Semana Gótica de Madrid

Julio 4, 2009 at 10:45 am (General)

Me han invitado a la Semana Gótica de Madrid, a celebrar en la última semana de octubre. Estoy muy contento de poder asistir a ese evento y presentar allí mi última novela, Naturaleza Muerta, junto con muchos otros autores amantes de la literatura de terror y la gótica. Me está picando tanto el gusanillo del terror gótico, de hecho, que creo que en mi retorcida mente ya se está gestando un argumento para una novela tipo Lovecraft para el año que viene, je je…

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LIBRO JUEGOS (2)

Julio 1, 2009 at 3:26 pm (General)

Bueno, las negociaciones con la editorial Hydra han dado sus frutos y ya me he puesto a escribir el primer libro-juego que voy a hacer para ellos. Espero que se venda bien y hagamos más juntos.

Por cierto, a los que también sintáis fascinación por estos libritos tan curiosos, os dejo un link a un página a-lu-ci-nan-te, donde el responsable ha colgado versiones en pdf de cientos de libro juegos de los ochenta, muchos de los cuales jamás llegaron a España. Hay cosas realmente increíbles. El link es:

http://www.the-underdogs.info/gamebook.php

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“naturaleceando”

Junio 15, 2009 at 3:48 pm (General)

Hola amigos, ya tenéis un adelanto de mi nuevo libro en la página oficial de Dolmen, en http://www.dolmeneditorial.com/noticias_ficha.php?IdNot=488

junto con un vistazo también a la estupenda portada.

Un abrazo a todos.

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LA MAGIA DE LOS LIBRO-JUEGOS

Mayo 25, 2009 at 7:22 am (General)

Uno de los recuerdos más gratos que tengo de mi infancia, que transcurrió a golpe de libro allá por los lejanos setenta y ochenta, son lo libro-juegos que por aquella época causaban furor entre los chicos de colegio. Hablo de las maravillosas colecciones del tipo “elige tu propia aventura” y similares, que tan buenos ratos nos hicieron pasar en un momento en el que todavía no te podías llevar en la mochila el último juegazo de playstation al cole con tu PSP. Los libros que más me gustaban eran los que en lugar de por páginas iban por secciones, como los de la serie “la búsqueda del grial” (divertidísimos, qué lástima que en España no llegasen a salir los últimos de la serie), la saga de “lobo solitario” o la ecléctica “lucha ficción”. Hace poco se ha reeditado algunos de estos títulos, con irregular éxito. Recordemos que los libro-juegos tuvieron su momento de gloria, y hoy en día difícilmente pueden competir con el Halo 3 o similares en los patios de los colegios.

Comento esto porque he ofrecido mis servicios como escritor a una editorial española (no voy a decir cuál todavía, por si la cosa no se concreta) que está sacando libro-juegos al mercado en la actualidad. Si les interesa mi propuesta, escribiré unos cuantos títulos. Me hace mucha ilusión, ya que para mí este tipo de libros no ha perdido frescura con los años, y lejos de parecerme algo anticuado y futil, despiertan en mí tanta ilusión como al niño que fui hace treinta años.

Si os ha gustado este comentario, respondedme en la página 24. Si os mola más el Halo 3, id a la 14.

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LAS FLECHAS DE MI CARCAJ (2): NO NECESITO MÁS AMIGOS

Mayo 24, 2009 at 8:18 am (General)

Estoy hastiado de las movidas de Internet, y en concreto del Facebook de las narices. Vivimos en la era de la información, dicen, y yo siempre he creído que esa etiqueta le viene que ni pintada a la sociedad hipertransmisora e hiperfagocitadora de información en la que vivimos. Uno no podría ser un buen escritor de ciencia ficción si no confiase en el futuro, y en las maravillas que el desarrollo tecnológico puede traernos. Pero hay mucha gente que confunde maravilla con exceso, y establecimiento de redes (tanto sociales como  instructivas) con un simple acúmulo de datos y noticias superfluas.

¿Vivimos realmente en la era de la información? Uhm… interesante pregunta. Si nos ponemos a pensarlo detenidamente, yo diría que no. Porque si bien es cierto que internet, la telefonía móvil y la televisión han trasuntado al ser humano de homo habilis a homo curiosis,  de homo sapiens a homo prensadelcorazonis, el volumen de conocimientos de ese mismo ser humano no ha aumentado en igual proporción. Todo lo contrario. La cultura general y los conocimientos útiles que se podrían deducir son una consecuencia lógica de tener una titánica fuente de datos al alcance de la mano no solo no han aumentado, sino que cada vez somos más idiotas, menos cultos; ocupamos el espacio disponible de nuestro cerebro (que no es infinito, ni de coñas, aunque algunos científicos se empeñen en afirmar lo contrario) en almacenar información inútil e intrascendente y desechamos todo lo demás. ¿Una prueba? Salgan a la calle y hagan una simple encuesta. Pregunten a cien personas al azar, de todos los estratos sociales, qué moneda es de uso actual en Yugoslavia, o por qué el cielo es azul, o qué es una dendrita. Se sorprenderán del escasísimo porcentaje de esos “habitantes de la era de la información” que poseen una mínima cultura general. Eso sí, todos te podrán contar con todo lujo de detalles por qué “Brangelina” (curiosa fusión de entidades para ahorrar bits en el idiota-streaming de Internet) ha vuelto a adoptar otro niño.

Y es que el acceso a las redes de datos no nos aporta información útil, en el 99% de los casos. Abran cualquier página de la Red de búsqueda de info (como yahoo) y miren lo que encuentran: noticias estúpidas en primera plana sobre el último amorío de la estrella pop de turno, encuestas interesantísimas sobre qué hacer para adelgazar comiendo dónuts, opiniones súper-trascendentes del deportista de moda sobre la paz mundial, etc. La sociedad de la información, lamento decirlo, lo que fomenta es la acumulación de información inútil. Ni más ni menos. El nivel de cultura general de nuestras ciudades no ha aumentado ni una minúscula parte desde que existe internet, sólo el nivel de la cultura insustancial.

