de cerdo sonriente.
Un resplandor muy potente le golpea como un martillo. Se escucha una explosión sorda, como si de repente hubiese reventado un fragmento de la realidad.
Diderot cae al suelo y se revuelve, parpadeando. Entre puntitos de colores, distingue una fisura que se ha abierto en la pared de su vestíbulo. Es como un corte en una instantánea del Sol, dorado y blanco como el metal incandescente, y palpita como si estuviera compuesto por membranas musculares.
De su interior surge algo, algo grande que pasa al interior de su piso.
Aterrorizado, Diderot arroja lejos las pastillas y se protege los ojos. La figura es grotesca, un humanoide más ancho que alto, enfundado en un traje de plástico con tuberías y alambres y maquinaria de reloj. Con uno de sus cuatro brazos sostiene algo que le apunta a la cabeza, un artefacto estrafalario de contorno fusiforme.
El ser habla, exigiéndole cosas (que Diderot no entiende) con voz de trueno. Un ojo ciclópeo lleno de arcos voltaicos parpadea ocupando casi toda su pequeña cabeza.
El arma muta en sus manos, convirtiéndose en dos o en tres distintas, escalando con vida propia por su brazo.
Diderot grita.
El intruso va a usar su arma, cuando un destello vibrante de luces anaranjadas le perfora la espalda, saturando el ambiente con un olor a fritanga que se parece mucho al lomo asado con salsa de roquefort.
El ser cae a los pies del artista, muerto, descubriendo una figura femenina que se recorta contra la fisura de luz.
—¿Qué… quién…? —balbucea Diderot, mientras la extraña mujer guarda su arma y entra en su salón.
Cuando habla, su voz deletrea sílabas incomprensibles en un idioma parecido al reflujo de las olas del mar. La mujer activa un aparato en su hombro, y una voz metálica traduce al francés:
—¿Sorprendido, muchacho? He venido a recuperar el detonador equinoccial.
Diderot está al borde de la taquicardia. Se deja ayudar por la asombrosa joven a ponerse en pie. Cuando logra dominar su lengua de nuevo, pregunta:
—¿Er… …eres PZ?
—Para servirte. Perdona por haberte empleado de guardián estas últimas semanas, pero no tuve otro remedio. Créeme: por motivos que serían muy largos de explicar, tu sala de estar era el lugar más seguro de todos los universos paralelos donde esconder la bomba. Menos mal que no la tuviste mucho tiempo puesta en la cabeza.
—¿Por.. por qué?
—Por los riesgos que conlleva el que estés pensando en cosas raras con ella puesta: posee una espoleta de umbral vespasiana.
El joven pone los ojos como platos.
—¿Una qué?
PZ chasquea la lengua. Diderot la nota cansada, como si hubiese estado realizando un ejercicio intenso durante las últimas horas.
—Hace tiempo —explica PZ—, el ejército vespasiano diseñó unas bombas inteligentes con forma de cascos telepáticos y el coeficiente intelectual de un pulpo. Hasta ahí normal. Pero resultó que los artefactos también leían la mente de sus usuarios: cuando uno de éstos generaba un patrón de conexiones cerebrales inusualmente carente de proyección útil, detonaba y acababa con su vida.
—Creo que no sé a qué te refieres…
—A una idea lo suficientemente estúpida —explica—. Los vespasianos poseen un nivel de inteligencia muy avanzado, pero carecen de la menor paciencia para con las especies menos evolucionadas del universo. Sin ir más lejos, a los crustáceos nipolitas de Aurión los masacraron porque la sola idea de tenerlos en la misma galaxia les repugnaba; parece ser que encabezaban su lista negra debido a lo asombrosamente estúpidos que podían llegar a ser. Aunque, claro —se rasca la barbilla—, también es cierto que los pobres bichos llegaron a considerar que contaminar su mundo y su atmósfera a propósito era el mejor remedio para aprender a no volverlo a hacer jamás. En fin. —Hace un mohín—. La verdad es que no estoy nada de acuerdo con los métodos de los vespasianos, pero puedo entender que les pusiera nerviosos tener semejantes vecinos.
—Pues debes estar loca si has puesto un instrumento así en manos de un artista —dice el joven, algo más calmado—. Ah… y gracias… gracias por salvarme la vida.
—No te preocupes; los mercenarios tecnoides sólo tienen un ojo. En su universo no resulta problemático, pero aquí carecen de profundidad de campo. Probablemente habría destruido toda tu sala de estar antes de lograr alcanzarte. —Se vuelve y mira hacia la grieta de luz, que se cierra lentamente—. He de irme, Diderot, mi tiempo se agota. Dame el casco, por favor.
—Claro… claro que sí —asiente éste, sorteando con asco el cadáver del mercenario. La mujer lo agarra y lo tira sin ceremonias dentro de la grieta—. ¿Sabes, PZ? El simple hecho de que después de todo existas, me plantea una duda terrible.
—¿Ah, sí? ¿Cuál?
—Tolomeo estaba equivocado, ¿verdad? Ahí fuera, más allá del Sistema Solar, no hay esferas concéntricas que contengan tatuadas las estrellas…
La joven sonríe.
—Sí, bueno… Algún día enseñaré a tu gente unos videos que tengo al respecto de eso. Por cierto, ¿qué es ese ruido? —pregunta, alarmada.
Un sonido siseante, que aumenta de volumen poco a poco, llega desde el salón.
Diderot cruza con ella una mirada intranquila.
—Suena como los ruiditos que hacía el casco cuando lo conectaba, ¿verdad?
Piscis lo agarra por los hombros, mirándole de frente.
—¡Dime! ¿Durante su último uso, has pensado en algo tan estúpido como para arrepentirte de ello el resto de tu vida? ¿Vives con alguien que sea capaz de dar lástima a un aparato de encefalogramas? ¡Responde!
Diderot duda.
—No… no, aquí sólo vivo yo, y no creo que… —Traga saliva. El sonido proveniente de la sala aumenta de potencia—. Usé el casco para contactar contigo hace un rato y lo dejé allí, sin más.
—¿Dónde lo dejaste?
—Pues… encima de un televisor que tengo en el salón, ¿por qué?