Hola amigos. Habréis notado que este mes llevo un poco de retraso en la actualización del blog, pero tengo excusa: hace como una sema nació mi hija Thais. Me temo que una cosa tan pequeña es como un inmenso agujero negro que consume el espacio-tiempo de los adultos que orbitan a su alrededor, por lo que esta adenda va a ser más bien corta. El mes que viene ya dejaré una más larga, para compensar. Por ahora estoy lidiando con noches en blanco, la espantosa programación de la TV a las tres de la mañana (alguien debería escribir un cuento sobre esto, creedme), y acostumbrándome a esa palabra tan extraña, papá…

Cuento Inédito

Marzo 31, 2008

Hola a todos. Aquí os dejo un cuento inédito de Piscis de Zhintra, uno de mis primeros personajes. Es breve pero simpático. Se titula “Experience PZ”:

París, 1985

             —A ver, colócate junto al micrófono. ¿Estás cómodo?

            —Uhm… no sé. No creo que el lavabo sea un buen lugar para una entrevista. ¿Qué tal la sala de estar?

            —Tú quisiste ser original, ¿recuerdas? Todo aquello de la explosión de creatividad del escritor y los lugares inverosímiles para las palabras más inauditas. Son expresiones de tu propia cosecha.

            —Ya sé que dije esa estupidez —murmura—, pero entonces estaba borracho. Además, lamento desilusionar a mis fans, pero mi obra de retrete no se diferencia en lo más mínimo de mi obra normal. Ambas son basura.

            —Nadie lo diría con todo lo que vendes últimamente. ¿Puedo empezar con la entrevista, sí o no?

            —Haz lo que te dé la gana.

            La grabadora comienza a funcionar.

            —Vale, pues si te parece voy a presentarte: te llamas Jean Paul Berri, pero firmas tus libros como Diderot. ¿Ganas de incluir una enciclopedia entre tus éxitos algún día?

            —Muy graciosa.

            —Bueno: Diderot es un artista parisino, surgido (¿o debería decir alzado de entre los muertos?) de la pintura underground del onirismo sucio; compositor ocasional de música gótica, escultor, y máximo exponente de la nueva corriente estética bautizada Glump. Saluda a tus admiradoras, Diderot.

            —Hola, tías.

            —¿Qué es el Glump? ¿Por qué se llama así?

            —Glump es lo que obtienes cuando partes de algo hermosamente retro, decides que quieres hacer algo igual de bueno en tu vida, pero al final va y se te atraganta. Es lo que sucede cuando agarras los discos de música glam que juraste no volver a sacar del armario, descubres que encierran toda la verdad psicotrónica sobre el universo y te miras después al espejo. Sientes tanta lástima que en lugar de glam gritas glup, lo unes e inventas el Glump. Pura acidez de estómago.

            —Eh… vale. Pues a este chico nadie le iba a decir hace cinco años que su Glump tendría tantísima adhesión entre los grupos de artistas bohemios de los barrios bajos de París, hasta tal punto que ya hay quien hace escuela y se declara glumpiano convencido. En estos años, los discos de Diderot se han vendido, nadie ha logrado verter disolvente sobre sus cuadros, y sus performances literarias state-of-the-fart atraen público de todos los ámbitos culturales. Dinos, Diderot: ¿cómo te sentó el repentino gran éxito de tu disco Por qué la música hardcore parece compuesta por deficientes mentales?

            —Mal.

            —Las malas lenguas nos han dicho que una compañía discográfica importante está interesada en comprar los derechos (el disco fue autograbado y distribuido localmente) para lanzarlo a nivel nacional. No sé si podemos nombrarla en voz alta…

            —Mejor no.

            —Tu último trabajo es una obra multidisciplinar, un CD apoyado por un libro que se inspira en un cuadro, y tú lo has planificado todo. Se llama experience PZ, y promete sacudir los cimientos de nuestra ya castigada facultad de tolerancia al Arte. ¿Cómo surgió este PZ? ¿Qué es exactamente lo que vamos a experimentar los que lo veamos/ leamos/ escuchemos?

            El escritor hace un mohín y sus ojos se llenan de brillo.

            —La verdad es que no sé cómo explicártelo. Trata de… eh…

            —Venga, dínoslo sin vergüenza ninguna: ¡Tres materias! ¿Qué merece la pena tanto esfuerzo?

            —Pues qué va a ser: una mujer.

            —¡Una mujer!

            —Claro. Es un impulso muscular primario: sexualidad catártica. ¿Qué otro motor puede haber para lo que entendemos como pulsión creativa? —Se masajea los ojos con los pulgares—. Todo lo que yo hago conlleva una mujer de fondo, al igual que las obras de los pintores y escultores de medio mundo. Es la base de nuestro proceso cerebral.

            —¿Y el otro medio mundo?

            —Son gays.

            —Háblanos entonces de esa beldad que ilumina tus noches y tus días. ¿Dónde la conociste?

            Diderot enciende un pitillo.

            —Aquí, en mi casa, en el salón comedor.

            —Oh. ¿Una antigua novia que te llamó inesperadamente por teléfono tras años de ausencia? ¿Alguien que conociste esa misma noche? ¡Atentas, admiradoras de Diderot, porque tal vez no os convenga escuchar lo que viene a continuación! —susurra al micrófono—. ¡La vida privada de nuestro artista sale al fin a la luz pública!

            —No digas tonterías. Ella tiene más clase que cualquiera de esas furcias que se bajan las bragas en los antros demodé por amor al arte. Además, no es de este mundo.

            La entrevistadora alza una ceja.

            —¿No? ¿Estás enamorado de un fantasma, entonces?

            Diderot sale del lavabo y es seguido por la periodista hasta su sala de estar. En la pared hay un póster de Marylin que con la distancia se transforma en Groucho Marx.  Sillones de plástico verde se reparten el espacio alrededor de un futón que oficia de mesa de té.

Encima de éste descansa un artefacto muy extraño: parece una mezcla delirante entre un casco espacial y una batidora.

            —Me refiero a que no es físicamente de este mundo. Que es de otro planeta, coño. —Le da vueltas al casco, observándolo con recelo—. Un día este chisme apareció aquí, sin más, emitiendo lucecitas y ruiditos de esos que los músicos hacían con los sintetizadores de los años setenta. Al principio creí que se trataba de una alucinación del LSD que había tomado aquella noche, pero no pude evitar ponérmelo en la cabeza. Lo que sucedió después… es difícil de explicar.

            —Te sentiste ridículo.

            —Casi. Entré en contacto telepático con ella.         

            —¿Me estás diciendo… —La chica está tan alucinada que tiene las mejillas coloradas—, que un día encontraste sin más en tu salón un casco extravagante, y al ponértelo enlazaste mentalmente con una bella mujer del espacio exterior?

            Diderot echa ceniza encima del futón.

            —Básicamente. Snnnfff. Ya sé que suena ridículo… Qué demonios, es que es ridículo —ríe—. Pero es la pura verdad. Con este cacharro entro en contacto con PZ, sea quien sea.

            —Oh, entiendo. Damas, caballeros, Diderot al parecer está experimentando con esta reportera nuevas formas de arte. ¡Belleza a través de la locura! ¡Divino Daño Cerebral!  Dejemos que sea el mismo artista el que nos introduzca en sus fantásticos universos de demencia cósmica. —Le apunta con el micro—: Diderot, tus fans se mueren por conocer a tu amor platónico. ¡Muéstranosla, te lo ruego!

            El artista lo medita en silencio, algo molesto por el tono de opereta de la joven. Al final se encoge de hombros, agarra el casco y se lo encaja en la cabeza. Luces estroboscópicas parpadean en torno a sus filamentos cristalinos.

            —Tú lo has querido —gruñe—. Pero que conste que tal vez ella no desee ser molestada. Puede que ni me conteste.

Entrecierra sus párpados, centrando la vista en el infinito. Parece como si tratase de distinguir imágenes incoherentes en una bruma difusa.

No pasan más de diez segundos hasta que aparenta descubrir algo.

—Ya… la veo. Está haciendo una… un… ¿Qué está haciendo?

—¿Algo obsceno?

            —No seas burra. Está cabalgando… un animal parecido a un caballo. Es un ser cuadrúpedo… No, no puedo describirlo. Demasiado extraño.

            Las luces continúan palpitando. El micrófono no se aparta de la boca de Diderot. Éste parece confundido, como si estuviese escuchando voces. Chasquidos fluctuantes emanan del casco y texturan el ambiente con sonidos de baja frecuencia. Las longitudes de onda se entremezclan y anudan unas con otras, sumándose o cancelándose a ritmo acompasado.