Por eso me molesta tanto que la gente se tome tan en serio los fenómenos-tontería como Facebook. El otro día me pidieron que abriese una cuenta en esa red para apoyar a la Semana Negra, y lo hice.  Desde entonces  me llegan un montón de mensajes al día de “fulanito te ha agregado como tu amigo” o “menganito quiere que te unas a su club”. No quiero ofender a nadie con estas palabras, pero no necesito más amigos, gracias. Ya tengo unos pocos a los que quiero mucho, y no creo en absoluto que mi prestigio social ni mi importancia como persona dependa lo más mínimo de la cantidad de gente que visite mi blog. El otro día, sin ir más lejos, un amigo (de los de verdad, no de la “amigosfera fantasma” de facebook) me estuvo hablando de las ventajas que tiene este sistema: me dijo que él, al añadir su nombre a varios subconjuntos de personas, podía acudir a cualquiera de ellas para resolver problemas en diferentes campos. ¿Es eso real? ¿Sirve realmente el estar en el índice de contactos de mil desconocidos para resolver problemas del mundo físico, llegado el momento, o es sólo un toma y daca de satisfacción egocéntrica? Yo me apunto a tu lista si tú te apuntas a la mía. Yo te enseño lo mío si tú me enseñas lo tuyo. ¿Les suena?

En fin, que no necesito más amigos. La era de la información, como escritor de ciencia ficción (entre otros géneros) que soy, la considero factible y deseable en tanto que proporcione bits útiles, no sólo bits-basura. Y me importa un comino lo que digan los forofos de las redes sociales multi-genéricas al leer estas líneas. Yo soy como soy, y las gilipolleces y las modas de Internet me la traen al pairo.

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EL HORROR

Abril 28, 2009 at 8:00 am (General)

En el transcurso de la próxima Semana Negra de Gijón, si todo va bien, presentaré junto con la editorial Dolmen mi último trabajo, una novela de terror titulada NATURALEZA MUERTA. Reconozco que siempre he sido fan de la literatura de terror, en todas sus vertientes. Una de las primeras novelas que me compré, siendo niño, fue “El fugitivo”, de Stephen King, una aventura futurista que mezclaba con habilidad horror mediático y CF, y que derivó en una adaptación cinematográfica (¿de verdad quedó algo de la novela original en ese engendro de guión, después de pasar por la nefasta criba-Arnold?) que es mejor olvidar. Después vinieron otras, casi todas de ese autor y del oscuro y más fetichista Clive Barker. Gocé con el desparpajo gore de los libros sangrientos igual que con el horror nostálgico de la niñez de It, o con la vuelta de tuerca al clasicismo naif de los vampiros de Salem’s Lot. No me atreví a abordar textos más complejos hasta que tuve más edad, y desde luego desde que leí a Lovecraft me volví un fan del terror gótico americano. ¡Quién no, después de ahondar en los misterios insondables de los Mitos! En “El teatro secreto” hay muchos pasajes inspirados en el ambiente siniestro de la América profunda de Lovecraft, y mucho horror existencial que resulta de contraponer los recuerdos de la infancia con el análisis adulto de lo que esos recuerdos en realidad conllevaban.

Naturaleza muerta es, pues, mi primera novela totalmente encuadrable en el género del horror, ¡y del horror sangriento, para más inri! Me he divertido muchísimo escribiéndola, y espero que vosotros os divirtáis igualmente cuando la leáis. En el futuro quiero regresar más a menudo a este género. Desde luego, explorar la parte más oscura de uno mismo también puede llevar a la luz, aunque sea una luz concebida para otro tipo de ojos…

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LAS FLECHAS DE MI CARCAJ (1)

Marzo 30, 2009 at 7:58 pm (General)

Ser escritor. Qué difícil tarea. Y no porque te tengas que mantener entre los más vendidos si alguna vez tienes la suerte de ingresar en ese Olimpo de elegidos, sino por llegar, sencillamente, a formarte como profesional de las letras.

Digo esto porque recientemente he creado un taller de escritura aquí, en mi ciudad, que es gratuito para el usuario (es decir, para los alumnos). Siempre quise montar un taller así. Recuerdo que cuando yo empezaba en esto de los talleres literarios, asistía regularmente a uno que estaba muy bien de precio. Unos veinte euros al mes, si no recuerdo mal. Lo impartía Jorge Benavides, un escritor peruano que ahora tiene en marcha una prolífica carrera (y al que le deseo, desde este humilde púlpito -¿pálpito?- toda la suerte del mundo). Fueron buenos tiempos, que recuerdo con nostalgia. Conocí a bastante gente con la que luego perdí el contacto, y sentí la emoción de leer en público mis primeros textos y soportar impávido las críticas, je je.

Veinte euros mensuales me parece un precio módico para un taller de dos horas a la semana. No es que sea barato, y más en tiempo de crisis (ups, perdona Zapatero, quise decir desaceleración), pero es asequible para los bolsillos de la gente joven, la que en realidad necesita estos cursos. Los mayores también los necesitamos, por supuesto, pero la edad crítica en la que me parece a mí que uno decide si quiere dedicarse a esto de emborronar cuartillas suele estar entre los veinte y los veinticinco. Suele. Ahí es donde se concentra la mayor cantidad de ilusión en estado puro por centímetro cuadrado de neurona.

Sin embargo, cuando uno llega a ser escritor de verdad, de esos que publican, se da cuenta de los muchos malos rollos y de las malas jugadas que envuelven al mundillo de la escritura. Y te dan ganas de protestar. Pero a casi nadie le gusta que protestes. Las cosas son como son, aunque estén mal. Y sales en defensa de la gente joven para reclamar sus derechos y darles una oportunidad, pero el círculo del poder se cierra sobre los que ya están arriba, y es muy difícil echarlos de ahí.

