El Teatro Secreto

Enero 2, 2008

Aquí tenéis un adelanto de mi próxima novela. Estuvo nominada al premio Minotauro, y es una fantasía gótica situada en un Londres actual… o quizá no tanto:

Condujo su coche hasta las cercanías de Jack’s Bridge. La noche anterior había sacado de la cama a sus hijas para hablarles de la cara oculta de la Luna. Ambas le miraron desconcertadas, guiñando los ojos para mitigar la luz. Claro, ellas no comprendían. Tal vez debería coleccionarlas, como a su esposa: serían una hermosa adenda para su libro.
Una mezcla de dudas, miedo y preocupación religaba en su mente mientras circundaba la manzana. A su alrededor caía la noche: podía ver los tejados teñidos de ocre, sin una sola nota de color, cubriendo edificios con ventanas que empezaban a reverberar con un tenue resplandor dorado. Al extremo de su visión, las ventanas se distorsionaban, llenándose de persianas caídas. Las aceras y los porches rodeaban los edificios como armas defensivas, protegiéndolos hoscamente contra la intrusión de entes ajenos. Los escaparates de las tiendas alargaban su resplandor en estelas diabólicas, llenas de una gélida malicia hacia las figuras que caminaban anónimamente por la calle. A todo se sumaba el aspecto taciturno de los viandantes, deambulando ociosos, dotando al cuadro de una cualidad perturbadora, inquietante.
Sí, algo había cambiado en la ciudad. Londres sentía la presencia de un visitante inesperado, uno al que no estaba preparada para alojar.
(…)
—¿Dónde se ha metido?
La niebla deformó sus palabras, tamizándolas a través de una cortina de aire plástica.
George señaló una silueta apenas visible diez metros por delante.
—¡Allí!
—Por Dios, jamás había visto un caldo tan espeso.
Bernard aparcó el coche en un espacio del puente reservado a bicicletas y se apeó. Su compañero hizo lo mismo, recogiendo del maletero una mochila con una cámara digital.
—Si se da cuenta de que le seguimos, se acabó la fiesta.
Comprobó la batería, cerró con llave el vehículo y se apresuró a alcanzar a Bernard. Se habían propuesto seguir al hombre que había hablado con Pradyr en el pub, pero a simple vista no era más que un vagabundo sin techo que, aparte de dormir en el metro y deambular erráticamente de un lado para otro, no hacía nada más durante sus cortos días.
—Es igual; hagámosle la entrevista y no perdamos más tiempo. Este lugar me da escalofríos.
El borracho los había conducido al puente para desaparecer luego como arrastrado por la bruma. El tráfico se había reducido a su mínima expresión. No les extrañó: nadie en su sano juicio atravesaría Jack’s Bridge en un día semejante, habiendo otros puentes.
Bernard se aproximó a la silueta que permanecía inmóvil junto a la baranda. Era alta y delgada, de complexión recia. Su cabeza colgaba en un ángulo difícil.
—¿Disculpe? —tanteó el periodista—. ¿Ha visto pasar por aquí a…?
El desconocido giró la cabeza para mirarle.
Fue ese movimiento el que alertó a Bernard: un hombre no gira la cabeza de ese modo, sin mover un solo músculo del resto del cuerpo, como si la extremidad fuese un periscopio, un trozo de carne situada al extremo del cuerpo que sirviera únicamente para otear sobre la maleza.
El periodista trastabilló. De repente, su magnífico plan para averiguar dónde se escondía el organizador de duelos pareció una mala idea.
—¿Qué pasa? —preguntó su ayudante, cámara en ristre.
—Será mejor que nos larguemos de aquí —sugirió Bernard, echando a correr hacia el vehículo.
—¿Por qué? Preguntémosle a este tipo si ha visto al borracho.
—¡George, ven! —gritó Bernard, sacando las llaves de su bolsillo.
Antes de que lograra encajarlas en la cerradura, sucedió.
La sombra se abalanzó sobre George, todo brazos y piernas y patas de animal. El hombre no llegó a gritar: una boca ansiosa se abrió dentro de otra, estirándose hasta abarcar su perímetro craneal. Los colmillos cayeron como escarpias abarcando desde su frente hasta su cuello.
Cuando mordieron, ejerciendo la fuerza de un martillo neumático, la cabeza de George estalló contra el paladar del monstruo como un huevo podrido.
A Bernard le fallaron las manos. Dejó caer las llaves y abrió la boca para desatar un grito, pero éste se ahogó en la náusea.
—Santa madre de Dios… —logró balbucear, mientras la cosa se comía a su compañero, sorbiendo sus fluidos a través del amasijo de carne que antes había sido su cara.
Bernard abrazó el asfalto, buscando las llaves. Las encontró en un charco sucio, agua mezclada con orina de perro. Las sacó de allí y, sin preocuparse por limpiarlas, las usó para entrar en el vehículo.
