Esto es una movida que escribí anoche. No sé, puede que la continúe hasta que alcance la longitud de cuento o de noveleta:
Y digo esto aún a riesgo de caerle mal a Malta. Malta es una muchacha de veinte años, o por ahí, de pelo jengibre y rubia-por-todas-partes, de un modo como sólo pueden serlo o disimularlo las mujeres. Está sentada en la terminal de salidas del aeropuerto, medio adormilada por haber fijado durante mucho rato su vista en los monitores. Viste ropa que semeja pijippy pero no lo es, realmente se la ha fabricado a partir de lo poco que aprendió en aquella escuela para señoritas donde quiso recluirla su madre. Su camisa de franela es elegante pero no lleva el cocodrilo que les muerde la teta a las niñas bien. Y mira los monitores. Todos los miramos. Forma parte del juego. Luego, cuando no podemos más, alguien avisa que se va a echar una cabezada y los demás toman el relevo, o se levantan a hacer pis, o a echarse un pitillo en la zona restringida. Da igual, todos necesitamos tomarnos un respiro de vez en cuando. En esos monitores podría aparecer en cualquier momento el número del vuelo que estamos buscando, o podría no salir nunca.
Llamadme Ismael. Todavía respondía por ese nombre al principio de esta historia, cuando trataba de captar como una antena parabólica los ritmos y convulsiones del mundo bohemio de Madrid. Porque Madrid tuvo también su sesgo bohemio, en una época en que Sabina aún rasgaba las cuerdas de una guitarra en el backstage, y los noventa parecían un sueño distante (una franca promesa de ser más viejos), y las Olimpiadas aún no se habían celebrado en una ciudad que antepuso su idioma al del país que representaba (¡con dos cojones!). Sí, Madrid fue bohemio… y acabó suicidándose, como tantas otras ciudades y tantos otros apóstatas de la felicidad. Acabó vendiendo lo único que no podía obtener ningún beneficio por vender, y lo pagó caro. Ahora, sólo los tíos como yo con un nombre que empieza por I quedamos para atestiguar que el soplo del arte aún sigue existiendo, aunque camuflado, invisible ante ojos no entrenados.
Malta se pone en pie. Se me acerca con ese andar tan simpático suyo, mezcla de pato y bailarina con dos tragos de más, y me dice que va al baño, que tengo que relevarla. Yo ocupo su sitio, está caliente y huele a perfume barato, clavo mi vista en el monitor: UBS 7012 con destino a Hawai está a punto de pegarse un subidón por la pista tres. Vale, ese tampoco nos vale. Ni siquiera sé si Hawai existe realmente o es un invento de las compañías de viaje. ¿Conocéis a alguien que haya estado allí y haya vuelto para contarlo? Estoy casi seguro de que ese archipiélago se hundió en el mar hace tiempo, pero nadie quiere admitirlo para no parecer idiota.
Algún día me sentaré aquí mismo y veré mi vuelo señalado en la pantalla. Ese día se cumplirán todos mis sueños. Llegará.
—¡Syd ha descubierto de nuevo la Verdad!
Todo esto no tenía que haber sucedido más allá de 1979. Aquella fue la efeméride del primer contacto con un extraño fenómeno, la creación de un grupo de metabolatas de tres al cuarto que, mira por donde, estaban destinados a llegar muy lejos. ¿Quién nos iba a decir entonces que la diosa fortuna nos bendeciría con su nívea mano? Como todos los adolescentes colgados por el ácido y que pensábamos, santa ingenuidad, que el progreso natural de la sociedad iba en nuestra dirección, nuestro sueño era formar un grupo de rock, luego hacernos ricos, y después comprar a precio de oro los derechos de la psicodelia para convertirla en fenómeno de masas. Por ese orden. Consumo masivo de esperanza y amor del que ya no se destila, el que venía empaquetado en camionetas flower-power en la época de nuestros padres.
Pero 1979 se fue y no dejó herencia. Tenía que haberse cruzado con otro año bisiesto para tener bisiestitos, pero no lo hizo. Y allí permanecimos nosotros, hijos del cuelgue literario, suspirando porque la maldita inspiración nos había dejado huérfanos. Carecíamos de un clavo ardiendo al que agarrarnos, y quedamos como verdaderos estúpidos cuando el mundo hizo balance de lo que le gustaría conservar y lo que no de cara a la nueva década. ¿Sabéis cómo son las papeleras de la herencia cultural vistas desde dentro? Creedme, yo sí.
—¡Syd ha descubierto de nuevo la Verdad!
Ese que grita es mi compañero, Arturo, prácticamente el único colgado del mundo que no tolera las drogas. Le admiro por eso. Viene corriendo hasta mí, se arrodilla delante de mi asiento como si yo fuera a expiar sus pecados, y me repite su eslogan. Syd vuelve. Syd ya está aquí, y ha descubierto algo importante. Cuando le pido explicaciones, suelta una retahíla de pensamientos que apenas conducen a ningún sitio, pero que logran ponerme los pelos de punta.