Hace un par de años se abrió una escuela de creación literaria en mi ciudad. Estaba formada por profesionales reconocidos del mundillo de las letras y de los guiones cinematográficos. Cuando leí la noticia por primera vez, la acogí con mucha ilusión. ¡Por fin iba a poder apuntarme a otro taller! (Sí, ya sé, ustedes dirán: ¿y para qué demonios necesitas un taller, tío, si tú ya eres escritor? Y yo respondo: Es que nunca se acaba de aprender. Y a mí me encanta colarme en talleres literarios para que me enseñen cosas que no sé.)

Armado de ilusiones, me presenté en la oficina de esta escuela, y les pregunté sus precios. Dios bendito, asistido por San Apapurcio en calidad de notario, protégeme. Mil euros por un curso. Seiscientos por otro, y quinientos por el de más allá. Me puse a hacer cálculos, y me di cuenta de que esta gente cobra más a la hora que un arquitecto o un piloto de Iberia, y sólo se dedican a dar talleres literarios. Huelga decir que salí expulsado de aquel edificio como diablo travieso del cuerpo de una inocente joven. ¿Es que el mundo se había vuelto loco? ¿Habían muerto para siempre, con una estaca bien clavada en sus corazones, los talleres literarios de bajo precio, los de 20 al mes?

En ese momento hice dos cosas, sobre la marcha: la primera, dar gracias porque yo ya estuviese más o menos bien situado en el mundillo editorial, porque si hubiese tenido 18 años en lugar de 35, tendría que despedirme para siempre de la posibilidad de que alguien me enseñase a escribir. La segunda cosa que hice fue coger el autobús e ir derechito a hablar con el director de la Biblioteca Pública de Santa Cruz, al que le propuse la idea de impartir un taller que fuera gratis para el alumno. A él le entusiasmó el plan y creamos una lista de espera para que la gente se apuntase. En menos de una semana, había más de cien personas en esa lista, de las cuales ya he impartido clases a los 24 primeros. Y más que vendrán.

A tenor de estas palabras puede parecer que soy una especie de Robin Hood de los talleres literarios, pero si es así, no he sido yo quien me he colocado el birrete verde, sino las circunstancias las que me lo han colocado a mí. Me da igual que un grupo de señores hayan montado una escuela “profesional” (y lo entrecomillo porque al fin y al cabo lo que ellos ofrecen no dejan de ser talleres, sin valor en el mundo real, como sí lo tienen los títulos universitarios –que vienen a costar lo mismo-) y que mantener una escuela sea caro. Me da igual que alquilar unas aulas en el centro de la ciudad y amueblarlas y pagar los sueldos de los profesores salga por un dineral. Hay otros oficios a los que dedicarse si lo que quieren es sacar pelas. Me sigue pareciendo una estafa, así de claro.

Recuerdo cuando tenía veinte años y quería aprender a escribir. Si en aquel entonces me llegan a decir que tendría que soltar mil del ala (en euros) por un cursillo, del flato que me da me hago monje. O informático, que viene a resultar una profesión parecida (por lo de recluirse miles de horas en habitaciones cerradas arreglando ordenadores, no me entiendan mal ni se me ofendan). Por eso monté el taller gratuito, e invito a todos los jóvenes que lo deseen a que lo visiten. Siempre tendrán las puertas abiertas, aunque la lista de espera sea larga; yo les enseñaré absolutamente todo lo que sé, sin callarme nada, y les saldrá por el mismo dinero que respirar el aire del campo. Ahí queda eso. Y los que pretendan hacerse ricos a costa de las ilusiones de los demás, que vengan a hacerme una visita. También a ellos les ofreceré una butaca en mi aula, que seguro que tienen mucho que aprender de cómo funciona el mundo.

(El mes que viene, otra flecha. ¡Estén atentos a sus pantallas!)

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CALLEJONES PERDIDOS DE URBYS

Marzo 10, 2009 at 8:38 am (General)

DESTELLOS DE URBYS…

URBYS: Ciudad virtual fundada en colaboración con la revista argentina Axxón, decana de la CF electrónica. En su página web (http://axxon.com.ar/c-ciudad.htm) se puede ver el plano de la ciudad junto a los edificios descritos hasta la fecha. Aquí tenéis unas pocas entradas escritas por mí para tan ecléctica urbe.

EL ALMACÉN DE LAS PALABRAS HORRIBLES

Existe en Urbys un anexo a la Universidad donde se guardan algunos descubrimientos insólitos en materia filológica. Descubrimientos que, si saliesen a la luz pública, de seguro provocarían el caos entre la población.

Todo este embrollo de las palabras horribles (etiqueta que, a diferencia de otras muchas en filología, sí es realmente merecedora de su fama) comenzó con la investigadora Anita Brun. Anita, doctorada paciente y meticulosa, se encontraba realizando un informe sobre construcción aleatoria de palabras, sufijos y metafijos, cuando se topó por casualidad con un hallazgo de excepción: al unir unas cuantas construcciones gramaticales dispersas, se formó delante de ella, en su máquina de escribir, un vocablo distinto a todo lo que había escuchado antes.

Era una palabra nueva, terrible, de significado incierto pero sonoridad espeluznante. Anita se atrevió a pronunciarla en voz alta, y tuvo que correr a la cocina a por unas cuantas pastillas tranquilizantes para combatir el repentino desasosiego que tal sonido había provocado en su corazón. Su perro Blas no tuvo esa suerte, pues se encontraba placidamente dormido junto a la ventana, y al oír la nefasta palabra soltó un ladrido de consternación y se arrojó de cabeza hacia la calle, en una violenta caída de once pisos que demostró a su dueña lo peligroso de su reciente descubrimiento.

