cambiar de piel, cambiar de estilo
Diciembre 20, 2007
Muchas veces he pensado que escribir es cambiar de piel, de ojos, de forma de apreciar el mundo. Es convertirse en un émulo del dragón chino que muda sus escamas con cada luna llena, para renacer al alba como un ser distinto, nuevo e inocente ante el mundo que lo verá morir de nuevo en 24 horas. Antigua es la polémica sobre el contenido y el estilo de una narración. ¿Qué es más importante? ¿A qué se le debe prestar más atención? Hay escritores que conceden mucha importancia al contenido de su obra (al discurso, a lo que ocurre, a cómo ocurre, a lo que quieren decir una vez concluidos tantos párrafos) y se olvidan un poco del estilo. Y, por contra, hay otros a los que la forma (la ambientación, el atrezzo, las descripciones, el feeling de la historia) les puede más que el fondo. Es una discusión estéril, ya que como diría un sabio, es en el equilibrio donde se encuentra la armonía. Hay que cuidar lo que se cuenta, por supuesto, pero también cómo se cuenta.
El problema viene cuando ya tienes la historia en la cabeza, y te enfrentas a una ardua decisión: ¿cómo enfoco esta historia? ¿Desde qué punto de vista la narraré? Un libro se puede subdividir fácilmente en dos partes bien diferenciadas: el continente (la envoltura que da forma y textura a lo que se cuenta) y el contenido (lo que realmente estás contando). Una puede llegar a ser tan fuerte que sublima a la otra, defecto que en ocasiones hace que una novela sea más frívola de lo que planificamos. Una de las cosas que el lector experto aprende a hacer con los años es pelar las capas de la cebolla, mirar más allá de la parafernalia que adorna un libro para llegar a su mismo núcleo. Todos aquellos que hayan leído Hyperion, la obra magna de Dan Simmons, sabrán que la historia que hay de fondo es, básicamente, la misma que la de Terminator: en un futuro impreciso la humanidad ha perdido la guerra contra las máquinas (las IAs), y un caudillo guerrero (el hijo de uno de los protagonistas) es la única esperanza de salvación, por lo que la mente malvada (la IA) manda hacia atrás en el tiempo a un asesino (el Alcaudón) usando una máquina del tiempo (las Tumbas del planeta Hyperion) para que lo solucione. Simmons cogió una historia que a estas alturas está muy choteada y la envolvió con cientos de capas de literatura en estado puro y referencias frikis para darle otra apariencia. El continente, una vez más, da forma al contenido hasta hacerlo irreconocible, y, por lo tanto, “nuevo” frente los ojos del lector. Esto no le resta calidad a la novela, todo lo contrario, pues en el reciclaje de viejas ideas y su adaptación a los tiempos modernos es donde a menudo se despejan los nuevos senderos creativos.
Cuando eres escritor debes conseguir este equilibrio. Si la forma y el fondo se enfrentasen en una guerra, el único resultado posible deberían ser las tablas. Y la ciencia ficción es un campo inmejorable para experimentar. Si vas a escribir una novela cuyo protagonista pertenezca a un mundo anclado en el siglo XIX, por ejemplo, el estilo con el que debes contar la historia debe respetar esta decisión de trasfondo. El entorno que rodea a un héroe que vive en un universo así no debería friccionar con el tipo de fantasía que estás operando. Por ejemplo: en una hipotética novela sobre un viajero del tiempo de la era victoriana, no debería darle miedo al escritor usar conceptos como “flogisto” (por mucho que se haya demostrado posteriormente su invalidez dentro del mundo de la ciencia) para explicar el funcionamiento de la máquina. O si tu personaje vive en el universo pop de la CF de los sesenta, sería ilógico usar terminología moderna como “quasars”, “programación cuántica” o “plegamiento multidimensional del espacio”. Más bien usaremos “fulgurantes” (en lugar de desintegradores), “bólidos” (en lugar de cohetes) y otros términos que suenen a retro-ciencia. Adaptarse no es claudicar, sino mejorar nuestras posibilidades como escritor. Y si alguien, cuando lea una novela tuya ambientada en la edad media, se sorprende porque los personajes hablan de esta guisa: “Perdone vuestra merced…”, no es que estemos siendo anacrónicos. Ni anticuados. Es que hemos ganado la partida a la ambientación.
Diciembre 22, 2007 en 8:16 pm
Nada mas que pasar por aquí a saludarte personalmente que me acabo de enterar que inaugurabas piso, quiero decir blog.
Pues sea usted bienvenido al mundo bloguero y descuide que será visitado y enlazado.
Un abrazo y FELIZ NAVIDAD y eso
Diciembre 24, 2007 en 7:14 pm
Ja ja, muchas gracias, Alfonso. Un placer que te pases por aquí.