Syd Barrett, el mayor bohemio que he tenido la suerte de conocer en mi vida. El emperador de los profetas, dios panteónico de los iluminados. Ha vuelto. Y trae un mensaje con él. Me importa un rábano si está escrito en losas de piedra o en resmas de papel higiénico, en cuanto Arturo me da la noticia me pongo en pie, le grito a Malta que vuelva a recuperar su asiento, salgo corriendo del aeropuerto y saco las llaves del coche. Estoy eufórico. Él ha vuelto, y quiere decirnos algo.
Malta ha preferido venirse conmigo, no cumplir con su guardia. A ambos nos gustan mucho estas movidas, performances las llamamos a veces, cuando no encontramos otra palabra mejor. Nos subimos al coche, un escarabajo descapotable con restos de pintura sobre pintura, y arrancamos de allí. La policía nos mira al pasar. Ellos captan el código, no son tontos: saben de las camisas, los pendientes, los mandalas, las chupas de cuero, la música con mensaje, los muñequitos de trapo en el salpicadero, la hierba escondida en el paquete de Ducados, el reloj que hace tick tock… Todo lo que nos identifica. Pero aún no saben lo que es una performance. La inventaron unos tíos como Syd hace unas décadas. Consiste en tener un sueño onanista del espíritu y llevarlo a cabo, cueste lo que cueste, fundamentándonos en las teorías de Melflew. El menda este era un filósofo que defendía, en pocas palabras, la probable ocurrencia de todo. Que hasta la fecha no hubiera aparecido en los campos una oveja de dos cabezas que bailara flamenco, no significaba que mañana no pudiera aparecer. Así de asombrosa es la cualidad combinatoria de las matemáticas, pero lo que para él fue la demostración de un término científico, para nosotros era la constatación de que los sueños podían hacerse realidad.
Lo de los aviones se le ocurrió a Malta. Dijo un día, cuando estábamos en el garaje: “Sabéis cuáles son los monitores esos que hay en los aeropuertos que anuncian los vuelos, ¿no? Pues dice Melflew que, porque hasta ahora no haya salido un avión que vaya a una isla del Pacífico donde sea legal que las mujeres esclavicen a los hombres, no significa que no pueda salir mañana”. Y nos pareció buena idea. Llevábamos dos semanas montando guardia en el aeropuerto por si el bueno del filósofo había acertado con sus teorías, cuando llegó la noticia sobre Syd. Y aquí estamos, conduciendo nuestro escarabajo plateado, turbo diesel combustión psicotrónica, rumbo a lo que Syd nos tenga que decir. Rumbo a lo desconocido.
Mientras me saltaba semáforos rumbo a la base, ¡el garaje hermético!, pensé en qué significaba para mí todo aquello. Catalogué los recuerdos que tenía de Madrid según su grado de acidez. Cada uno observábamos la realidad de manera diferente, es cierto, pero compartíamos una serie de premisas: no queríamos que nuestro tiempo pasase, y convertirnos en reliquias vivas de un periodo carbonífero de la conciencia ciudadana. La urbe capitalina era una mancha en el retrovisor, una pátina bidimensional que resbalaba sobre el parabrisas. Un horizonte plano que, pegado con silicona a la parte de atrás del parachoques, se balanceaba arriba y abajo (horizonte arriba, horizonte abajo) a medida que superábamos los baches del terreno. Pero, como casi cualquier cosa en esta sociedad hiperfagocitadora, recicló sus encantos como una puta barata que se afilia a un sindicato. Pasó con todos los grandes movimientos juveniles de la década de los 60, y pasaba hoy en día también. Los clubes de rock habían sido sustituidos por antros donde los jóvenes no iban a escuchar música, sino a ponerle una banda sonora sexual a sus deslices con el éxtasis. Puto raeggetón. Los cafés románticos donde los últimos músicos de jazz se reunían para tocar el saxo también se fueron, así como las farolas bajo cuya luz podíamos apoyarnos para hablar con los colegas y parecer Sinatra en una peli de la Metro. El Corte Inglés elevaba sus monolitos grises por doquier, exigiendo sacrificios de sangre por venderte un sándwich, mientras a sus pies las antiguas tiendas de discos, las que tenían cajas donde podías revolver y marcharte a casa embriagado por el olor a vinilo, se convertían en cinebanks regidos por despiadados cerebros electrónicos que no te pasaban una.