Aterrada por la caja de Pandora que por capricho del azar había abierto, Anita arrancó la página de la máquina de escribir y la llevó a la facultad de filología, más concretamente al laboratorio de gramaquímica aplicada. Los analistas, después de meter las muestras de palabras en una probeta y analizarlas, se dieron cuenta del alcance de tal descubrimiento: las nuevas sintaxis eran un peligro para la población. Si fuesen tan sólo susurradas a través de un medio de gran alcance, como la radio o la televisión, provocarían suicidios en masa y depresiones en gran parte de los habitantes de Urbys. Si alguna se olvidase por error en el interior de algún libro de consulta, escrita sin querer en algún margen o incluida negligentemente en alguna frase, el desdichado lector podría perder algo más que su carné de la biblioteca. Podría perder incluso su cordura.

Sin embargo, tanto Anita como los gramaquímicos estaban seguros de una cosa: una vez abierta, la caja de Pandora no podía cerrarse. Las palabras horribles habían sido descubiertas, y ya no era posible echarse atrás. Otros investigadores podían dar con ellas en medio de otros experimentos, o incluso algún ciudadano podría llegar a inventar una con que ocurriera un hecho fortuito, como que se le trabara la lengua o estuviese jugando a hablar hacia atrás, pasatiempo común en algunas facultades.

No, había que hacer algo, y rápido. Las palabras horribles eran como un virus que en cualquier momento podía desatarse en focos incontrolados.

Los decanos de la universidad se reunieron y debatieron interminablemente el problema. Se propusieron soluciones que iban desde lo más simple (ignorar el asunto y hacer como si nada hubiera pasado, por ejemplo, rezando porque sencillamente nadie diese con una de esas palabras nunca) hasta lo más radical (operar a la población para que sus cuerdas vocales no fuesen capaces de pronunciar ciertos sonidos), y desde lo más respetuoso (tratar a los nuevos vocablos de “usted” y acabar venerándolos como a dioses morfológicos) hasta lo más absurdo (crear una policía de la pronunciación, dotada con cascos especiales para filtrar sonidos, que fuesen caminando por las calles vigilando cualquier expresión ajena al diccionario que dijeran los ciudadanos).

En fin, que al final, tras mucho discutir y poner muchas alternativas sobre la mesa, ninguna resultó lo suficientemente razonable o cuerda como para ser tomada en serio. Los decanos tuvieron que arrojar la toalla y encerrar el terrible descubrimiento de Anita en un almacén, bajo siete llaves, confiando en que la lengua no degeneraría por sí sola tanto como para crear esos vocablos. Hoy en día, Anita trabaja en el departamento de comunicación y sintaxis de la universidad, y su labor consiste en crear modas en la forma de hablar de los jóvenes, que los alejen sin que ellos se enteren de la región peligrosa del idioma.

Todavía echa de menos a su perro.

EL OBSERVATORIO DE LAS CONSTELACIONES OCULTAS

Tras los velos de polvo que ocultan el núcleo de nuestra galaxia, se esconden multitud de estrellas que no son visibles a simple vista. Se trata de otros sistemas solares, tan lejanos que parecen soñados, presos en órbitas silenciosas alrededor de grandes nebulosas de hidrógeno. Estos sistemas se agrupan formando constelaciones, y éstas adoptan formas caprichosas, sometidas en su interpretación artística al libre albedrío de las especies que las conocieron en su cielo.

La única forma que las constelaciones ocultas tienen de ser vistas desde la Tierra es a través de agujeros en esas grandes masas de polvo. Ventanas que a duras penas permiten vislumbrar qué hay al otro lado del núcleo galáctico, pero que nos dan una idea aproximada del tamaño de nuestra galaxia. Una de esas ventanas tiene la particularidad de ser visible tan sólo unos días al año, y desde coordenadas muy específicas.

Esas coordenadas corresponden al observatorio de las constelaciones ocultas, en la ilustre ciudad de Urbys.

Los astrónomos que administran y trabajan en el observatorio esperan con ansiedad la llegada de esos días en que la ventana, bautizada como Canal Hensen-DiVario, se alinea con nuestro planeta. Cada año mengua un poco su tamaño, por lo que muchos coinciden en afirmar que los secretos de esas constelaciones se bloquearán para siempre dentro de relativamente poco. Mientras tanto, los descubrimientos que la ventana permite hacer son sorprendentes.

Se han catalogado, por ejemplo, al menos tres novas lentas. Esto es, fenómenos estelares explosivos que están presos en el área de influencia de otro fenómeno, quien a su vez curva y moldea el tiempo, como un agujero negro. La explosión de la nova se ralentiza, casi marchando a ritmo de un viejo filme en cámara lenta. Esta fluidez controlada de la materia y la energía la hace adoptar formas extravagantes, en virtud de los cambios de masa y la desintegración de los gases. Dos de estas novas parecen manchas de tinta de un Rorschach diseñado para probar a los dioses, mientras la tercera lleva cuarenta siglos abriéndose como una flor de millones de escalas infrarrojas. Toda una belleza si se dispone del tiempo y la paciencia suficientes para observar esa región del cielo.

Otras cosas curiosas observadas a través del Hensen-DiVario incluyen enjambres de cometas revoltosos, agrupados en cardúmenes de rocas y polvo, que muestran un comportamiento insólito: como si de una bandada de pájaros se tratase, estas nubes cometarias han elegido un líder, y lo siguen en su deambular a través del cosmos. Cuando el líder gira, los demás también lo hacen, y entre todos tratan de esquivar depredadores que se alimentan de su frágil materia, como pozos de gravedad o planetas errantes. Uno de estos cardúmenes de cometas se acercó demasiado al radio de explosión de una de las novas lentas de las que hablaba antes, y para los astrónomos fue muy emocionante contemplar cómo sus miembros trataban de escapar, nadando corriente gravitatoria arriba como salmones asustados. Fue tan emotivo que, llorando, el jefe del observatorio pronunció una célebre frase que ha pasado a la historia: “Es la última vez que como pescado”.