De repente, Diderot empieza a hablar.

 

 

Mi montura se revolvía inquieta. Delante, a cien metros descendiendo por la cañada, el tecnoide avanzaba pisando con fuerza, hundiendo sus botas de acero varios centímetros en la montaña de basura. El olor, pese a mi mascarilla protectora, resultaba agobiante.

            Escuché una voz que reverberaba en el implante de mi cuello. La ignoré; era mal momento para distraerme. El reoll que montaba, aquella especie de cruce gigante entre rata de pantano y camello, era el animal idóneo para atravesar las montañas de basura de Julá, pero el tecnoide era listo. Se había protegido con cápsulas que exhalaban perfumes letales a cada paso que daba. Si me acercaba mucho a él mi animal caería fulminado al instante, y entonces sí que estaría en un problema. Temblé al imaginar arenas movedizas de estiércol de reoll.

            Me asombró que el mercenario supiera dónde estaba la siguiente puerta dimensional. Ahogado en una montaña de escoria de un kilómetro de altura, las últimas palabras de mi contacto habían servido para revelar su localización. Qué fin más espantoso, incluso para un traficante de pasillos dimensionales como él. Nadie se merece una muerte semejante.

            Espoleé mi montura, avanzando aún a riesgo de colocarme contra el viento. Si el tecnoide encontraba la puerta antes que yo, todo estaría perdido. Recé para que la bomba aún siguiera intacta.

            La voz en mi implante seguía dándome la tabarra.

            —¿Qué quieres ahora? —susurré, tirando de las bridas del reoll. Mi nuevo contacto (forzado, todo hay que decirlo) en la otra esfera quería presentarme a una amiga. Como si tuviera tiempo para hacer vida social en este momento.

            —¡Olvídalo! —grité en susurros—. Ya enlazaremos más tarde, ahora estoy ocupada. Adiós, Diderot.

            Y corté el enlace.

 

 

            —Creo que la he pillado en mal momento —dice el artista, desconectando el casco.

            —¿No puedes intentar establecer contacto dentro de un rato? —sonríe la periodista—. Esto es tan raro que, si quieres, me quedo a vivir contigo una temporada.

            —No hará falta. Por lo que he averiguado gracias a este cacharro, el universo donde vive PZ no es consustancial con el nuestro, ni se mueve a la misma velocidad.

            —Vayan tomando nota de las palabras raras, queridos oyentes. Al final del programa se abrirá un espacio de debate donde intentaremos explicar qué significan términos tan espantosos como “consustancial”.

            —Quiero decir que aunque mantenga el casco desconectado sólo dos segundos, al volver a arrancarlo puede que en el otro lado hayan pasado varias semanas. Si ahora trato de contactar de nuevo… —dice, tanteando el botón de activación.

            Una voz femenina le grita:

            —¡Te he dicho que ahora estoy ocupada!

            Rápidamente, Diderot se quita el casco de la cabeza.

            —No es el caso.

            La cinta de la grabadora llega a su final. La periodista se toma un minuto para cambiarla mientras su anfitrión va al excusado. Cuando regresa le tiene preparada una nueva batería de preguntas:

            —Preveo que este programa va a batir todos los récords de delirio en nuestra emisora. Y te aseguro que desde que sacamos al aire al Señor Zanahoria y su circo de pulgas con Alzheimer, jamás creí que lo superaríamos. Una pregunta con malicia: ¿qué quiere exactamente esa tal PZ de ti?

            —Es complejo. Por lo que me ha explicado, debo guardar con celo extremo este casco, pues una de sus piezas contiene un detonador de la esfera equinoccial. —Levanta enseguida una mano, pidiendo paciencia—. Sé que todo esto suena a marcianada, pero te lo transmito tal y como me lo han dicho a mí.

            —¿Un detonador equino… qué?

            —De la esfera equinoccial. No sé si sabes algo de historia de la Ciencia. —Ante la mirada perpleja de la joven, Diderot suspira y se recuesta en su sillón de plástico, relleno de agua y en el que nadan peces de colores—. Mira, no te lo tomes a mal, guapa, pero los periodistas de hoy en día sois todos una caterva de paletos. En fin, te explico: en el siglo segundo de nuestra era, un astrónomo griego llamado Tolomeo elaboró una explicación sobre cómo se suponía que estaba conformada la bóveda celeste. Colocó la Tierra inmóvil en el centro del esquema e hizo girar a su alrededor a todos los planetas, situados en ocho esferas concéntricas, detrás de las cuales estarían las estrellas. ¿Me sigues?

            —Creo que sí.

            —Vale; pues el bueno de Tolomeo tenía seguidores que enriquecieron su modelo con una novena esfera, cuyo movimiento en teoría causa la precesión de los equinoccios. Se supone que esta novena esfera está enlazada con la nuestra.

            —¿La nuestra?

            —La que alberga la Tierra. Por el mismo eje.

            —Ah, vale. Prosigue.

            —Resulta, como te decía, que esta nueva esfera era muy importante para la estabilidad del conjunto, ya que se encargaba de mantener el eje de nuestro mundo perpendicular, aunque nadie tenía ni repajolera idea de respecto a qué demonios es perpendicular. El caso es que si esa esfera reventase…

            La periodista acerca aún más el micro.

            —¿Qué sucedería?

            Diderot adopta una expresión diabólica.

            —La Tierra giraría sin control en el punto de fuga del Universo, provocando el caos más ab-so-lu-to. ¡Terror, desequilibrio cósmico, dadaísmo universal! Un holocausto de tal magnitud que sería capaz de anular el primer día de rebajas incluso en los almacenes más caros de París. Nuestro planeta se convertiría en una especie de peonza en revolución tan rápida que lanzaría a todos los seres humanos y al resto de la vida animal no inteligente al espacio en pocos segundos. Inmediatamente, las demás esferas se desequilibrarían y comenzaría una reacción en cadena de peonzas que…

            La periodista pregunta acongojada:

—¿Destruiría todo el Universo?

            Peor. Al ser lanzados al cosmos, la atmósfera se expandiría a nuestro alrededor, permitiéndonos vivir lo suficiente como para contemplar la bóveda celeste girando tan velozmente que en lugar de puntos de luz pintaría anillos blancos; algo demasiado grandioso para que los débiles cerebros humanos sean capaces de asimilarlo. Como los discos de Pink Floyd. Imagínate el cielo cuajado de anillos de plata superpuestos en una procesión infinita, girando y girando; los planetas danzando como derviches enloquecidos en los entresijos de la eternidad. —Engarfia sus dedos, enfático. Sus dientes perfectamente blancos centellean siniestros bajo la luz de la lámpara.

            —Qué bonito…

            Diderot permanece unos segundos en silencio, disfrutando del ensimismamiento de la joven, y luego explota en carcajadas. La periodista se sonroja, relajándose.

            —Idiota, te has burlado de mí.

            —No, guapa. Me burlo de lo estúpida que parece esta situación. Para ti es fácil, porque crees que estoy como una regadera (cosa que no me atrevería a discutir), pero yo creo en realidad en lo que estoy diciendo. PZ me lo ha contado.

            —¿Puedes… volver a tratar de establecer contacto otra vez? Tengo mucho interés en escucharte hablar con ella.

            Diderot se coloca de nuevo el casco en la cabeza, con gestos lentos y solemnes.

            —¿Sabes? —murmura—. Da algo de miedo darte cuenta de que tienes en la cabeza el instrumento para la destrucción final de todo lo que existe… Aunque, bueno, pensándolo bien, lo mismo debió sentir el tío que inventó los reality shows —exclama, apretando el botón de conexión.

 

 

No me alegré por la muerte de los sicarios vespasianos, y menos aún por la forma como habían elegido para enfrentarse con la realidad: estaban cercados e iban a acabar sus días en una prisión de Mundo Joya, así que sacaron a relucir viejas rencillas hasta que se mataron unos a otros, como si necesitaran una excusa para suicidarse.

Lo hicieron públicamente, disparándose a la cabeza en un tren de pasajeros. Esto era algo que ponía muy nerviosos a los patrocinadores de tales grupos de incursión: que sus miembros dirimieran sus diferencias a la vista de miles de compatriotas.

            A mí me importaba más bien poco. Cierto, había sido yo quien había largado el soplo a la policía, pero no me arrepentía. Si lograba recuperar el casco a tiempo, antes que los vespasianos, todo habría sido para mejor. Quien construyó una bomba telepática de tal magnitud tenía por fuerza que ser un demente, incluso para sus desquiciados estándares.

