Archivo de Febrero 2008

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El Metaverso (1)

Febrero 29, 2008

Mucha gente me ha preguntado a lo largo de estos últimos tres años si pienso seguir escribiendo novelas del Metaverso. ¿Qué es el Metaverso?, preguntarán algunos. Con ese maravilloso epíteto definió Juanma Santiago hace algunos años el universo donde transcurrían mis primeras novelas de ciencia ficción. Quedó inaugurado oficialmente con la titánica (por el esfuerzo) “EL TERCER NOMBRE DEL EMPERADOR”, y prosiguió desarrollándose en algunos cuentos (uno de ellos fue publicado en la revista Gigamesh nº 32 con el título “QUINCE DÍAS DE CIELO SOBRE DAMASCO”, y otro en el Visiones 2001, en el Fabricantes de Sueños 2006 y en la francesa “Dimensión España”, llamado en un primer momento “NOVA DE EVOLUCIÓN” y más tarde “LA INVARIANTE NOHC”. También hay una noveleta de próxima publicación, posiblemente en la antología Artifex, que se encuadra dentro el Metaverso. Lleva por título “LA HABITACIÓN OSCURA”.) Al cabo de tres años desde la publicación del primer libro, en 2004, llegó mi primera nominación al premio Minotauro y la segunda novela oficial del Metaverso, “MYSTES”.

A partir de aquí me he diversificado más. No quería ceñirme por completo a la CF en mi carrera, por lo que después de Mystes comencé una lenta exploración de otros géneros. Escribí para el siguiente premio “El Teatro Secreto”, una fantasía místico-urbana, fui finalista del pasado UPC con “Mercaderes de Tiempo” y coqueteé con la CF juvenil de Timun Mas en “El Dragón Estelar”, antes de sumergirme en la ambientación medieval con la novela en la que actualmente estoy trabajando. Pero claro, en mi cabeza no he olvidado, ni olvidaré nunca, el universo creado para aquella aventura de una jovencita amargada a la que le ofrecían de la noche a la mañana ser emperatriz de un vasto Imperio Galáctico.

Basé el personaje de Sandra, la protagonista, en una antigua amiga de mi juventud, Aurora. Probablemente nunca la conoceréis, pero los que hayan leído “El Tercer Nombre…” quizás recuerden aquel detalle de la dedicatoria, en la cual brindo la novela a mis padres (mis benditos padres, qué haría yo sin ellos…) y a una misteriosa chica llamada Aurora. No es que ella se parezca al personaje de ficción, al menos en la forma, pero en el fondo tienen mucho que ver. Bueno, vale, es rubia, bajita y muy guapa —los tres pilares físicos sobre los que se apoya la descripción de Sandra—, pero no es una huérfana medio paranoica de un planeta perdido. Reencontré a Aurora mucho tiempo después de haber creado su sosias, cuando la novela ya había salido a la calle, y le regalé un ejemplar. No le comenté nada de la dedicatoria. Si algún día me la vuelvo a tropezar en alguna calle de mi ciudad, comprobaré por su reacción (si me abraza o si me da un bofetón) cómo le sentó que la convirtiese en emperatriz de un Imperio.

Parece mentira que novelas tan dispares como “Mystes” y “El Tercer Nombre…” pertenezcan al mismo universo. La primera está contada al estilo del realismo mágico sudamericano, llevado a un entorno de CF, mientras que la segunda es más una tragedia griega con ínfulas de Star Wars. En “Mystes” ni siquiera se hace la más mínima referencia al Metaverso ni a los planetas o a los poderes psi que conforman el cuerpo principal de la otra. ¿Cómo es posible, entonces, que estén estrechamente relacionadas?

La conexión se explica en la tercera novela de la serie, “ARPAS EN TEMPLOS LEJANOS”. Ya la tengo escrita, aunque pospondré su publicación como mínimo hasta que haya concluido la actual. En una ocasión, Luis G. Prado me dijo que yo era perfectamente capaz de escribir dos o más novelas al mismo tiempo, pero no es verdad. No soy tan inteligente. Prefiero centrarme en una y rematarla bien antes de abrir un nuevo documento de Open Office con el título y la sinopsis de la siguiente.

Esta conexión que enlaza las tres novelas resulta fundamental para comprender el porqué de todo. Es el eslabón perdido, el engranaje que falta para que el lector entienda qué es en realidad el Emperador Gestáltico; qué son los Cubos Mystes y por qué contienen acertijos; quién los creó y para qué; por qué Sandra fue la elegida; qué enigma encerraba el cubo de Norte y, lo más importante de todo: qué demonios estaba haciendo el Über-Id de Sandra, el Emperador Gestáltico, cuando lo destruyeron en la sangrienta batalla de Delos. Un buen montón de cabos sueltos que quedaron en el aire en las dos anteriores novelas, esperando una oportunidad que los atase. Y esa oportunidad llegó con “Arpas…”

Aquí tenéis un pequeño fragmento de la nueva novela, a ver qué os parece:

(…)

La segunda vez que Jan Delvian pensó en la edad aquel día fue mientras se miraba a un espejo. Unas hebras grises eran visibles en su melena azabache, perfectamente cortada y recogida con un lazo formado también por cabellos, pero no suyos, sino de su esposa Ann. Aquellas hebras le recordaron que ya estaba más próximo a los cuarenta que a la década precedente, a ese momento decisivo en que un hombre debe saber con certeza cuál es su lugar en el mundo y hacia dónde se dirige.