LA FINCA ENTROPÍA

Dicen que hay artes que son efímeras. Que están destinadas a esfumarse de todo soporte material salvo del recuerdo, como el albumen de una semilla paradójicamente destinada a no dejar nada tras de sí.

Los graffiti pertenecen a este género, pero no son los únicos. Otras pequeñas obras de arte cotidianas surgen por generación espontánea en los lugares más insólitos, y pocos son los afortunados que tienen la suerte de apreciarlos antes de que desaparezcan: panes horneados con formas extrañas, que al devorarlos evocan recuerdos de vidas pasadas; columnas de lluvia que resbalan por los aleros de las casas esculpiendo barrocos capiteles; pajaritas de papel esfumadas de las manos de mil oficinistas.

Pero hay una parcela en Urbys que contiene obras efímeras a mayor escala, que despiertan la curiosidad de los historiadores y la pasión creativa de los arquitectos. En la Finca Entropía, como la bautizó un físico con dos copas de más, los edificios crecen al revés. Su ciclo vital parte de la conclusión para llegar al origen. Es un fenómeno que muchos han tratado de explicar sin resultado, pero que ocurre inexorablemente, a razón de una obra de arte por mes.

El proceso es simple: la primera luna nueva del mes se genera algo en el centro de la finca, en una medianoche cubierta de nubes. Amparado en la sombra, tal vez aproveche ese breve momento de oscuridad estelar para crecer, o para salir de donde quiera que haya permanecido escondido hasta entonces. Lo cierto es que un edificio nuevo se alza por la mañana donde el crepúsculo anterior sólo había polvo. Los vecinos abren los postigos ilusionados y exclaman, ganando o perdiendo apuestas: ¡una catedral!, ¡una torre de oficinas!, ¡una gasolinera! O, en supuestos casos documentados, ¡una pagoda llameante!

Este es sólo el comienzo del proceso, no su final: paulatinamente, las fuerzas que rigen la realidad dentro de los límites de la finca van descomponiendo el edificio pieza a pieza, grumo a grumo, partícula de cemento a partícula de cemento. Los aleros envejecen a ojos vista; las tejas, de haberlas, se desprenden con musical repiqueteo. Las ventanas astillan a propósito sus cristales y el guano de cien especies aéreas baña con cascadas de detrito los contrafuertes. Hasta las alfombras y los tapices aguantan lo que pueden antes de destejer sus fibras en un sublime movimiento final.

Los habitantes de Urbys saben que se trata de una cuenta atrás sin pausa, así que aprovechan el tiempo. Los estudios de arquitectura organizan expediciones al interior del edificio, en las que muchos se juegan la vida, para fotografiar estilos y materiales de construcción que poder aplicar luego en sus propias creaciones. Coleccionistas de arte roban de sus paredes cuadros pintados por quién sabe qué desconocido pincel, y los exhiben en sus galerías antes de que su pintura se reduzca a polvo. Colegios de primaria y secundaria organizan excursiones al perímetro de la finca para que los niños contemplen embobados cómo las leyes de la física se rebobinan como una cinta de vídeo en mal estado.

Pero no todas las conclusiones a las que llega la gente tras visitar la finca son positivas. La deconstrucción de algo que nadie ha creado plantea serios problemas filosóficos. Ya han sido varios los pensadores que se han suicidado ante la imposibilidad de plantearse una conclusión lógica para lo que veían. Pues, como bien apuntó Freddie Cármal antes de arrojarse por el puente del río, ¿cómo podemos permanecer tranquilos ante la destrucción de una obra que nadie ha construido? ¿Qué explicación albergará la paradoja del edificio sin creador que de la noche a la mañana es parido como capricho natural para comenzar a morir al día siguiente?

Sí, son preguntas que muchos han intentado responder, la mayor parte de las ocasiones con funestos resultados. Una persona destruida por la ausencia del amor se encerró durante semanas en el interior de la finca, esperando que la entropía se lo llevase a él también. Pero después de que el edificio se deshiciera en polvo a su alrededor, sin que él sufriera el menor daño, la única salida para su anamnesis fue tumbarse en las vías del tren.

Hubo una escuela filosófica que nació al amparo del desplome de estas vigas. Sus creadores la bautizaron “todo debe desaparecer”, y ese era el pilar de su doctrina. Defendían la nulidad del tiempo, un devenir del universo dependiente del punto de vista con que se mirara. El reloj existencial del ser humano estaba orientado en un sentido, por eso le resultaba tan chocante ver objetos cuyo reloj fluía en direcciones diferentes. Su fundador murió tratando de resolver el acertijo primario, descubrir el nombre del arquitecto que planificaba los edificios y los plantaba en aquel solar desierto de la noche a la mañana. Tal vez la Luna. Tal vez las estrellas. Tal vez el propio concepto de entropía, pues, si todo es posible para la física del caos… ¿por qué no la facultad de esculpir edificios?

Extraño asunto, sí señor. ¿Puede el ser humano ser testigo de tales fenómenos sin destruir el andamiaje que soporta su cordura? ¿Es capaz de pensar en paradojas sin nombre y dormir tranquilo por las noches? Puede que la Finca Entropía tenga las respuestas, o puede que no. Tal vez la destruya con el pasar del tiempo, como tantas cosas que edifica el ser humano y que están destinadas a perderse en los veleidosos laberintos del tiempo.

Quedamos mañana por la tarde en la finca. Si tenemos suerte, mientras el mundo se derrumba a nuestro alrededor aprenderemos algo.