            Aparté esos pensamientos de mi cabeza. Disponía de unas horas de tranquilidad antes de la llegada del tecnoide a la ciudad. Venía disfrazado de refrigerador lleno de latas de leche en un yate de lujo. Posiblemente esperaría a que lo descargaran como a un bulto más e incendiaría el almacén, para escapar en medio del caos. Conocía sus trucos, y juré y perjuré que esta vez no iba a salirse con  la suya.

            Respiré con fuerza, sorbiendo de mi batido de esporas de kranty. Otra vez escuchaba la vocecita instigadora de mi contacto tras la cabeza. Por los dioses, qué hombre más impaciente.

Sonreí. La verdad es que disponía de algo de tiempo, así que no había motivo real para echarle.

            Me relajé, destrabando la parte superior del bikini, y mientras la tibia caricia del sol masajeaba mi pecho, le conté cosas que pasaban en ese momento por mi cabeza.

            Espero que no se haya asustado.

 

            —¿Has tenido suficiente material para tu entrevista? —pregunta Diderot.

La periodista apaga la grabadora, satisfecha.

            —Más de lo que había esperado. No ha sido exactamente como imaginaba, pero ha estado genial, muchas gracias. Este programa va a ser sensacional.

            —Me alegra que te guste.

            La acompaña a la puerta.

            —Cuando quieras pasar por aquí de nuevo, estás en tu casa.

            —No tengas la menor duda de que llamaré para saber cómo acaba tu aventura con ese casquito. Tenlo por seguro, Jean Paul.

            —Espero que para entonces mi disco esté acabado; así podrás poner algo como avance.

            Se besan en la mejilla y la chica abandona el piso. Diderot cierra la puerta con llave, mirando el casco espacial.

            —Mujeres de otro mundo —gruñe, depositándolo encima del primer mueble que encuentra a mano—. Qué estupidez. Qué Glump.

            Piensa que lo mejor para terminar de estropear su cerebro es tomarse otro par de pastillas. Va al armario de su dormitorio y las saca de dentro de una hucha con forma de cerdo sonriente.

            Un resplandor muy potente le golpea como un martillo. Se escucha una explosión sorda, como si de repente hubiese reventado un fragmento de la realidad.

            Diderot cae al suelo y se revuelve, parpadeando. Entre puntitos de colores, distingue una fisura que se ha abierto en la pared de su vestíbulo. Es como un corte en una instantánea del Sol, dorado y blanco como el metal incandescente, y palpita como si estuviera compuesto por membranas musculares.

            De su interior surge algo, algo grande que pasa al interior de su piso.

            Aterrorizado, Diderot arroja lejos las pastillas y se protege los ojos. La figura es grotesca, un humanoide más ancho que alto, enfundado en un traje de plástico con tuberías y alambres y maquinaria de reloj. Con uno de sus cuatro brazos sostiene algo que le apunta a la cabeza, un artefacto estrafalario de contorno fusiforme.

            El ser habla, exigiéndole cosas (que Diderot no entiende) con voz de trueno. Un ojo ciclópeo lleno de arcos voltaicos parpadea ocupando casi toda su pequeña cabeza.

El arma muta en sus manos, convirtiéndose en dos o en tres distintas, escalando con vida propia por su brazo.

            Diderot grita.

            El intruso va a usar su arma, cuando un destello vibrante de luces anaranjadas le perfora la espalda, saturando el ambiente con un olor a fritanga que se parece mucho al lomo asado con salsa de roquefort.

            El ser cae a los pies del artista, muerto, descubriendo una figura femenina que se recorta contra la fisura de luz.

            —¿Qué… quién…? —balbucea Diderot, mientras la extraña mujer guarda su arma y entra en su salón.

            Cuando habla, su voz deletrea sílabas incomprensibles en un idioma parecido al reflujo de las olas del mar. La mujer activa un aparato en su hombro, y una voz metálica traduce al francés:

            —¿Sorprendido, muchacho? He venido a recuperar el detonador equinoccial.

            Diderot está al borde de la taquicardia. Se deja ayudar por la asombrosa joven a ponerse en pie. Cuando logra dominar su lengua de nuevo, pregunta:

            —¿Er… …eres PZ?

            —Para servirte. Perdona por haberte empleado de guardián estas últimas semanas, pero no tuve otro remedio. Créeme: por motivos que serían muy largos de explicar, tu sala de estar era el lugar más seguro de todos los universos paralelos donde esconder la bomba. Menos mal que no la tuviste mucho tiempo puesta en la cabeza.

            —¿Por.. por qué?

            —Por los riesgos que conlleva el que estés pensando en cosas raras con ella puesta: posee una espoleta de umbral vespasiana.

            El joven pone los ojos como platos.

            —¿Una qué?

            PZ chasquea la lengua. Diderot la nota cansada, como si hubiese estado realizando un ejercicio intenso durante las últimas horas.

            —Hace tiempo —explica PZ—, el ejército vespasiano diseñó unas bombas inteligentes con forma de cascos telepáticos y el coeficiente intelectual de un pulpo. Hasta ahí normal. Pero resultó que los artefactos también leían la mente de sus usuarios: cuando uno de éstos generaba un patrón de conexiones cerebrales inusualmente carente de proyección útil, detonaba y acababa con su vida.

            —Creo que no sé a qué te refieres…

            —A una idea lo suficientemente estúpida —explica—. Los vespasianos poseen un nivel de inteligencia muy avanzado, pero carecen de la menor paciencia para con las especies menos evolucionadas del universo. Sin ir más lejos, a los crustáceos nipolitas de Aurión los masacraron porque la sola idea de tenerlos en la misma galaxia les repugnaba; parece ser que encabezaban su lista negra debido a lo asombrosamente estúpidos que podían llegar a ser. Aunque, claro —se rasca la barbilla—, también es cierto que los pobres bichos llegaron a considerar que contaminar su mundo y su atmósfera a propósito era el mejor remedio para aprender a no volverlo a hacer jamás. En fin. —Hace un mohín—. La verdad es que no estoy nada de acuerdo con los métodos de los vespasianos, pero puedo entender que les pusiera nerviosos tener semejantes vecinos.

            —Pues debes estar loca si has puesto un instrumento así en manos de un artista —dice el joven, algo más calmado—. Ah… y gracias… gracias por salvarme la vida.

            —No te preocupes; los mercenarios tecnoides sólo tienen un ojo. En su universo no resulta problemático, pero aquí carecen de profundidad de campo. Probablemente habría destruido toda tu sala de estar antes de lograr alcanzarte. —Se vuelve y mira hacia la grieta de luz, que se cierra lentamente—. He de irme, Diderot, mi tiempo se agota. Dame el casco, por favor.

            —Claro… claro que sí —asiente éste, sorteando con asco el cadáver del mercenario. La mujer lo agarra y lo tira sin ceremonias dentro de la grieta—. ¿Sabes, PZ? El simple hecho de que después de todo existas, me plantea una duda terrible.

            —¿Ah, sí? ¿Cuál?

            —Tolomeo estaba equivocado, ¿verdad? Ahí fuera, más allá del Sistema Solar, no hay esferas concéntricas que contengan tatuadas las estrellas…

            La joven sonríe.

            —Sí, bueno… Algún día enseñaré a tu gente unos videos que tengo al respecto de eso. Por cierto, ¿qué es ese ruido? —pregunta, alarmada.

Un sonido siseante, que aumenta de volumen poco a poco, llega desde el salón.

            Diderot cruza con ella una mirada intranquila.

            —Suena como los ruiditos que hacía el casco cuando lo conectaba, ¿verdad?

            Piscis lo agarra por los hombros, mirándole de frente.

            —¡Dime! ¿Durante su último uso, has pensado en algo tan estúpido como para arrepentirte de ello el resto de tu vida? ¿Vives con alguien que sea capaz de dar lástima a un aparato de encefalogramas? ¡Responde!

            Diderot duda.

            —No… no, aquí sólo vivo yo, y no creo que… —Traga saliva. El sonido proveniente de la sala aumenta de potencia—. Usé el casco para contactar contigo hace un rato y lo dejé allí, sin más.

            —¿Dónde lo dejaste?

            —Pues… encima de un televisor que tengo en el salón, ¿por qué?