            El traje crono-inactivo resbalaba sobre su piel como una película de espines; un instante de lluvia electrónica congelado en torno a su silueta. No se reflejaba en el espejo, así que Jan sólo pudo contemplar con nitidez su cabeza y parte de su cuello. El resto era una figura desdibujada cuyos movimientos inducían fisuras en el cristal.

            Cerró el puño, evaluando el gesto. ¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué pensar en la edad justo en ese preciso instante, minutos antes de una batalla en la que iba a jugarse la vida?

Era extraño el modo como funcionaba su mente. Cerrar el puño. Anticipar la senectud. Tal vez fuera parte del proceso de búsqueda de aquella respuesta sobre la que nunca había hablado con Ann.

            Jan, estamos a punto —dijo una voz que provenía de algún lugar junto a su oído—. Doce minutos para el primer contacto. ¿Cómo vas tú?

            —Bien. —Extendió falange a falange los dedos. El movimiento le recordó a una estrella de mar—. Estoy tranquilo.

            Perfecto. Mandamos al bot a buscarte. Puedes ir inicializando la armadura, si quieres.

            —Gracias, control. Activando noción de inteligencia.

            El traje respondió despertando a la vida como un bebé. Los espines de su tejido se alinearon con las invisibles máquinas que flotaban a su alrededor, orbitando en torno a su cuerpo a un segundo de distancia, lanzadas hacia el futuro en progresión sincrónica con el traje. Jan nunca podría alcanzarlas en vida, pero sabía que estaban allí, muy cerca, velando por su seguridad. Confiriéndole poderes prácticamente divinos para que él los empleara en la batalla.

            Hola, Jan.

            —Hola, preciosa. ¿Cómo has nacido hoy?

            A la perfección, como siempre —respondió la armadura—, aunque preveo nuevas facultades que antes no poseía. La organización espontánea de mi cerebro acaba de inventarlas.

            La puerta descorrió sus hojas. Un robot flotante apareció en el umbral, dispuesto a guiarle a los niveles superiores del edificio.

Jan se despidió del espejo, rompiéndolo con una pulsación de su dedo. Ya habría tiempo para completar los rituales después.

Siguió al bot mientras calibraba los sistemas de la armadura, ajustándolos a su secuencia de ADN. Para estar totalmente sincronizado con ella no bastaba con encenderla y ceñirla: debía fundirse con la maquinaria a un nivel tan profundo que resultase difícil saber dónde acababa el hombre y dónde empezaba su coraza. De hecho, esta alcanzando cotas realmente altas de fusión con el traje, casi del orden del noventa y dos por ciento. Todo un récord.

Arribó a la plataforma de aterrizaje en la cúspide del edificio. Era un espacio circular abierto, despejado de gente pero vigilado por docenas de robots. Jan miró al cielo, una cúpula verde azulada salpicada de nubes. La brillante Tetis se ocultaba tras el horizonte, dejando que su gemela, la melindrosa Styrge, dominara el firmamento.

Aún no había rastro del enemigo.

Noventa y tres por ciento de fusión. ¿Por qué aquellas máquinas se sentían tan cercanas hoy a su alma?

Estrellas de mar. Su hijo pequeño le había pedido en una ocasión que le explicara qué diferencia había entre los meses de octubre y noviembre: por qué uno tenía que durar más que el otro. Él había respondido que se trataba de un error topográfico: los enanitos trabajadores que habían proyectado los meses del año se habían confundido de instrumentos al medirlos. Su hijo le trajo entonces su pequeña regla de cincuenta enoooormes centímetros, y le pidió que, por favor, midiera noviembre para él.

Jan se excusó, claro, argumentando prisa por completar alguna nimiedad, y ahora se descubría arrepintiéndose.

Ojalá pudiera haberlo hecho tiempo atrás. Ojalá él también poseyera un mapa de noviembre.

—Estoy listo —anunció por el intercom—. Cuando queráis podemos desatar los gritos.

—No te impacientes, amigo —sonrió la experta en estrategias Gáimbeli Smakys en la sala de guerra, a medio mundo de distancia. Conocía a Jan desde hacía años y había aprendido a interpretar su taquigrafía verbal, a veces más expresiva que el lenguaje convencional—. Por ahora el contacto no ha rebasado el anillo defensivo en torno al sol.

            Colocó el canal que los unía en estado de espera. Tenía mucha experiencia con los guerreros y sabía lo verborréicos que se volvían cuando se ponían nerviosos.

            —¿Estado del objetivo? —preguntó.