EL BAÑO TURCO DE QUINCE CON OULLENS

En esta esquina hay un hombre que lanza una y otra vez un viejo yo-yó, de esos que usaba de niño y tenían bonitos colores. Es un pregonero, un anunciador de cosas, y desde que perdió su último trabajo (llamar la atención de los paseantes para que entrasen en un restaurante chino regentado por un tailandés), se gana la vida anunciándose a sí mismo.

El hombre en cuestión se llama Yoyo. Es el quinto o el sexto sucesor al trono de un gran imperio comercial, que odió su glamoroso destino nada más nacer y abrir los ojos para ver la fea cara del médico. Cuando recibió aquella primera nalgada, primera de muchas, su contestación no fue el llanto, sino un escueto “¿y para esto me has traído, madre?”

Así las cosas, Yoyo creció, comió, cagó, tuvo su primer y último amor, y encontró su verdadera vocación en ser un hombre anuncio. Su larga carrera incluye haber pregonado la llegada del único ovni que ha visto la ciudad, la construcción de una autovía por encima del cementerio dedicada exclusivamente a sillas de ruedas, o la actuación de un circo ambulante que arrastraba una cola de carnaval. Sí, fueron buenos tiempos, pero Yoyo cada vez se volvía más exigente con sus clientes, y llegó a rechazar encargos porque éstos no cumplían con la normativa laboral del hombre anuncio. A saber: honestidad, puntualidad en el pago, condiciones idóneas para el pregón (la acústica en estos trabajos es muy importante), y espacio libre para hacer bailar el yo-yó sin correr el riesgo de golpear a ningún niño en la cabeza.

Tales demandas resultaron excesivas para algunos empresarios, que veían en él no a un profesional que se tomaba muy en serio su trabajo, sino un cantamañanas vagabundo y especulador que no tenía otra forma de ganarse la vida que chillando por las calles. Yoyo, que nunca había sido parco de carácter, acabó enfadándose y mandándolos a todos a un lugar muy pringoso y hediondo.

Así, un buen día Yoyo pasó de trabajar por cuenta ajena a convertirse en un empresario independiente. Creó su propio negocio (“Berri2 publicitarios S.L.”), contrató más personal, y se extendió por toda la ciudad haciéndose indispensable para el panorama comercial. A los pocos años, no había negocio próspero que no contara con uno de sus chicos danzando en la puerta, haciendo bailar su yo-yo y cantando las bondades de sus productos. Hasta las grandes superficies llamaban a su teléfono, y tenía espacios fijos en radio y televisión. Fueron buenos tiempos.

El mismo Yoyo, satisfecho pero un poco enfadado consigo mismo porque su vida hubiese tomado aquel rumbo (al fin y al cabo, había acabado convirtiéndose en el empresario líder que soñó su madre, pese a todas las pataletas y rebeliones que había protagonizado de niño), adquirió un hobby: todos los días, de seis a ocho, se planta en la esquina de Quince con Oullens y anuncia un negocio que no existe, un baño turco. Lo hace como medida de protesta, sin maldad ni felonía, sino para quejarse en secreto de no haber podido escapar a su glorioso destino. Tanto fue su éxito en esta esquina, que un empresario decidió hacer realidad el pregón y fundar un baño turco en Quince con Oullens, para aprovechar el inmenso tirón popular del pregonero. Enfadado, Yoyo cambió de acera, pero mientras más se alejaba, otro nuevo empresario aparecía, y otro negocio era fundado.

Al cabo de pocos años, hubo baños turcos repartidos por toda la ciudad.

EL LAGO NEGRO

El caballero de Jadocke fue un aristócrata de impreciso abolengo que emigró a las Américas en busca de fortuna, allá por el siglo XVIII. Convencido de que podía encontrar las míticas minas de plata que en vano buscaron otros aventureros, se estableció en un valle, construyó una mansión con los restos de su fortuna, y contrató obreros para cavar las montañas adyacentes. En ese mismo valle, siglos después, se levantaría la legendaria ciudad de Urbys, cuna de mitos, solo que el avaricioso caballero no tenía ni idea de lo que le deparaba el futuro, ni le importaba. Su ciego afán por encontrar mineral precioso acabaría trayendo más de una inesperada… y nefasta consecuencia.

Jadocke era un hombre de grandes planes y aún mayores obsesiones. Siglos después algún psiquiatra habría dado dinero por estudiar la obcecación que gobernaba su mente, pero en aquel entonces las gentes no sabían nada del cerebro, y la locura era a menudo interpretada como genialidad. Desde que huyó de su oscuro pasado en Europa, el caballero repartía su tiempo entre ejercer de terrateniente y honrar a sus antepasados. Jadocke estaba obsesionado con la muerte; si bien muchos pensaron que había huido de su patria por deudas de juego o por husmear bajo las faldas de la dama equivocada, sus sirvientes más cercanos llegaron a descubrir una verdad mucho más tenebrosa…

El barco que lo trajo de Europa portaba grandes cajas en su bodega. Esas cajas fueron descargadas y transportadas en carretas desde la lejana costa a los valles del interior del país. Una vez depositadas en la hacienda del caballero, éste despidió a los hombres y les pagó el doble de lo convenido, arrancándoles la promesa de no hablar jamás de aquellos aconteceres, ni nombrar a nadie la existencia misma de sus bártulos. Más desgraciada fue la suerte del jefe de porteadores, si hay que creer a la leyenda, pues se dice que fue el único en abrir (por accidente o por curiosidad, eso no se sabe) una de aquellas cajas. Y aunque su rostro se desencajó del terror al ver lo que contenía, el medio metro de sable que Jadocke le incrustó en las tripas cercenó cualquier posibilidad de que el desgraciado se fuera de la lengua.