El Metaverso (1)

Febrero 29, 2008

Mucha gente me ha preguntado a lo largo de estos últimos tres años si pienso seguir escribiendo novelas del Metaverso. ¿Qué es el Metaverso?, preguntarán algunos. Con ese maravilloso epíteto definió Juanma Santiago hace algunos años el universo donde transcurrían mis primeras novelas de ciencia ficción. Quedó inaugurado oficialmente con la titánica (por el esfuerzo) “EL TERCER NOMBRE DEL EMPERADOR”, y prosiguió desarrollándose en algunos cuentos (uno de ellos fue publicado en la revista Gigamesh nº 32 con el título “QUINCE DÍAS DE CIELO SOBRE DAMASCO”, y otro en el Visiones 2001, en el Fabricantes de Sueños 2006 y en la francesa “Dimensión España”, llamado en un primer momento “NOVA DE EVOLUCIÓN” y más tarde “LA INVARIANTE NOHC”. También hay una noveleta de próxima publicación, posiblemente en la antología Artifex, que se encuadra dentro el Metaverso. Lleva por título “LA HABITACIÓN OSCURA”.) Al cabo de tres años desde la publicación del primer libro, en 2004, llegó mi primera nominación al premio Minotauro y la segunda novela oficial del Metaverso, “MYSTES”.

A partir de aquí me he diversificado más. No quería ceñirme por completo a la CF en mi carrera, por lo que después de Mystes comencé una lenta exploración de otros géneros. Escribí para el siguiente premio “El Teatro Secreto”, una fantasía místico-urbana, fui finalista del pasado UPC con “Mercaderes de Tiempo” y coqueteé con la CF juvenil de Timun Mas en “El Dragón Estelar”, antes de sumergirme en la ambientación medieval con la novela en la que actualmente estoy trabajando. Pero claro, en mi cabeza no he olvidado, ni olvidaré nunca, el universo creado para aquella aventura de una jovencita amargada a la que le ofrecían de la noche a la mañana ser emperatriz de un vasto Imperio Galáctico.

Basé el personaje de Sandra, la protagonista, en una antigua amiga de mi juventud, Aurora. Probablemente nunca la conoceréis, pero los que hayan leído “El Tercer Nombre…” quizás recuerden aquel detalle de la dedicatoria, en la cual brindo la novela a mis padres (mis benditos padres, qué haría yo sin ellos…) y a una misteriosa chica llamada Aurora. No es que ella se parezca al personaje de ficción, al menos en la forma, pero en el fondo tienen mucho que ver. Bueno, vale, es rubia, bajita y muy guapa —los tres pilares físicos sobre los que se apoya la descripción de Sandra—, pero no es una huérfana medio paranoica de un planeta perdido. Reencontré a Aurora mucho tiempo después de haber creado su sosias, cuando la novela ya había salido a la calle, y le regalé un ejemplar. No le comenté nada de la dedicatoria. Si algún día me la vuelvo a tropezar en alguna calle de mi ciudad, comprobaré por su reacción (si me abraza o si me da un bofetón) cómo le sentó que la convirtiese en emperatriz de un Imperio.

Parece mentira que novelas tan dispares como “Mystes” y “El Tercer Nombre…” pertenezcan al mismo universo. La primera está contada al estilo del realismo mágico sudamericano, llevado a un entorno de CF, mientras que la segunda es más una tragedia griega con ínfulas de Star Wars. En “Mystes” ni siquiera se hace la más mínima referencia al Metaverso ni a los planetas o a los poderes psi que conforman el cuerpo principal de la otra. ¿Cómo es posible, entonces, que estén estrechamente relacionadas?

La conexión se explica en la tercera novela de la serie, “ARPAS EN TEMPLOS LEJANOS”. Ya la tengo escrita, aunque pospondré su publicación como mínimo hasta que haya concluido la actual. En una ocasión, Luis G. Prado me dijo que yo era perfectamente capaz de escribir dos o más novelas al mismo tiempo, pero no es verdad. No soy tan inteligente. Prefiero centrarme en una y rematarla bien antes de abrir un nuevo documento de Open Office con el título y la sinopsis de la siguiente.

Esta conexión que enlaza las tres novelas resulta fundamental para comprender el porqué de todo. Es el eslabón perdido, el engranaje que falta para que el lector entienda qué es en realidad el Emperador Gestáltico; qué son los Cubos Mystes y por qué contienen acertijos; quién los creó y para qué; por qué Sandra fue la elegida; qué enigma encerraba el cubo de Norte y, lo más importante de todo: qué demonios estaba haciendo el Über-Id de Sandra, el Emperador Gestáltico, cuando lo destruyeron en la sangrienta batalla de Delos. Un buen montón de cabos sueltos que quedaron en el aire en las dos anteriores novelas, esperando una oportunidad que los atase. Y esa oportunidad llegó con “Arpas…”

Aquí tenéis un pequeño fragmento de la nueva novela, a ver qué os parece:

(…)

La segunda vez que Jan Delvian pensó en la edad aquel día fue mientras se miraba a un espejo. Unas hebras grises eran visibles en su melena azabache, perfectamente cortada y recogida con un lazo formado también por cabellos, pero no suyos, sino de su esposa Ann. Aquellas hebras le recordaron que ya estaba más próximo a los cuarenta que a la década precedente, a ese momento decisivo en que un hombre debe saber con certeza cuál es su lugar en el mundo y hacia dónde se dirige.

            El traje crono-inactivo resbalaba sobre su piel como una película de espines; un instante de lluvia electrónica congelado en torno a su silueta. No se reflejaba en el espejo, así que Jan sólo pudo contemplar con nitidez su cabeza y parte de su cuello. El resto era una figura desdibujada cuyos movimientos inducían fisuras en el cristal.

            Cerró el puño, evaluando el gesto. ¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué pensar en la edad justo en ese preciso instante, minutos antes de una batalla en la que iba a jugarse la vida?

Era extraño el modo como funcionaba su mente. Cerrar el puño. Anticipar la senectud. Tal vez fuera parte del proceso de búsqueda de aquella respuesta sobre la que nunca había hablado con Ann.

            Jan, estamos a punto —dijo una voz que provenía de algún lugar junto a su oído—. Doce minutos para el primer contacto. ¿Cómo vas tú?

            —Bien. —Extendió falange a falange los dedos. El movimiento le recordó a una estrella de mar—. Estoy tranquilo.

            Perfecto. Mandamos al bot a buscarte. Puedes ir inicializando la armadura, si quieres.

            —Gracias, control. Activando noción de inteligencia.

            El traje respondió despertando a la vida como un bebé. Los espines de su tejido se alinearon con las invisibles máquinas que flotaban a su alrededor, orbitando en torno a su cuerpo a un segundo de distancia, lanzadas hacia el futuro en progresión sincrónica con el traje. Jan nunca podría alcanzarlas en vida, pero sabía que estaban allí, muy cerca, velando por su seguridad. Confiriéndole poderes prácticamente divinos para que él los empleara en la batalla.

            Hola, Jan.

            —Hola, preciosa. ¿Cómo has nacido hoy?

            A la perfección, como siempre —respondió la armadura—, aunque preveo nuevas facultades que antes no poseía. La organización espontánea de mi cerebro acaba de inventarlas.

            La puerta descorrió sus hojas. Un robot flotante apareció en el umbral, dispuesto a guiarle a los niveles superiores del edificio.

Jan se despidió del espejo, rompiéndolo con una pulsación de su dedo. Ya habría tiempo para completar los rituales después.

Siguió al bot mientras calibraba los sistemas de la armadura, ajustándolos a su secuencia de ADN. Para estar totalmente sincronizado con ella no bastaba con encenderla y ceñirla: debía fundirse con la maquinaria a un nivel tan profundo que resultase difícil saber dónde acababa el hombre y dónde empezaba su coraza. De hecho, esta alcanzando cotas realmente altas de fusión con el traje, casi del orden del noventa y dos por ciento. Todo un récord.

Arribó a la plataforma de aterrizaje en la cúspide del edificio. Era un espacio circular abierto, despejado de gente pero vigilado por docenas de robots. Jan miró al cielo, una cúpula verde azulada salpicada de nubes. La brillante Tetis se ocultaba tras el horizonte, dejando que su gemela, la melindrosa Styrge, dominara el firmamento.

Aún no había rastro del enemigo.

Noventa y tres por ciento de fusión. ¿Por qué aquellas máquinas se sentían tan cercanas hoy a su alma?

Estrellas de mar. Su hijo pequeño le había pedido en una ocasión que le explicara qué diferencia había entre los meses de octubre y noviembre: por qué uno tenía que durar más que el otro. Él había respondido que se trataba de un error topográfico: los enanitos trabajadores que habían proyectado los meses del año se habían confundido de instrumentos al medirlos. Su hijo le trajo entonces su pequeña regla de cincuenta enoooormes centímetros, y le pidió que, por favor, midiera noviembre para él.