¿De qué sirve luchar contra el sistema si éste acaba absorbiéndote como una esponja grasienta? Tal vez la mejor forma de vivir fuese irnos a esa isla de la que hablaba Malta, donde las mujeres esclavizan a los hombres. A mí no me importaría ser su esclavo. Sería una vida cómoda y alejada del mundanal ruido. Ojalá salga ese avión, Melflew dixit.
Entramos en el garaje con una sacudida de amortiguadores. El resto de la peña estaba allí, enfrascados en sus movidas a cada cual más extraña. Aparqué en un lugar cualquiera y preguntamos si alguien más sabía la noticia. Sí, por supuesto que sí, de allí había partido la buena nueva. Aquel lugar, como solía suceder, era la forja de los mitos.
—¿Ya os han dicho lo de Syd? —me preguntó Capitán Sevilla, obviamente. Era retórico, pero continué con el juego.
—Claro, venimos del aeropuerto. ¿Alguien le ha entrevistado en persona?
El Capitán me miró con espanto. Claro que no, pensé, qué estúpido. Los grandes milagros debían venir en pequeñas dosis, o no habría cerebro humano capaz de soportarlos. Una cosa era haberse enterado de la buena nueva, y otra exigir que alguien hubiese hablado con el maestro en persona, nada menos. Así eran las cosas en el club de los excéntricos: las noticias sobre el onanismo filosófico eran tan importantes que sólo la mera posibilidad de que fuesen reales ya causaba una revolución en nuestro modo de vida.
—Aún no tenemos muchos detalles —murmuró el Capitán, como si un espía del KGB pudiese estar escuchando detrás de la puerta—, pero los indicios de que algo pasa son innegables: Syd ha descubierto una información terrible, que podría cambiar el curso de la historia. Pronto la compartirá con todos.
Y se va, dejándome más plantado que un geranio en un tiesto. Malta y yo cruzamos una mirada de inquietud. El Capitán siempre ha sido críptico en sus charlas, pero con los años he aprendido a interpretar su taquigrafía verbal. Este sitio está lleno de gente como él. Algunos vienen, otros se van, pero el garaje conserva una proporción equilibrada de locura que hace que nunca se desvirtúe. El Capitán mismo, para que os hagáis una idea, es una reliquia viva de los tiempos en que coleccionar cómics era algo trascendente. Tuvo una tienda propia, hace décadas, o los importaba directamente desde la Fuente (cuando el Capitán hablaba de los Estados Unidos en materia de cómics, no decía “ese país”, sino “la Fuente”). Con él podías sentarte a hablar durante horas sobre temas tan enrevesados como por qué la capa de Superman era roja (¿un guiño de sus creadores a las bondades del comunismo, tan peligroso de defender en su época?), o por qué the Flash hablaba a velocidad normal, cuando lo lógico sería que, si su cerebro funcionaba a la velocidad de la luz y sus cuerdas vocales iban a la par, de su boca sólo debería salir un galimatías sin sentido. Hablar de estos temas como quien comenta la política mundial, era lo que hacía grande a gente como el Capitán. Luego estaban sus manías, por supuesto, pero esas las tenemos todos. Él llevaba años esperando a que se publicase el número de la colección de Wonder Woman donde cortaba su flirteo con Batman de manera oficial, para declararse de rodillas a la amazona de pechos edípicos. Y que a nadie se le ocurriera decirle que ella sólo era un personaje de cómic, porque la bronca podía ser legendaria.
Malta se encogió de hombros y entró en la zona de guardería infantil del garaje. Dos hombres y una mujer que para mí eran perfectos desconocidos estaban allí, de guardia, cuidando a los churumbeles. En total, en el garaje podía haber siempre una población de entre seis y doce niños, la mayoría llorones y alborotadores, pero que nos levantaban la moral a todos. Siempre es bueno, entre tanto viejo chiflado, que haya representantes de la juventud cerca. Malta se sentó, charló unos minutos y se levantó la camisa. Sus tetas se volcaron fuera de la franela como un torrente de carne sonrosada, y sin pensarlo dos veces cogió con dulzura a uno de los bebés y lo enchufó a su pezón. Malta pertenecía a esa generación de mujeres que a los trece años ya había desarrollado suficiente pecho como para alimentar a media Escandinavia. El petite suisse, dijeron los expertos. Era una visión sublime, sentada sobre los cojines amamantando, mientras intercambiaba chismes con los otros cuidadores, ¿cómo está Laura, bien?, y mira qué limpito lo tienen todo…
Yo, por mi parte, no podía esperar. Necesitaba con urgencia datos sobre lo que estaba pasando, y estaba claro que el Capitán no me los iba a proporcionar, así que opté por no interrogarle y, en lugar de ello, acudir a nuestra Fuente particular. No la de los cómics, claro, sino la de todo este universo alucinante y alucinado que los Ácido compartíamos.
Me refiero, claro está, a las reuniones del Cuelgue Literario.