            —A punto de atravesar la cromosfera solar. Se ha colocado en una trayectoria de aproximación que interceptará la órbita de nuestro planeta en once minutos.

            —¿Velocidad?

            —Dos potencias de c. Tiene una masa de aproximadamente dos mil toneladas métricas, y una longitud de noventa metros.

            Gáimbeli arrugó el entrecejo. Era demasiado pequeño. Las últimas cinco manifestaciones que les habían visitado tuvieron el tamaño de la segunda luna de Cerbero, y un quinto de su masa. ¿Por qué ésta era comparativamente tan minúscula? ¿Habría un propósito inteligente en la nueva variación?

            —No me gusta —barruntó—. Usaremos el cordón defensivo lejano. Preparados para disparar.

            La computadora obedeció, impartiendo órdenes a las naves de guerra que protegían Cerbero. Las protestas de los oficiales no se hicieron esperar: una retahíla de comunicaciones taquión invadió con frustración los canales. No entendían por qué debían arriesgar sus naves acercándose tanto al enemigo, si en cada ocasión previa el armamento convencional había demostrado ser inútil contra las manifestaciones. Por algún motivo, éstas sólo eran vulnerables al contacto con un ser humano.

            Para ser franca, Gáimbeli tampoco podía explicarlo, pero prefería arriesgarse a experimentar tácticas nuevas a recurrir a las que habían tenido éxito en el pasado. El enemigo, fuera quien fuese, podría haber estudiado sus estrategias y haber diseñado esta forma para combatirlas.

            —Cordón defensivo preparado —advirtió—. Abran fuego en cuanto estén listos.

            Las cortinas de datos quedaron cegadas durante breves instantes, mientras cientos de pequeños soles en miniatura ardían sobre el enemigo. Fue tal la fiereza de la detonación, que la energía liberada envolvió a todos los planetas del sistema con un manto de rayos gamma.

            Gáimbeli tableteó con sus dedos en la consola.

            —Vamos, vamos —urgió—. Necesito conocer el estado del objetivo. ¿Ha sido destruido?

            —Negativo —informó con voz relajada el ayudante—. Las lecturas muestran una atenuación muy leve en el campo Riemann, pero se mantiene estable. No parece haber sufrido daños de importancia.

            Por primera vez apareció una imagen del objeto. Gáimbeli escuchó cómo una voz lanzaba una exclamación de asombro por el canal secundario: Jan podía ver todo lo que ocurría en la sala de guerra gracias a la conexión con la armadura.

            El objeto parecía una metáfora de la alieinidad. De lejano parecido a una mancha solar compuesta de mercurio, su rotación cambiaba de sentido cada pocos segundos. Las computadoras la analizaron y trataron de inferir sus propiedades; cualquier dato, por nimio que fuese, les sería tremendamente útil en los próximos minutos.

            —Su eje Y parece ser el que gobierna su física. A partir de ahora lo llamaremos cuerpo extraño Y-26 —decidió Gáimbeli, recogiéndose el pelo.

—Catalogado —respondió el ayudante—. Atención: segunda andanada entrando en el espacio normal… ahora.

            El siguiente ataque estuvo compuesto por proyectiles de masa digital. No sabía si tendrían alguna utilidad contra la manifestación (era imposible establecer si poseía algún sistema nervioso que la gobernara. Había muchas otras maneras de controlar un ente con cierto grado de autonomía en el universo, aparte de la inteligencia), pero quería agotar todas las posibilidades.

            Tampoco pareció verse afectado. Suspirando, la estratega maximizó la ventana que la mantenía en contacto con su soldado.

            —Jan, prepárate —advirtió—. Entras tú.

            De acuerdo. Todos los sistemas listos.

            De repente, hubo una variación. El objeto aceleró sin previo aviso, acercándose a la órbita de Cerbero de un salto instantáneo. Las alarmas se dispararon. Los cruceros de combate alzaron sus escudos y se prepararon para vaciar las santabárbaras.

En la sala de guerra, Gáimbeli alzó una mano perentoria, obligando a la flota a permanecer tranquila.

            —¡No ataquen al enemigo! —gritó por el intercom—. Que nadie abra fuego: volvemos al plan original. Jan, puedes comenzar tu ataque.

            Los capitanes asintieron, preparando sus ojivas cuánticas. Los sensores de puntería de un centenar de destructores se fijaron sobre el blanco mientras, muy abajo, en el planeta, un hombre hablaba con la armadura que lo llevaría a la batalla…

(…)

Uf, aún se me ponen los pelos del bigote de punta al recordar esta escena, y eso que la escribí hace más de un año.

Espero haber cerrado bien el ciclo con esta última novela. Odio dar excesivas explicaciones en mis libros sobre lo que realmente está pasando, pues una pequeña dosis de misterio nunca le viene mal a una trama, pero me consuelo con pensar en que a cada nudo atado le corresponde la creación de un nuevo misterio. Por cada puerta que se abre, otra más permanece cerrada y otros dos caminos despuntan en el horizonte.

Es, en esencia, la rutilante magia de crear historias: que sus posibilidades son infinitas.