Era costumbre en aquella época de cambios, que los ricos emigrantes se trajeran consigo un pedacito de sus países de origen para que les recordasen quiénes eran y, en ocasiones, por qué se habían marchado. Jadocke iba más allá de eso: quiso reconstruir un trozo de su patria en aquellas tierras vírgenes, y la mansión que levantó, así como los jardines que la flanqueaban, era un fiel reflejo de ello. Cualquier visitante podía llegar a pensar que al atravesar la puerta del jardín un mágico canal lo había llevado de visita a un continente muy lejano, y que incluso las estatuas y los capiteles de reciente construcción retenían un aire antiguo, clásico, como si llevasen siglos ahí. El jardín laberíntico era enorme en su extensión, y aunque respetaba el diseño de algunos prados franceses proyectados para exacerbar el amor de los amantes, éste era siniestro, lúgubre, recién plantado pero con aspecto de llevar décadas en manos de un jardinero loco. Ningún amante lo visitó nunca, y si alguno lo hizo, él (o su amor) no sobrevivió para contarlo.

Pasaron los años y Jadocke se fue volviendo más y más impredecible. Un día dejó de buscar plata en las montañas y se dedicó al más lucrativo negocio de la siembra. En realidad lo dejaba todo en manos de su capataz, un inteligente nativo que fue el verdadero artífice de que la hacienda no se viniera abajo presa de la ruina. Jadocke, mientras tanto, se dedicaba a beber, y a pasar casi todo su tiempo junto al lago que había ordenado construir en pleno centro del jardín. Aquella extensión de agua, de la cual surgían aquí y allá, en aparente desorden, estatuas de mármol propias de cenotafios, era el corazón de toda la maldad que destilaba la mansión. Fiel reflejo de las obsesiones de Jadocke, el agua siempre negra y los árboles mustios, que no florecían ni siquiera en primavera, robaban al momento cualquier asomo de alegría o vitalidad del visitante. Era como si el agua estuviese esperando un sacrificio. O como si su dueño sólo viviese para dárselo.

Los años pasaron y un buen día Jadocke desapareció. Nunca se encontró su cadáver, aunque los últimos que lo vieron dicen que andaba vagabundeando por su querido jardín con una botella en la mano. A partir de aquel momento, las habladurías sobre la hacienda se dispararon: que si el fantasma de Jadocke se aparecía a los incautos que se aventuraban en el laberinto; que si los símbolos religiosos de sus visitantes acababan doblados y herrumbrosos al final del día; que si las estatuas de jardín cambiaban de lugar durante las noches de tormenta, y algunas habían aparecido fuera del agua, plantadas como por ensalmo cerca de la mansión; que si el agua negra del lago ocultaba cosas que reposaban en el fondo, cosas que descansaban en grandes cajas rotas, y en ocasiones se veían manos suplicantes alzarse para implorar a los cielos…

Nadie reclamó la herencia de la mansión o sus terrenos, y con el tiempo cayó en el olvido. Unos siglos más tarde alguien plantó cerca de aquel lago la primera cruz de muchas, y fundó un cementerio. Era difícil explicar por qué aquel páramo se encontraba tan a gusto sembrado de tumbas, o por qué las estatuas del lago cambiaban de lugar por capricho, pero una cosa era cierta…

…Aún hoy se puede oír a Jadocke paseando por el jardín, silbando una triste tonada mientras busca sin descanso su mina de plata perdida.

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EL STEAM PUNK O CÓMO UN CORTOMETRAJE PUEDE COSTAR LO MISMO QUE TU PISO

Febrero 2, 2009 at 11:56 am (General)

El cine es un negocio caro. Eso nadie lo pone en duda. De todas las artes, yo diría que es la más costosa y la que mayor inversión (de personal, de dinero, de todo lo que podamos imaginar) requiere si se quiere hacer bien. Incluso los cortometrajes, que vienen a ser en el mundillo del cine lo que los cuentos cortos en la literatura, una especie de muestrario del buen hacer del artista, son algo tan difícil de poner en marcha que muchos se quedan en el tintero sólo por la imposibilidad de conseguir que alguien los financie.

Comento esto porque hace unos días estaba hablando con unos buenos amigos que trabajan en el mundillo cinematográfico, Chema y Raúl, sobre este tipo de cosas, y recordamos entre todos un proyecto que llevamos varios años arrastrando, y que no hemos podido concretar por la consabida y prosaica falta de fondos. En España, sacar un corto adelante es una tarea de chinos, y más de los dos mil que se preparan al año y se presentan como candidatos para las subvenciones acaban en el limbo de las ficciones que nunca se contaron, o cambian de formato y acaban siendo cómics, relatos, novelas o incluso videojuegos (éstos tampoco son nada baratos de producir, por cierto). Pero si además el cortometraje en cuestión pertenece al género de nuestras entretelas, lo que hasta ahora era un esfuerzo titánico se convierte en un verdadero imposible, una quimera cuyo brillo rutila en el horizonte pero jamás se logrará alcanzar. El Estado, principal promotor para cualquier proyecto cinematográfico rodado en España, cierra las puertas a cal y canto a todo lo que huela lejanamente a cine de entretenimiento, pues en teoría sólo apoyan a los guiones que por su “interés cultural” sean dignos de recibir un dinero X. Sobre este particular volveré más tarde, pero baste por ahora decir que si tu guión contiene elementos de cine fantástico, acabará en la papelera del funcionario de turno antes incluso de haber abierto la primera página.