Jan se excusó, claro, argumentando prisa por completar alguna nimiedad, y ahora se descubría arrepintiéndose.

Ojalá pudiera haberlo hecho tiempo atrás. Ojalá él también poseyera un mapa de noviembre.

—Estoy listo —anunció por el intercom—. Cuando queráis podemos desatar los gritos.

—No te impacientes, amigo —sonrió la experta en estrategias Gáimbeli Smakys en la sala de guerra, a medio mundo de distancia. Conocía a Jan desde hacía años y había aprendido a interpretar su taquigrafía verbal, a veces más expresiva que el lenguaje convencional—. Por ahora el contacto no ha rebasado el anillo defensivo en torno al sol.

            Colocó el canal que los unía en estado de espera. Tenía mucha experiencia con los guerreros y sabía lo verborréicos que se volvían cuando se ponían nerviosos.

            —¿Estado del objetivo? —preguntó.

            —A punto de atravesar la cromosfera solar. Se ha colocado en una trayectoria de aproximación que interceptará la órbita de nuestro planeta en once minutos.

            —¿Velocidad?

            —Dos potencias de c. Tiene una masa de aproximadamente dos mil toneladas métricas, y una longitud de noventa metros.

            Gáimbeli arrugó el entrecejo. Era demasiado pequeño. Las últimas cinco manifestaciones que les habían visitado tuvieron el tamaño de la segunda luna de Cerbero, y un quinto de su masa. ¿Por qué ésta era comparativamente tan minúscula? ¿Habría un propósito inteligente en la nueva variación?

            —No me gusta —barruntó—. Usaremos el cordón defensivo lejano. Preparados para disparar.

            La computadora obedeció, impartiendo órdenes a las naves de guerra que protegían Cerbero. Las protestas de los oficiales no se hicieron esperar: una retahíla de comunicaciones taquión invadió con frustración los canales. No entendían por qué debían arriesgar sus naves acercándose tanto al enemigo, si en cada ocasión previa el armamento convencional había demostrado ser inútil contra las manifestaciones. Por algún motivo, éstas sólo eran vulnerables al contacto con un ser humano.

            Para ser franca, Gáimbeli tampoco podía explicarlo, pero prefería arriesgarse a experimentar tácticas nuevas a recurrir a las que habían tenido éxito en el pasado. El enemigo, fuera quien fuese, podría haber estudiado sus estrategias y haber diseñado esta forma para combatirlas.

            —Cordón defensivo preparado —advirtió—. Abran fuego en cuanto estén listos.

            Las cortinas de datos quedaron cegadas durante breves instantes, mientras cientos de pequeños soles en miniatura ardían sobre el enemigo. Fue tal la fiereza de la detonación, que la energía liberada envolvió a todos los planetas del sistema con un manto de rayos gamma.

            Gáimbeli tableteó con sus dedos en la consola.

            —Vamos, vamos —urgió—. Necesito conocer el estado del objetivo. ¿Ha sido destruido?

            —Negativo —informó con voz relajada el ayudante—. Las lecturas muestran una atenuación muy leve en el campo Riemann, pero se mantiene estable. No parece haber sufrido daños de importancia.

            Por primera vez apareció una imagen del objeto. Gáimbeli escuchó cómo una voz lanzaba una exclamación de asombro por el canal secundario: Jan podía ver todo lo que ocurría en la sala de guerra gracias a la conexión con la armadura.

            El objeto parecía una metáfora de la alieinidad. De lejano parecido a una mancha solar compuesta de mercurio, su rotación cambiaba de sentido cada pocos segundos. Las computadoras la analizaron y trataron de inferir sus propiedades; cualquier dato, por nimio que fuese, les sería tremendamente útil en los próximos minutos.

            —Su eje Y parece ser el que gobierna su física. A partir de ahora lo llamaremos cuerpo extraño Y-26 —decidió Gáimbeli, recogiéndose el pelo.

—Catalogado —respondió el ayudante—. Atención: segunda andanada entrando en el espacio normal… ahora.

            El siguiente ataque estuvo compuesto por proyectiles de masa digital. No sabía si tendrían alguna utilidad contra la manifestación (era imposible establecer si poseía algún sistema nervioso que la gobernara. Había muchas otras maneras de controlar un ente con cierto grado de autonomía en el universo, aparte de la inteligencia), pero quería agotar todas las posibilidades.

            Tampoco pareció verse afectado. Suspirando, la estratega maximizó la ventana que la mantenía en contacto con su soldado.

            —Jan, prepárate —advirtió—. Entras tú.

            De acuerdo. Todos los sistemas listos.

            De repente, hubo una variación. El objeto aceleró sin previo aviso, acercándose a la órbita de Cerbero de un salto instantáneo. Las alarmas se dispararon. Los cruceros de combate alzaron sus escudos y se prepararon para vaciar las santabárbaras.

En la sala de guerra, Gáimbeli alzó una mano perentoria, obligando a la flota a permanecer tranquila.

            —¡No ataquen al enemigo! —gritó por el intercom—. Que nadie abra fuego: volvemos al plan original. Jan, puedes comenzar tu ataque.

            Los capitanes asintieron, preparando sus ojivas cuánticas. Los sensores de puntería de un centenar de destructores se fijaron sobre el blanco mientras, muy abajo, en el planeta, un hombre hablaba con la armadura que lo llevaría a la batalla…

(…)

Uf, aún se me ponen los pelos del bigote de punta al recordar esta escena, y eso que la escribí hace más de un año.

Espero haber cerrado bien el ciclo con esta última novela. Odio dar excesivas explicaciones en mis libros sobre lo que realmente está pasando, pues una pequeña dosis de misterio nunca le viene mal a una trama, pero me consuelo con pensar en que a cada nudo atado le corresponde la creación de un nuevo misterio. Por cada puerta que se abre, otra más permanece cerrada y otros dos caminos despuntan en el horizonte.

Es, en esencia, la rutilante magia de crear historias: que sus posibilidades son infinitas.

 

Esto es una movida que escribí anoche. No sé, puede que la continúe hasta que alcance la longitud de cuento o de noveleta:

 

Y digo esto aún a riesgo de caerle mal a Malta. Malta es una muchacha de veinte años, o por ahí, de pelo jengibre y rubia-por-todas-partes, de un modo como sólo pueden serlo o disimularlo las mujeres. Está sentada en la terminal de salidas del aeropuerto, medio adormilada por haber fijado durante mucho rato su vista en los monitores. Viste ropa que semeja pijippy pero no lo es, realmente se la ha fabricado a partir de lo poco que aprendió en aquella escuela para señoritas donde quiso recluirla su madre. Su camisa de franela es elegante pero no lleva el cocodrilo que les muerde la teta a las niñas bien. Y mira los monitores. Todos los miramos. Forma parte del juego. Luego, cuando no podemos más, alguien avisa que se va a echar una cabezada y los demás toman el relevo, o se levantan a hacer pis, o a echarse un pitillo en la zona restringida. Da igual, todos necesitamos tomarnos un respiro de vez en cuando. En esos monitores podría aparecer en cualquier momento el número del vuelo que estamos buscando, o podría no salir nunca.

            Llamadme Ismael. Todavía respondía por ese nombre al principio de esta historia, cuando trataba de captar como una antena parabólica los ritmos y convulsiones del mundo bohemio de Madrid. Porque Madrid tuvo también su sesgo bohemio, en una época en que Sabina aún rasgaba las cuerdas de una guitarra en el backstage, y los noventa parecían un sueño distante (una franca promesa de ser más viejos), y las Olimpiadas aún no se habían celebrado en una ciudad que antepuso su idioma al del país que representaba (¡con dos cojones!). Sí, Madrid fue bohemio… y acabó suicidándose, como tantas otras ciudades y tantos otros apóstatas de la felicidad. Acabó vendiendo lo único que no podía obtener ningún beneficio por vender, y lo pagó caro. Ahora, sólo los tíos como yo con un nombre que empieza por I quedamos para atestiguar que el soplo del arte aún sigue existiendo, aunque camuflado, invisible ante ojos no entrenados.