Un objeto cayó sobre el techo, deformándolo hacia dentro.
Bernard arrancó, equivocándose con el embrague. El motor eructó y dejó de funcionar. Lo intentó de nuevo, contó hasta cinco, tomó aire y se ciñó a lo que solía hacer a diario por instinto, concentrándose en cada paso: girar la llave en el contacto, pisar el embrague, soltar el freno de mano.
Algo bloqueó el resplandor de la farola que iluminaba el asiento del conductor. Bernard giró lentamente su cabeza.
Apenas a quince centímetros de su cara, al otro lado de una ventanilla endeble como papel de fumar, estaba el rostro de aquella cosa. El vaho de su aliento dibujaba Rorschachs sobre el cristal, una mariposa sin alas por segundo. Dos ojillos perfectamente simétricos, pequeños y redondos como los de un tiburón, cimbreaban en sus órbitas. Muy lentamente, sus mandíbulas (aún manchadas de la sangre y fragmentos del hueso parietal de George) se abrieron, arremangando los labios sobre delgados sables calcificados. Dos bocas compartían el mismo espacio, una dentro de la otra, ambas independientes y con sus propios músculos para empujar la comida.
Bernard sintió cómo el cabello de sus sienes perdía su color, llenándose de canas. El monstruo exhaló una vaharada de algo denso (sonidos, tal vez), y amagó un movimiento de presión contra el cristal.
Algo lo distrajo.
Elevó sus cavidades nasales para olisquear la niebla y se alejó del coche. Sin lógica, sin motivos. Tan sólo olfateaba.
La cosa rugió en la noche, y de un prodigioso salto se perdió de vista.
Cinco minutos después, Bernard completó el cuarto de giro del contacto. Con los ojos fijos en el infinito, metió la marcha atrás, cruzó por encima del cadáver de su compañero y pisó el acelerador.
De alguna manera logró llegar hasta su casa. Apenas recordaba instantes difusos del proceso (él mismo saltándose un semáforo, atropellando a un perro —puede que también a su dueño—, cruzando al doble de la velocidad permitida un túnel de nombre similar a donde había muerto Diana de Gales), y tomó conciencia de sí mismo en el momento de tumbarse en su sofá de pensar.
Pensar.
El reloj de Beyoncé que había adquirido por Internet subrayó las 11 a.m. con un sollozo orgásmico. El tiempo se desgranaba deprisa, a estallidos.
¿Qué demonios había ocurrido? ¿Dónde estaba George?
¿Por qué no le acompañó en el coche durante el camino de regreso?
Tal vez un poco de ginebra le ayudase a organizar sus ideas. Siempre bebía cuando se enfrentaba a un reportaje difícil.
Fue hasta el mueble bar y extrajo una botella. Se daba lástima a sí mismo cuando llenaba de más el vaso: la imagen que le devolvía el espejo le recordaba a un hombre —que se tenía a sí mismo por inteligente— abrevando en la alberca de los necios. Su segunda mujer había muerto de cirrosis por subestimar el peligro. Era una azafata con caderas tendentes a ensanchar y un ex marido celoso obsesionado con la música latina, que conducía un programa en Radio KAB 1340 llamado “ApoCalipso”.
La había conocido en un viaje de negocios a Estocolmo… o eso había dicho en el periódico; realmente estaba persiguiendo vidas (su primera vez, un tipo alto de Brandemburgo con afición a coleccionar los ojos verdes que le miraban), hasta que chocó directamente con la suya.
Aún guardaba una foto de su primera cita junto con los libros de animales salvajes afric…
Colmillos.
Se miró en el espejo. Sus sienes estaban completamente encanecidas.
Tuvo una revelación que duró exactamente catorce coma cuatro segundos: enfermedades de diseño y veteranas plagas correteaban unas detrás de las otras por las ciudades del continente cuyo nombre empezaba por “J”, matando selectivamente a todo hombre, mujer y niño que no hubiera bebido leche la noche anterior.
Dejó caer el vaso, que se estrelló derramando su contenido en la alfombra.
¿Por qué pienso en colmillos?
Un zumbido salvaje atravesó de punta a punta su cabeza. Aunque no estaba seguro de los motivos, tomó aire, expandió el pecho, y lanzó un alarido de puro pavor visceral que alarmó a los vecinos.

Una respuesta a “El Teatro Secreto”

  1. Caro dijo:

    Y me vas a dejar con las ganas… Si me haras comprar la novela y todo… Chorradas a parte, esos párrafos se leen muy interesantes. Me acuerdo de cosas más antiguas que me habías dejado leer y, aunque suene obvio porque eso fue años ha, se nota una increíble mejora de estilo. En fin, que ya me firmarás una copia.

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