España está empezando a darse cuenta de que hay que mimar a la taquilla para que los proyectos sean rentables, y la tercermundista industria de nuestro cine pueda ir saliendo adelante. Monstruos del marketing como Santiago Segura y sus “Torrentes”, o la nueva hornada de jóvenes directores cuyas películas rozan o se integran directamente en la categoría de cine comercial (¿alguien no ha oído hablar de “REC”, o de su remake americano?) se han dado cuenta de que comercialidad y calidad no son términos reñidos, y coquetean con temáticas que, repito, sólo son apoyadas por la administración si vienen acompañadas por el nombre de alguna estrella, como Segura, o los respalda el apellido de un director conocido internacionalmente, como Almodóvar (mecenas de algunos de los proyectos de Alex de la Iglesia) o Del Toro. Hay que matizar, para los que no lo sepan, que existe una importante diferencia entre lo que se considera un éxito en términos de taquilla aquí en España, y lo que se considera éxito en países como Estados Unidos. En USA, como la totalidad de la inversión suele ser privada, un film se considera éxito si recauda más de esa cantidad en su exhibición en salas, más lo que saca luego del merchandising (de haberlo) y de las ventas directas en DVD. En España no es así.

Aquí se dice que una película hecha con capital patrio es exitosa si, y sólo si, ojo al dato, su recaudación supera la aportación de capital privado de su presupuesto. No la total. Me explico: Una película como Alatriste pudo ser uno de los mayores bombazos de taquilla del cine español, y es cierto que barrió en los cines, pero… ¿significa eso que recaudó más de lo que costó? No necesariamente. Si, por ejemplo, Alatriste costara treinta millones de euros (es sólo un suponer), de los cuales veinte fuesen capital privado y los otros diez proviniesen de subvenciones, la película sería un éxito si recaudase en total veintiséis millones de euros. Como el porcentaje de inversión no correspondiente al Estado está cubierto, y los inversores ganan unos cuantos millones más sobre lo que invirtieron, la película es un hit. Si recaudase sólo quince millones, sería un fracaso.

Hay muy pocas películas españolas que sean rentables, en la realidad. La mayoría no sobrepasan su presupuesto total en la recaudación, y muchas ni siquiera cubren la inversión privada. Sólo al cabo de los años, si la película es repetida muchas veces en televisión y se vende bien en el mercado doméstico, sus productores ven suficientemente compensado su esfuerzo. En el mundo de los cortometrajes la cosa es mucho más deprimente, pues un corto, por definición, no genera beneficios. Sí, puedes llevarte a casa la cuantía de los premios que vayas ganando en los festivales, pero son cantidades irrisorias de dinero que apenas sirven para cubrir los gastos de asistir a esos mismos festivales y salir de farra por las noches, aprovechando la coyuntura. Y teniendo en cuenta que no te van a dar una subvención si tu corto no va sobre pateras o cuernos entre parejas, mejor apaga y dedícate a otra cosa.

Yo he sido guionista de una serie de televisión para la cadena Autonómica de Canarias, y sé lo difícil que es luchar por sacar adelante estos proyectos con cuatro duros. Cuando quieres hacer una serie, tienes que competir con lo que llega de fuera. El espectador no sabe de presupuestos ni de esfuerzos; lo único que sabe es que tiene una cantidad de horas muy limitada a la semana que dedicarle a la tele, y que la oferta es inmensa, con tanto canal digital. Así que si lo quieres engatusar para que vea tu serie casposa (donde cada episodio ha costado lo mismo que se gastan los americanos en cubatas y pizzas para el rodaje) y no el último gran fenómeno ultracaro que llega de los USA, tienes que intentar ofrecerle algo original. Para que nos entendamos, toda la segunda temporada de nuestra serie, trece capítulos de 40 minutos, costó unos cincuenta millones de las antiguas pesetas. Sólo el episodio piloto de la serie “Terminator, las crónicas de Sarah Connor”, costó veinte veces esa cantidad.

El cortometraje que queremos sacar Chema, Raúl y yo, algún día, es de temática steam punk Ya saben, aventuras victorianas en un mundo retrofuturista. Una vez nos sentamos a tomar un café en una terraza y nos pusimos a calcular alegremente cuánto podría costar esa aventura de veinte minutos, si se hiciera bien. Y por bien me refiero a rodarla en 35, con un buen sonido THX o DTS, una buena postproducción y una copia digital para exhibirlo correctamente en los festivales. Échense a reír. Los números se nos salían de la servilleta. Al final, entre decorados, actores, FX, sonido, atrezzo de época, vestuario, imagen (los directores de foto buenos, de calidad, te pueden cobrar 3000 euros al día, más lo que cuesta el alquiler del equipo), etc… salía más caro que mi piso. Sensiblemente más. Y estamos hablando de un corto de veinte minutejos, no de una película.

Por eso les digo que admiro mucho a los creadores que son capaces de inventarse una historia de tema comercial y sacarla adelante, contra viento y marea, porque el trabajo que han tenido que hacer es verdaderamente titánico. Vaya por delante mi admiración y mi respeto hacia esos directores y la intención de que, algún día no muy lejano, en España se apueste por el cine fantástico con tantas ganas y tanto talento como se apuesta por otro tipo de cine más intimista que, si bien está bastante bien hecho y es muy interesante, mantiene a nuestra cinematografía ancorada en unas recaudaciones que están a años luz de lo mínimo necesario para crear algo llamado “industria”…

Y yo me pregunto, ya para acabar: ¿qué entienden los funcionarios que reparten las subvenciones por “cultura”? ¿Por qué desechan los guiones que contienen elementos de cine fantástico sin mirarlos siquiera, si la obra cumbre de nuestra literatura, el Quijote, está llena de esos mismo elementos? ¿Es que la administración quiere parecer tan culta y seria que no se da cuenta de que la mayor aportación cultural del siglo veinte del país más poderoso del mundo, su rasgo cultural más universal y reconocido… no es más que un tipo vestido de negro con un sable de luz en la mano?

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LOS MUNDOS DE LA MAGIA Y ARADISE

Diciembre 26, 2008 at 7:00 pm (General)

Está en marcha otra novela ambientada en el universo de El Teatro Secreto. Ayer la empecé. No digo más :)

Bueno, sí, que sale Pradyr.

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