            Malta se pone en pie. Se me acerca con ese andar tan simpático suyo, mezcla de pato y bailarina con dos tragos de más, y me dice que va al baño, que tengo que relevarla. Yo ocupo su sitio, está caliente y huele a perfume barato, clavo mi vista en el monitor: UBS 7012 con destino a Hawai está a punto de pegarse un subidón por la pista tres. Vale, ese tampoco nos vale. Ni siquiera sé si Hawai existe realmente o es un invento de las compañías de viaje. ¿Conocéis a alguien que haya estado allí y haya vuelto para contarlo? Estoy casi seguro de que ese archipiélago se hundió en el mar hace tiempo, pero nadie quiere admitirlo para no parecer idiota.

            Algún día me sentaré aquí mismo y veré mi vuelo señalado en la pantalla. Ese día se cumplirán todos mis sueños. Llegará.

            —¡Syd ha descubierto de nuevo la Verdad!

            Todo esto no tenía que haber sucedido más allá de 1979. Aquella fue la efeméride del primer contacto con un extraño fenómeno, la creación de un grupo de metabolatas de tres al cuarto que, mira por donde, estaban destinados a llegar muy lejos. ¿Quién nos iba a decir entonces que la diosa fortuna nos bendeciría con su nívea mano? Como todos los adolescentes colgados por el ácido y que pensábamos, santa ingenuidad, que el progreso natural de la sociedad iba en nuestra dirección, nuestro sueño era formar un grupo de rock, luego hacernos ricos, y después comprar a precio de oro los derechos de la psicodelia para convertirla en fenómeno de masas. Por ese orden. Consumo masivo de esperanza y amor del que ya no se destila, el que venía empaquetado en camionetas flower-power en la época de nuestros padres.

            Pero 1979 se fue y no dejó herencia. Tenía que haberse cruzado con otro año bisiesto para tener bisiestitos, pero no lo hizo. Y allí permanecimos nosotros, hijos del cuelgue literario, suspirando porque la maldita inspiración nos había dejado huérfanos. Carecíamos de un clavo ardiendo al que agarrarnos, y quedamos como verdaderos estúpidos cuando el mundo hizo balance de lo que le gustaría conservar y lo que no de cara a la nueva década. ¿Sabéis cómo son las papeleras de la herencia cultural vistas desde dentro? Creedme, yo sí.

            —¡Syd ha descubierto de nuevo la Verdad!

            Ese que grita es mi compañero, Arturo, prácticamente el único colgado del mundo que no tolera las drogas. Le admiro por eso. Viene corriendo hasta mí, se arrodilla delante de mi asiento como si yo fuera a expiar sus pecados, y me repite su eslogan. Syd vuelve. Syd ya está aquí, y ha descubierto algo importante. Cuando le pido explicaciones, suelta una retahíla de pensamientos que apenas conducen a ningún sitio, pero que logran ponerme los pelos de punta.

            Syd Barrett, el mayor bohemio que he tenido la suerte de conocer en mi vida. El emperador de los profetas, dios panteónico de los iluminados. Ha vuelto. Y trae un mensaje con él. Me importa un rábano si está escrito en losas de piedra o en resmas de papel higiénico, en cuanto Arturo me da la noticia me pongo en pie, le grito a Malta que vuelva a recuperar su asiento, salgo corriendo del aeropuerto y saco las llaves del coche. Estoy eufórico. Él ha vuelto, y quiere decirnos algo.

Malta ha preferido venirse conmigo, no cumplir con su guardia. A ambos nos gustan mucho estas movidas, performances las llamamos a veces, cuando no encontramos otra palabra mejor. Nos subimos al coche, un escarabajo descapotable con restos de pintura sobre pintura, y arrancamos de allí. La policía nos mira al pasar. Ellos captan el código, no son tontos: saben de las camisas, los pendientes, los mandalas, las chupas de cuero, la música con mensaje, los muñequitos de trapo en el salpicadero, la hierba escondida en el paquete de Ducados, el reloj que hace tick tock… Todo lo que nos identifica. Pero aún no saben lo que es una performance. La inventaron unos tíos como Syd hace unas décadas. Consiste en tener un sueño onanista del espíritu y llevarlo a cabo, cueste lo que cueste, fundamentándonos en las teorías de Melflew. El menda este era un filósofo que defendía, en pocas palabras, la probable ocurrencia de todo. Que hasta la fecha no hubiera aparecido en los campos una oveja de dos cabezas que bailara flamenco, no significaba que mañana no pudiera aparecer. Así de asombrosa es la cualidad combinatoria de las matemáticas, pero lo que para él fue la demostración de un término científico, para nosotros era la constatación de que los sueños podían hacerse realidad.

Lo de los aviones se le ocurrió a Malta. Dijo un día, cuando estábamos en el garaje: “Sabéis cuáles son los monitores esos que hay en los aeropuertos que anuncian los vuelos, ¿no? Pues dice Melflew que, porque hasta ahora no haya salido un avión que vaya a una isla del Pacífico donde sea legal que las mujeres esclavicen a los hombres, no significa que no pueda salir mañana”. Y nos pareció buena idea. Llevábamos dos semanas montando guardia en el aeropuerto por si el bueno del filósofo había acertado con sus teorías, cuando llegó la noticia sobre Syd. Y aquí estamos, conduciendo nuestro escarabajo plateado, turbo diesel combustión psicotrónica, rumbo a lo que Syd nos tenga que decir. Rumbo a lo desconocido.

Mientras me saltaba semáforos rumbo a la base, ¡el garaje hermético!, pensé en qué significaba para mí todo aquello. Catalogué los recuerdos que tenía de Madrid según su grado de acidez. Cada uno observábamos la realidad de manera diferente, es cierto, pero compartíamos una serie de premisas: no queríamos que nuestro tiempo pasase, y convertirnos en reliquias vivas de un periodo carbonífero de la conciencia ciudadana. La urbe capitalina era una mancha en el retrovisor, una pátina bidimensional que resbalaba sobre el parabrisas. Un horizonte plano que, pegado con silicona a la parte de atrás del parachoques, se balanceaba arriba y abajo (horizonte arriba, horizonte abajo) a medida que superábamos los baches del terreno. Pero, como casi cualquier cosa en esta sociedad hiperfagocitadora, recicló sus encantos como una puta barata que se afilia a un sindicato. Pasó con todos los grandes movimientos juveniles de la década de los 60, y pasaba hoy en día también. Los clubes de rock habían sido sustituidos por antros donde los jóvenes no iban a escuchar música, sino a ponerle una banda sonora sexual a sus deslices con el éxtasis. Puto raeggetón. Los cafés románticos donde los últimos músicos de jazz se reunían para tocar el saxo también se fueron, así como las farolas bajo cuya luz podíamos apoyarnos para hablar con los colegas y parecer Sinatra en una peli de la Metro. El Corte Inglés elevaba sus monolitos grises por doquier, exigiendo sacrificios de sangre por venderte un sándwich, mientras a sus pies las antiguas tiendas de discos, las que tenían cajas donde podías revolver y marcharte a casa embriagado por el olor a vinilo, se convertían en cinebanks regidos por despiadados cerebros electrónicos que no te pasaban una.

¿De qué sirve luchar contra el sistema si éste acaba absorbiéndote como una esponja grasienta? Tal vez la mejor forma de vivir fuese irnos a esa isla de la que hablaba Malta, donde las mujeres esclavizan a los hombres. A mí no me importaría ser su esclavo. Sería una vida cómoda y alejada del mundanal ruido. Ojalá salga ese avión, Melflew dixit.

Entramos en el garaje con una sacudida de amortiguadores. El resto de la peña estaba allí, enfrascados en sus movidas a cada cual más extraña. Aparqué en un lugar cualquiera y preguntamos si alguien más sabía la noticia. Sí, por supuesto que sí, de allí había partido la buena nueva. Aquel lugar, como solía suceder, era la forja de los mitos.

—¿Ya os han dicho lo de Syd? —me preguntó Capitán Sevilla, obviamente. Era retórico, pero continué con el juego.

—Claro, venimos del aeropuerto. ¿Alguien le ha entrevistado en persona?

El Capitán me miró con espanto. Claro que no, pensé, qué estúpido. Los grandes milagros debían venir en pequeñas dosis, o no habría cerebro humano capaz de soportarlos. Una cosa era haberse enterado de la buena nueva, y otra exigir que alguien hubiese hablado con el maestro en persona, nada menos. Así eran las cosas en el club de los excéntricos: las noticias sobre el onanismo filosófico eran tan importantes que sólo la mera posibilidad de que fuesen reales ya causaba una revolución en nuestro modo de vida.

—Aún no tenemos muchos detalles —murmuró el Capitán, como si un espía del KGB pudiese estar escuchando detrás de la puerta—, pero los indicios de que algo pasa son innegables: Syd ha descubierto una información terrible, que podría cambiar el curso de la historia. Pronto la compartirá con todos.

Y se va, dejándome más plantado que un geranio en un tiesto. Malta y yo cruzamos una mirada de inquietud. El Capitán siempre ha sido críptico en sus charlas, pero con los años he aprendido a interpretar su taquigrafía verbal. Este sitio está lleno de gente como él. Algunos vienen, otros se van, pero el garaje conserva una proporción equilibrada de locura que hace que nunca se desvirtúe. El Capitán mismo, para que os hagáis una idea, es una reliquia viva de los tiempos en que coleccionar cómics era algo trascendente. Tuvo una tienda propia, hace décadas, o los importaba directamente desde la Fuente (cuando el Capitán hablaba de los Estados Unidos en materia de cómics, no decía “ese país”, sino “la Fuente”). Con él podías sentarte a hablar durante horas sobre temas tan enrevesados como por qué la capa de Superman era roja (¿un guiño de sus creadores a las bondades del comunismo, tan peligroso de defender en su época?), o por qué the Flash hablaba a velocidad normal, cuando lo lógico sería que, si su cerebro funcionaba a la velocidad de la luz y sus cuerdas vocales iban a la par, de su boca sólo debería salir un galimatías sin sentido. Hablar de estos temas como quien comenta la política mundial, era lo que hacía grande a gente como el Capitán. Luego estaban sus manías, por supuesto, pero esas las tenemos todos. Él llevaba años esperando a que se publicase el número de la colección de Wonder Woman donde cortaba su flirteo con Batman de manera oficial, para declararse de rodillas a la amazona de pechos edípicos. Y que a nadie se le ocurriera decirle que ella sólo era un personaje de cómic, porque la bronca podía ser legendaria.

Malta se encogió de hombros y entró en la zona de guardería infantil del garaje. Dos hombres y una mujer que para mí eran perfectos desconocidos estaban allí, de guardia, cuidando a los churumbeles. En total, en el garaje podía haber siempre una población de entre seis y doce niños, la mayoría llorones y alborotadores, pero que nos levantaban la moral a todos. Siempre es bueno, entre tanto viejo chiflado, que haya representantes de la juventud cerca. Malta se sentó, charló unos minutos y se levantó la camisa. Sus tetas se volcaron fuera de la franela como un torrente de carne sonrosada, y sin pensarlo dos veces cogió con dulzura a uno de los bebés y lo enchufó a su pezón. Malta pertenecía a esa generación de mujeres que a los trece años ya había desarrollado suficiente pecho como para alimentar a media Escandinavia. El petite suisse, dijeron los expertos. Era una visión sublime, sentada sobre los cojines amamantando, mientras intercambiaba chismes con los otros cuidadores, ¿cómo está Laura, bien?, y mira qué limpito lo tienen todo…

            Yo, por mi parte, no podía esperar. Necesitaba con urgencia datos sobre lo que estaba pasando, y estaba claro que el Capitán no me los iba a proporcionar, así que opté por no interrogarle y, en lugar de ello, acudir a nuestra Fuente particular. No la de los cómics, claro, sino la de todo este universo alucinante y alucinado que los Ácido compartíamos.

            Me refiero, claro está, a las reuniones del Cuelgue Literario.

 

El Teatro Secreto

Enero 2, 2008

Aquí tenéis un adelanto de mi próxima novela. Estuvo nominada al premio Minotauro, y es una fantasía gótica situada en un Londres actual… o quizá no tanto:

Condujo su coche hasta las cercanías de Jack’s Bridge. La noche anterior había sacado de la cama a sus hijas para hablarles de la cara oculta de la Luna. Ambas le miraron desconcertadas, guiñando los ojos para mitigar la luz. Claro, ellas no comprendían. Tal vez debería coleccionarlas, como a su esposa: serían una hermosa adenda para su libro.
Una mezcla de dudas, miedo y preocupación religaba en su mente mientras circundaba la manzana. A su alrededor caía la noche: podía ver los tejados teñidos de ocre, sin una sola nota de color, cubriendo edificios con ventanas que empezaban a reverberar con un tenue resplandor dorado. Al extremo de su visión, las ventanas se distorsionaban, llenándose de persianas caídas. Las aceras y los porches rodeaban los edificios como armas defensivas, protegiéndolos hoscamente contra la intrusión de entes ajenos. Los escaparates de las tiendas alargaban su resplandor en estelas diabólicas, llenas de una gélida malicia hacia las figuras que caminaban anónimamente por la calle. A todo se sumaba el aspecto taciturno de los viandantes, deambulando ociosos, dotando al cuadro de una cualidad perturbadora, inquietante.
Sí, algo había cambiado en la ciudad. Londres sentía la presencia de un visitante inesperado, uno al que no estaba preparada para alojar.
(…)
—¿Dónde se ha metido?
La niebla deformó sus palabras, tamizándolas a través de una cortina de aire plástica.
George señaló una silueta apenas visible diez metros por delante.
—¡Allí!
—Por Dios, jamás había visto un caldo tan espeso.
Bernard aparcó el coche en un espacio del puente reservado a bicicletas y se apeó. Su compañero hizo lo mismo, recogiendo del maletero una mochila con una cámara digital.
—Si se da cuenta de que le seguimos, se acabó la fiesta.
Comprobó la batería, cerró con llave el vehículo y se apresuró a alcanzar a Bernard. Se habían propuesto seguir al hombre que había hablado con Pradyr en el pub, pero a simple vista no era más que un vagabundo sin techo que, aparte de dormir en el metro y deambular erráticamente de un lado para otro, no hacía nada más durante sus cortos días.
—Es igual; hagámosle la entrevista y no perdamos más tiempo. Este lugar me da escalofríos.
El borracho los había conducido al puente para desaparecer luego como arrastrado por la bruma. El tráfico se había reducido a su mínima expresión. No les extrañó: nadie en su sano juicio atravesaría Jack’s Bridge en un día semejante, habiendo otros puentes.
Bernard se aproximó a la silueta que permanecía inmóvil junto a la baranda. Era alta y delgada, de complexión recia. Su cabeza colgaba en un ángulo difícil.
—¿Disculpe? —tanteó el periodista—. ¿Ha visto pasar por aquí a…?
El desconocido giró la cabeza para mirarle.
Fue ese movimiento el que alertó a Bernard: un hombre no gira la cabeza de ese modo, sin mover un solo músculo del resto del cuerpo, como si la extremidad fuese un periscopio, un trozo de carne situada al extremo del cuerpo que sirviera únicamente para otear sobre la maleza.
El periodista trastabilló. De repente, su magnífico plan para averiguar dónde se escondía el organizador de duelos pareció una mala idea.
—¿Qué pasa? —preguntó su ayudante, cámara en ristre.
—Será mejor que nos larguemos de aquí —sugirió Bernard, echando a correr hacia el vehículo.
—¿Por qué? Preguntémosle a este tipo si ha visto al borracho.
—¡George, ven! —gritó Bernard, sacando las llaves de su bolsillo.
Antes de que lograra encajarlas en la cerradura, sucedió.
La sombra se abalanzó sobre George, todo brazos y piernas y patas de animal. El hombre no llegó a gritar: una boca ansiosa se abrió dentro de otra, estirándose hasta abarcar su perímetro craneal. Los colmillos cayeron como escarpias abarcando desde su frente hasta su cuello.
Cuando mordieron, ejerciendo la fuerza de un martillo neumático, la cabeza de George estalló contra el paladar del monstruo como un huevo podrido.
A Bernard le fallaron las manos. Dejó caer las llaves y abrió la boca para desatar un grito, pero éste se ahogó en la náusea.
—Santa madre de Dios… —logró balbucear, mientras la cosa se comía a su compañero, sorbiendo sus fluidos a través del amasijo de carne que antes había sido su cara.
Bernard abrazó el asfalto, buscando las llaves. Las encontró en un charco sucio, agua mezclada con orina de perro. Las sacó de allí y, sin preocuparse por limpiarlas, las usó para entrar en el vehículo.
Un objeto cayó sobre el techo, deformándolo hacia dentro.
Bernard arrancó, equivocándose con el embrague. El motor eructó y dejó de funcionar. Lo intentó de nuevo, contó hasta cinco, tomó aire y se ciñó a lo que solía hacer a diario por instinto, concentrándose en cada paso: girar la llave en el contacto, pisar el embrague, soltar el freno de mano.
Algo bloqueó el resplandor de la farola que iluminaba el asiento del conductor. Bernard giró lentamente su cabeza.
Apenas a quince centímetros de su cara, al otro lado de una ventanilla endeble como papel de fumar, estaba el rostro de aquella cosa. El vaho de su aliento dibujaba Rorschachs sobre el cristal, una mariposa sin alas por segundo. Dos ojillos perfectamente simétricos, pequeños y redondos como los de un tiburón, cimbreaban en sus órbitas. Muy lentamente, sus mandíbulas (aún manchadas de la sangre y fragmentos del hueso parietal de George) se abrieron, arremangando los labios sobre delgados sables calcificados. Dos bocas compartían el mismo espacio, una dentro de la otra, ambas independientes y con sus propios músculos para empujar la comida.
Bernard sintió cómo el cabello de sus sienes perdía su color, llenándose de canas. El monstruo exhaló una vaharada de algo denso (sonidos, tal vez), y amagó un movimiento de presión contra el cristal.
Algo lo distrajo.
Elevó sus cavidades nasales para olisquear la niebla y se alejó del coche. Sin lógica, sin motivos. Tan sólo olfateaba.
La cosa rugió en la noche, y de un prodigioso salto se perdió de vista.
Cinco minutos después, Bernard completó el cuarto de giro del contacto. Con los ojos fijos en el infinito, metió la marcha atrás, cruzó por encima del cadáver de su compañero y pisó el acelerador.
De alguna manera logró llegar hasta su casa. Apenas recordaba instantes difusos del proceso (él mismo saltándose un semáforo, atropellando a un perro —puede que también a su dueño—, cruzando al doble de la velocidad permitida un túnel de nombre similar a donde había muerto Diana de Gales), y tomó conciencia de sí mismo en el momento de tumbarse en su sofá de pensar.
Pensar.
El reloj de Beyoncé que había adquirido por Internet subrayó las 11 a.m. con un sollozo orgásmico. El tiempo se desgranaba deprisa, a estallidos.
¿Qué demonios había ocurrido? ¿Dónde estaba George?
¿Por qué no le acompañó en el coche durante el camino de regreso?
Tal vez un poco de ginebra le ayudase a organizar sus ideas. Siempre bebía cuando se enfrentaba a un reportaje difícil.
Fue hasta el mueble bar y extrajo una botella. Se daba lástima a sí mismo cuando llenaba de más el vaso: la imagen que le devolvía el espejo le recordaba a un hombre —que se tenía a sí mismo por inteligente— abrevando en la alberca de los necios. Su segunda mujer había muerto de cirrosis por subestimar el peligro. Era una azafata con caderas tendentes a ensanchar y un ex marido celoso obsesionado con la música latina, que conducía un programa en Radio KAB 1340 llamado “ApoCalipso”.
La había conocido en un viaje de negocios a Estocolmo… o eso había dicho en el periódico; realmente estaba persiguiendo vidas (su primera vez, un tipo alto de Brandemburgo con afición a coleccionar los ojos verdes que le miraban), hasta que chocó directamente con la suya.
Aún guardaba una foto de su primera cita junto con los libros de animales salvajes afric…
Colmillos.
Se miró en el espejo. Sus sienes estaban completamente encanecidas.
Tuvo una revelación que duró exactamente catorce coma cuatro segundos: enfermedades de diseño y veteranas plagas correteaban unas detrás de las otras por las ciudades del continente cuyo nombre empezaba por “J”, matando selectivamente a todo hombre, mujer y niño que no hubiera bebido leche la noche anterior.
Dejó caer el vaso, que se estrelló derramando su contenido en la alfombra.
¿Por qué pienso en colmillos?
Un zumbido salvaje atravesó de punta a punta su cabeza. Aunque no estaba seguro de los motivos, tomó aire, expandió el pecho, y lanzó un alarido de puro pavor visceral que alarmó a los vecinos.

Muchas veces he pensado que escribir es cambiar de piel, de ojos, de forma de apreciar el mundo. Es convertirse en un émulo del dragón chino que muda sus escamas con cada luna llena, para renacer al alba como un ser distinto, nuevo e inocente ante el mundo que lo verá morir de nuevo en 24 horas. Antigua es la polémica sobre el contenido y el estilo de una narración. ¿Qué es más importante? ¿A qué se le debe prestar más atención? Hay escritores que conceden mucha importancia al contenido de su obra (al discurso, a lo que ocurre, a cómo ocurre, a lo que quieren decir una vez concluidos tantos párrafos) y se olvidan un poco del estilo. Y, por contra, hay otros a los que la forma (la ambientación, el atrezzo, las descripciones, el feeling de la historia) les puede más que el fondo. Es una discusión estéril, ya que como diría un sabio, es en el equilibrio donde se encuentra la armonía. Hay que cuidar lo que se cuenta, por supuesto, pero también cómo se cuenta.

El problema viene cuando ya tienes la historia en la cabeza, y te enfrentas a una ardua decisión: ¿cómo enfoco esta historia? ¿Desde qué punto de vista la narraré? Un libro se puede subdividir fácilmente en dos partes bien diferenciadas: el continente (la envoltura que da forma y textura a lo que se cuenta) y el contenido (lo que realmente estás contando). Una puede llegar a ser tan fuerte que sublima a la otra, defecto que en ocasiones hace que una novela sea más frívola de lo que planificamos. Una de las cosas que el lector experto aprende a hacer con los años es pelar las capas de la cebolla, mirar más allá de la parafernalia que adorna un libro para llegar a su mismo núcleo. Todos aquellos que hayan leído Hyperion, la obra magna de Dan Simmons, sabrán que la historia que hay de fondo es, básicamente, la misma que la de Terminator: en un futuro impreciso la humanidad ha perdido la guerra contra las máquinas (las IAs), y un caudillo guerrero (el hijo de uno de los protagonistas) es la única esperanza de salvación, por lo que la mente malvada (la IA) manda hacia atrás en el tiempo a un asesino (el Alcaudón) usando una máquina del tiempo (las Tumbas del planeta Hyperion) para que lo solucione. Simmons cogió una historia que a estas alturas está muy choteada y la envolvió con cientos de capas de literatura en estado puro y referencias frikis para darle otra apariencia. El continente, una vez más, da forma al contenido hasta hacerlo irreconocible, y, por lo tanto, “nuevo” frente los ojos del lector. Esto no le resta calidad a la novela, todo lo contrario, pues en el reciclaje de viejas ideas y su adaptación a los tiempos modernos es donde a menudo se despejan los nuevos senderos creativos.

Cuando eres escritor debes conseguir este equilibrio. Si la forma y el fondo se enfrentasen en una guerra, el único resultado posible deberían ser las tablas. Y la ciencia ficción es un campo inmejorable para experimentar. Si vas a escribir una novela cuyo protagonista pertenezca a un mundo anclado en el siglo XIX, por ejemplo, el estilo con el que debes contar la historia debe respetar esta decisión de trasfondo. El entorno que rodea a un héroe que vive en un universo así no debería friccionar con el tipo de fantasía que estás operando. Por ejemplo: en una hipotética novela sobre un viajero del tiempo de la era victoriana, no debería darle miedo al escritor usar conceptos como “flogisto” (por mucho que se haya demostrado posteriormente su invalidez dentro del mundo de la ciencia) para explicar el funcionamiento de la máquina. O si tu personaje vive en el universo pop de la CF de los sesenta, sería ilógico usar terminología moderna como “quasars”, “programación cuántica” o “plegamiento multidimensional del espacio”. Más bien usaremos “fulgurantes” (en lugar de desintegradores), “bólidos” (en lugar de cohetes) y otros términos que suenen a retro-ciencia. Adaptarse no es claudicar, sino mejorar nuestras posibilidades como escritor. Y si alguien, cuando lea una novela tuya ambientada en la edad media, se sorprende porque los personajes hablan de esta guisa: “Perdone vuestra merced…”, no es que estemos siendo anacrónicos. Ni anticuados. Es que hemos ganado la partida a la ambientación.

Mensaje de bienvenida

Diciembre 19, 2007

Pensaba comenzar este blog con una bienvenida interesante, de esas que incluyen alguna cita de alguien famoso y que hacen que parezcas un poco más culto de lo que en realidad eres, pero creo que voy a pasar. No quiero parecer más culto ni más guai, ni más alto ni más guapo, sino sólo lo que soy: un escritor con ganas de charlar con la gente. ASí pues, hola a todos y bienvenidos a mi blog. No dudéis en expresaros libremente, pues para charlar estamos.

¡Hola, mundo!

Diciembre 19, 2007

Welcome to WordPress.com. This is your first post. Edit or delete it and start blogging!